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La sociedad moribunda y la anarquía

Jean Grave

CAPÍTULO SEXTO

La familia


La propiedad, la familia, la autoridad se han desarrollado paralelamente; eso es indudable. Dado que los hombres aunaron sus esfuerzos bsjo la presión de una necesidad común, de un obstáculo que derribar, que agotaba en vano los esfuerzos individuales, se deduce que las ganancias resultantes de aquel convenio de fuerzas, se repartieron entre la comunidad, Siendo temporales aquellas aspiraciones y limitándose al resultado inmediato que había que alcanzar, no hay duda de que la primera agrupación humana debió de ser, como lo es toda vía entre ciertos mamíferos, entre ciertos antropoides, el núcleo familiar, es decir, la agrupación de algunos jóvenes y hembras alrededor del macho más fuerte, que, para conservar su autoridad, expulsaba de la horda a los machos jóvenes, llegados a una edad que podría inspirarle recelo.

Pero sería temerario prejuzgar si aquella autoridad del macho se impuso en todas las agrupaciones desde el principio, porque si entre los salvajes encontramos ejemplos en que la asociación, más numerosa, se ha formado por la agrupación de varios núcleos familiares, se ha impuesto la autoridad del macho, hay otros muchos ejemplos que demuestran, por muchas costumbres, como la de la couvade, que la autoridad de la madre sobre la progenie fue la primera que reconoció.

Pueblos hay en que loa niños forman parte de la tribu de la madre; otros en que ya se reconoce la autoridad del varón, pero heredan sus bienes los hijos de su hermana, con exclusión de los suyos, lo cual establece una transición entre la autoridad materna y la paterna. Otro carácter transitorio es la costumbre de la couvade, en que, cuando la mujer pare, el hombre se mete en la cama, toma los medicamentos y recibe felicitaciones por el parto. Nótase ahí que el hombre, para afirmar su autoridad sobre la progenie, necesita hechos que demuestren su paternidad. No los necesitaría si no se le discutiera por costumbres anteriores que pudieron desaparecer, pero cuyo recuerdo se perpetúa por la práctica de costumbres reactivas que han suscitado.

¡Cuántas veces ha variado la misión del hombre y la mujer! Al principio, en los albores de la humanidad, no hay forma alguna en matrimonio; reina en los sexos la más completa promiscuidad; el hombre se aparea con cualquier hembra, y ésta acepta, o más bien soporta las caricias de cuantos varones la poseen.

Al desarrollarse el hombre y hacerse menos tosco, reina todavía gran promiscuidad, pero se empieza a distinguir el primer grado de parentesco. Aún no se ha aprendido a discernir distintamente los términos de padre, madre, hermana y hermano, pero se prohiben las uniones entre tribus que lleven el mismo totem, y del mismo origen común, pero las mujeres continúan perteneciendo a todos los hombres y éstos a todas las mujeres del clan.

Más adelante, reconocido ya el varón como jefe de la familia, ésta empieza a distinguir algunos grados en el parentesco y la filiación, pero los matrimonios seguirán celebrándose entre hermanos; el hijo heredará sin escrúpulo alguno el harén de su padre, habrá que dar otro paso en la evolución para que la madre del heredero no se incluya en la herencia.

Observemos también que si hay pueblos en que un solo hombre puede poseer vadas mujeres, hay pueblos en que una mujer tiene varios hombres.

Pero esos progresos, esos cambios de costumbre, no se siguen lógicamente unos a otros, eliminándose mutuamente, según aparece otro más complicado. Esas costumbres se van fundiendo unas en otras, se amalgaman y se enredan de modo que es difícil distinguirlas. Sus combinaciones son múltiples, las costumbres se superponen, eliminando una aquí, otra en otra parte, y sólo estudiando, las observaciones de los viajeros antiguos y de los pueblos existentes todavía, podremos darnos cuenta aproximada de la evolución humana.

Resulta de todo ello, que la propiedad ha descansado en bases distintas de aquellas que hoy la sustentan, ha tenido otra división y no debe su destino actual más que a la fuerza, a la astucia y al robo, porque es evidente que, habiendo empezado la familia por ser una asociación común, no podrá existir propiedad individual, por consiguiente, lo que en principio perteneció a todos, no ha podido pasar a ser propiedad de algunos, más que por medio del despojo.

