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LIBRO SEGUNDO

Segunda parte

Capítulo cuarto

De qué manera combaten los norteamericanos el individualismo con instituciones libres

El despotismo, que por su naturaleza es tímido, ve en el aislamiento de los hombres la garantía más segura de su propia duración y procura aislarlos por cuantos medios están a su alcance. No hay vicio del corazón humano que le agrade tanto como el egoísmo; un déspota perdona fácilmente a los gobernados que no le quieran, con tal de que ellos no se quieran entre sí; no les exige su asistencia para conducir al Estado, y se contenta con que no aspiren a dirigirlo por sí mismos. Llama espíritus turbulentos e inquietos a los que pretenden unir sus esfuerzos para crear la prosperidad común y, cambiando el sentido natural de las palabras, llama buenos ciudadanos a los que se encierran estrechamente en sí mismos.

Así, los vicios que el despotismo hace nacer son precisamente los que la igualdad favorece. Estas dos cosas se completan y se ayudan de una manera funesta.

La igualdad coloca a los hombres unos al lado de los otros sin lazo común que lo retenga. El despotismo levanta barreras entre ellos y los separa. Aquélla los dispone a no pensar en sus semejantes, y éste hace de la indiferencia una especie de virtud pública.

El despotismo es peligroso en todos los tiempos, pero es mucho más temible en los siglos democráticos.

Es fácil observar que en estos mismos siglos, los hombres necesitan más particularmente la libertad.

Luego que los ciudadanos se ven forzados a ocuparse de los negocios públicos, salen necesariamente del seno de sus intereses individuales y se apartan de la consideración de sí mismos.

Desde el momento en que se tratan en común los negocios públicos, cada hombre conoce que no es tan independiente de sus semejantes como antes se figuraba, y que para obtener su apoyo es indispensable prestarles frecuentemente su asistencia.

Cuando el público gobierna, no hay hombre que no reconozca el valor de la benevolencia general y que no trate de cultivarla, atrayendo la estimación y el afecto de aquellos en cuyo seno debe vivir.

Muchas pasiones que entibian los corazones y los dividen, se ven entonces obligadas a retirarse al fondo del alma y a ocultarse en ella. El orgullo se disimula, el desprecio no se atreve a aparecer y el egoísmo se teme a sí mismo.

Siendo electivas bajo un gobierno libre la mayor parte de las funciones públicas, los hombres a quienes la elevación de su alma o la inquietud de sus deseos sitúan estrechamente en la vida privada, sienten cada día más no poder pasarse sin la población que los rodea. Entonces, la ambición los hace pensar en sus semejantes, y a menudo tienen una especie de interés en olvidarse de sí mismos.

Creo que se me pueden oponer aquí todas las intrigas que una elección hace nacer; los medios vergonzosos de que se sirven por lo regular los candidatos y las calumnias que difunden sus enemigos.

Estas son, ciertamente, ocasiones de venganza y de aborrecimiento, tanto más frecuentes cuanto más lo sean las elecciones; pero estos males, aunque grandes, son también pasajeros, mientras que los bienes que nacen con ellos duran siempre.

El deseo de ser elegido puede conducir momentáneamente a ciertos hombres a hacer la guerra; pero el mismo los conduce a todos, con el tiempo, a prestarse mutuo apoyo, y si acontece que una elección separa accidentalmente a dos amigos, el sistema electoral aproxima de un modo permanente a una multitud de ciudadanos que siempre habrían permanecido extraños los unos a los otros. La libertad crea odios particulares, pero el despotismo hace nacer la indiferencia general.

Los norteamericanos han combatido con la libertad el individualismo que la igualdad hacia nacer, y al fin lo han vencido.

Los legisladores norteamericanos no han creído que, para curar una enfermedad tan natural y tan funesta al cuerpo social, en los tiempos democráticos, bastaba conceder a toda la nación el que se representase por sí misma, y han pensado que, además de esto, convenía dar una vida política a cada porción del territorio, a fin de multiplicar en los ciudadanos las ocasiones de obrar juntos y de hacerlos sentir diariamente que dependen los unos de los otros. Esto es conducirse con juicio y discreción.

Los negocios generales de un país no ocupan sino a los principales ciudadanos. Éstos no se reúnen sino de tiempo en tiempo, en los mismos lugares; y, como frecuentemente sucede que se pierden en seguida de vista, no se establecen entre ellos vínculos duraderos.

Pero no es así cuando se trata de arreglar los negocios particulares de un cantón por los mismos hombres que lo habitan. Éstos están continuamente en contacto y, en cierto modo, obligados a conocerse y a agradarse.