La familia tampoco se parecía a la actual, y los burgneses que suponen que ambas instituciones descansan en bases inatacables e inconmovibles, no saben lo que se dicen, puesto que no hay razón para que lo que evolucionó no evolucione de nuevo. Lo único que probaría su afirmación, es que las dos instituciones, sino han de progresar, están bien cerca de su decadencia, porque es ley de la vida que perezca lo que no anda, para dar nacimiento a otros organismos que tengan que recorrer un período de evolución.

Tan verdadero es este axioma, que los burgueses han tenido que reconocerlo, añadiendo al matrimonio, que querían conservar indisoluble, el correctivo del divorcio, que sólo se aplica a casos especiales, y no se alcanza sin pleitos y gestiones innumerables, gastando mucho dinero, pero que no deja ser un argumento contra la estabilidad de la familia, puesto que, después de haberlo rechazado tanto tiempo, se ha reconocido su necesidad y quebranta la familia, rompiendo el matrimonio, que es su sanción.

¿Qué mejor confesión puede pedirse en favor de la unión libre? ¿No resulta evidente que es inútil sellar con una ceremonia lo que otra ceremonia puede deshacer? ¿Por qué se hace consagrar a un hombre, vestido de cierta manera, lo que otros hombres, vestidos de otro modo, pueden declarar nulo y sin efecto?

Los anarquistas rechazan la organización del matrimonio. Dicen que dos seres que se quieren no necesitan permiso de un tercero para acostarse juntos, en cuanto su voluntad los incline a esto; nada le importa a la sociedad, que no tiene para qué intervenir.

Dicen además los anarquistas: Porque se hayan entregado uno a otro, no es indisoluble la unión del hombre y la mujer; no están condenados a acabar la vida juntos, si se hacen mutuamente antipáticos. Lo que formó su libre voluntad, ésta puede deshacerlo, Arrastrados por la pasión, sojuzgados por el deseo, no han visto más que sus cualidades, han cerrado los ojos ante los defectos, se han unido; pero luego la vida común borra las cualidades, hace resaltar los defectos, acusa asperezas que no pueden suavizarse. ¿Es necesario que ambos seres, por haber sido víctimas de la ilusión en un momento de efervescencia, paguen con toda una vida de padecimientos el error de un instante que les hizo tomar por una pasión profunda y eterna, lo que no era más que una sobreexcitación de los sentidos?

¡Bah! Volvamos a nociones más vanas. ¿No ha sido el amor del hombre y de la mujer más fuerte siempre que todas las leyes, gazmonerías y reprobaciones que se han dirigido contra la ejecución del acto sexual?

A pesar de la censura con que se condena a la mujer que engaña a su marido (no hablemos del hombre, que siempre ha sabido hacer que las costumbres le beneficien); a pesar del papel de paria reservado en nuestra púdica sociedad a la madre soltera, ¿han dejado las casadas de ponerles los cuernos a los maridos, ni las solteras de entregarse a quien les haya gustado o haya sabido aprovechar el momento en que los sentidos alcen la voz más que la razón?

La historia y la literatura no hablan más que de adulterios y de muchachas seducidas. La necesidad genésica es el primer motor del hombre; aunque sea ocultamente, se cede a su presión.

Para algunos espíritus apasionados, débiles y timoratos que se suicidan con el sér amado, no atreviéndose unas veces a romper con las preocupaciones, sin fuerza moral para luchar contra los obstáculos que les oponen las costumbres o la estupidez de padres imbéciles, es innumerable la masa de los que se burlan de lo establecido a escondidas. De modo, que lo que se ha logrado es convertirnos en hipócritas y embusteros.

¿Por qué ese empeño en reglamentar lo que se ha librado de largos siglos de opresión? Reconozcamos de una vez que los sentimientos del hombre se escapan a toda reglamentación y que se necesita la más absoluta libertad para que puedan desarrollarse completa y normalmente. Seamos menos puritanos y seremos más francos y morales.

Queriendo el hombre propietario transmitir a sus descendientes el fruto de sus rapiñas, considederando la mujer como inferior y más bien propiedad que asociado, es evidente que el hombre ha organizado la familia para asegurar su supremacía sobre la mujer; y para poder dejar, al morir, sus bienes a los descendientes, ha tenido que decretar la indisolubilidad de la familia. Basada en el interés y no en el afecto, evidente es que necesitaba una fuerza y una sanción para evitar que se disgregara por los choques que ocasionara antagonismo de los intereses.

Ahora bien; los anarquistas a quienes se acusa de querer destruir a la familia, precisamente lo que quieren destruir es ese antagonismo, basarla, en el cariño para hacerla más duradera. Nunca han erigido como principio que el hombre y la mujer a quienes plazca terminar la vida juntos, no puedan hacerlo so pretexto de que las uniones sean libres. Nunca han dicho que el padre y la madre no podrían educar a los hijos, cuando han pedido que se respete la libertad de éstos, y que no se les considere como cosa, como propiedad ganada por sus ascendientes.

Claro es que quieren abolir la familia jurídica, quieren que el hombre y la mujer tengan libertad para juntarse y separarse cuando gusten, no quieren que una ley uniforme y estúpida reglamente sus relaciones en sentimientos tan complejos y variados como los que proceden del amor.

Si los sentimientos del sér humano tienden a la inconstancia, si su amor no puede fijarse en un solo objeto, como suponen quienes quieren reglamentar las relaciones sexuales, ¿qué nos importa?, ¿qué le hemos de hacer? Puesto que hasta ahora la compresión nada ha conseguido más que darnos vicios nuevos, dejemos libre a la naturaleza humana, dejémosla evolucionar como dispongan sus tendencias y aspiraciones. Bastante inteligentes hay para saber lo que le conviene o perjudica, para que la experiencia la enseñe en qué dirección ha de evolucionar. Funcionando libremente la ley de evolución, estamos seguros de que los más aptos y mejor dotados serán quienes tendrán más probabilidades de sobrevivir y reproducirse.

Si la tendencia humana es, como pensamos nosotros, favorable a la monogamia, a la unión duradera de dos seres que, habiéndose encontrado, habiendo aprendido a conocerse y estimarse, acaban por formar uno solo, porque su unión es muy intima y completa, y sus voluntades, pensamientos y deseos se identifican, menos necesidad de leyes tendrán esas personas para vivir juntas; la mayor garantía de lo indisoluble de su unión, será su propia voluntad.

Cuando el hombre y la mujer no se sientan ya atados mutuamente, si se quieren de veras, ese amor los impelerá recíprocamente a tratar de merecer el amor del sér elegido; sabiendo que el compañero o compañera a quien se ama puede huir del nido el día que ya no halle en él la satisfacción soñada, cada individuo pondrá mayor empeño en conservar su cariño. Así como entre ciertas aves, en la estación del celo, reviste el macho brillante y nuevo plumaje para seducir a la hembra cuyos favores apetece, cultivarán los humanos aquellas cualidades morales que los hagan más amables y su Compañía más grata. Basadas en esos sentimientos, serán las uniones más indisolubles que en virtud de leyes feroces, de compresión violenta.

No hemos escrito la crítica del matrimonio actual que equivale a la más desvergonzada prostitución, con casamientos por interés, exentos de todo sentimiento afectuoso, casamientos de conveniencia, arreglados, sobre todo en las familias burguesas, por los padres, sin consultar a los contrayentes; casamientos desproporcionados que juntan viejos cascados y decrépitos, pero adinerados, con la frescura y la juventud de las muchachas; casamientos de bribonas viejas que compran a fuerza de pesetas los favores de muchachos: sinvergüenzas que pagan con sus caricias la sed de riquezas. Esa crítica está ya hecha hace mucho tiempo, y muchas veces. ¿Para qué repetirla? Bástenos haber demostrado que la unión sexual no siempre se ha sujetado a las mismas formalidades, y que no llegará a hacerse completamente digna más que librándose de todas las trabas.

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