Difícilmente se saca a un hombre de sí mismo para interesarlo en los destinos de todo el Estado, porque apenas concibe la influencia que este mismo destino puede ejercer en su propia suerte. Pero que se trate de hacer pasar un camino por sus dominios, y al momento verá la relación que hay entre un pequeño negocio público y sus más grandes intereses privados, y descubrirá sin que se le muestre el lazo estrecho que une el interés particular al interés general.

Así, pues, encargando a los ciudadanos de la administración de pequeños negocios, más bien que entregándoles el gobierno de los grandes, se les interesa en el bien público y se les hace ver la necesidad que incesantemente tienen los unos de los otros para producir.

Se puede, por una acción brillante, cautivar de repente el favor de un pueblo; mas, para ganar el amor y el respeto de todo él, es preciso una larga serie de pequeños servicios y de buenos oficios, un constante hábito de benevolencia y una reputación bien sentada de desinterés.

Las libertades locales, que hacen que un gran número de ciudadanos aprecien el afecto de sus vecinos y de sus allegados, dirigen, pues, incesantemente a los hombres los unos hacia los otros y los obligan a ayudarse mutUamente a pesar de los instintos que los separan.

Los más opulentos ciudadanos de los Estados Unidos tienen buen cuidado de no aislarse del pueblo: se acercan a él constantemente, lo escuchan con agrado y le hablan todos los días. Saben que los ricos en las democracias tienen siempre necesidad de los pobres, y que a éstos se les gana más bien en los tiempos democráticos con los buenos modales que con beneficios. La grandeza misma de los beneficios que hace sobresalir más la diferencia de condiciones, irrita secretamente a los que se aprovechan de ellos; mientras que la sencillez de las maneras tiene encantos casi irresistibles; su familiaridad atrae, y ni aun su misma rusticidad desagrada siempre.

Esta verdad no penetra desde luego en el espíritu de los ricos. Ordinariamente la resisten mientras dura la revolución democrática, y no la admiten una vez que ésta ha sido terminada. Consienten gustosos en hacer el bien al pueblo; pero quieren continuar teniéndolo cuidadosamente a distancia. Creen que esto basta y se engañan; pues es seguro que se arruinarían sin conseguir entusiasmar el corazón del pueblo que los rodea, y que no les pide el sacrificio de sus bienes, sino el de su orgullo.

Diríase que en los Estados Unidos no hay imaginación que no se agote, inventando medios de aumentar la riqueza y de satisfacer las necesidades del público. Los habitantes más ilustrados de cada cantón se sirven incesantemente de sus luces para descubrir nuevos secretos, propios para acrecentar la prosperidad común, y cuando encuentran algunos, se apresuran a ponerlos a disposición de la multitud.

Cuando se examinan de cerca los vicios y debilidades que se descubren frecuentemente en Norteamérica en los que gobiernan, se asombran algunos de la prosperidad creciente del pueblo, y en esto se equivocan. No es el magistrado elegido el que hace prosperar a la democracia norteamericana, sino que prospera porque el magistrado es electivo.

Sería injusto creer que el patriotismo de los norteamericanos y el celo que muestra cada uno por el bienestar de sus conciudadanos, no tienen nada de real. Aunque el interés privado dirija en los Estados Unidos, como en todos los países, la mayor parte de las acciones humanas, no las regula todas.

He visto frecuentemente a norteamericanos que hacían grandes y verdaderos sacrificios por la causa pública, y he notado cien veces que, en caso de necesidad, nunca dejaban de prestarse un fiel apoyo los unos a los otros.

Las instituciones libres que poseen los habitantes de los Estados Unidos, y los derechos políticos de que hacen tanto uso, recuerdan constantemente de mil maneras a todo ciudadano que vive en sociedad. A cada instante dirigen su espíritu hacia la idea de que el deber y el interés de los hombres es ser útiles a sus semejantes, y como no encuentran ningún motivo particular para aborrecerlos, puesto que no son jamás ni sus señores ni sus esclavos, su corazón se inclina fácilmente al lado de la benevolencia. Se ocupan desde luego del interés general por necesidad, y después por conveniencia; lo que era cálculo se hace instinto, y a fuerza de trabajar por el bien de sus conciudadanos, adquieren al fin el gusto y el hábito de servirlos.

Muchas personas consideran en Francia a la igualdad de condiciones, como un primer mal y como el segundo a la libertad política. Cuando se ven obligadas a sufrir la una, se esfuerzan al menos en escapar de la otra. Por mi parte, pienso que para combatir los males que la igualdad puede producir, no hay sino un remedio eficaz, que es la libertad política.

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