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La intervención y los presos de Texas.

Discurso del 31 de mayo de 1914

Camaradas:

Que resuene esta vez mi palabra como una condenación a los poderosos de la Tierra; que se levante airada y sin miedo para anunciar a los verdugos de los pueblos que hay una voluntad más grande que las de los tiranos, que hay una fuerza más poderosa que el puño del déspota, y que esa voluntad y esa fuerza residen en nosotros, en los de abajo, entre los despreciados por los mismos que nos explotan, entre los que con nuestras manos y nuestra inteligencia fabricamos los edificios y con nuestro sudor y nuestra sangre cultivamos los campos, tendemos la vía férrea, horadamos los túneles, arrancamos del seno de la tierra los metales útiles, y que, cuando la desesperación llena nuestros pechos, con las mismas manos que creamos la riqueza, levantamos la barricada y disparamos el fusil.

La necesidad del momento es la verdad y el valor. Hay que decir la verdad, cueste lo que cueste: si las fuerzas norteamericanas han clavado en un costado de México la bandera de las barras y las estrellas, no ha sido para satisfacer un alto anhelo de humanidad y de justicia.

Esa bandera ha sido clavada en Veracruz como un puñal en el pecho de la justicia; esa bandera no ha aparecido en aquellas playas como símbolo luminoso de la civilización y de la cultura, sino el trapo negro con que el crimen se cubre la cara para vaciar los bolsillos de la víctima; esa bandera es la careta de los grandes bandidos de la industria, del comercio y de las finanzas de todos los países que tienen interés en que el trabajador mexicano sea el esclavo de los aventureros de todo el mundo; esa bandera es puñal y es látigo, es cadena y es horca; no brilla como una insignia de redención y de progreso, sino que flota el aire como un sudario mecido en la noche por el soplo de la muerte.

Porque, ¿en virtud de qué noble impulso llegó ese trapo a las playas de México? ¿Qué brisa amable lo arrastró hacia aquellas tierras? ¿Qué gallarda idea representa encima de una ciudad cogida por sorpresa?

El miedo y la codicia: esto es lo que hay en el fondo de este sainete, que puede terminar en tragedia.

El miedo que todos los opresores y todos los explotadores de la humanidad sienten ante el despertar inequívoco de las masas esclavas que forcejean por romper sus cadenas.

Si la revolución mexicana fuera un movimiento que tuviera por objeto quitar a un presidente para poner a otro en su lugar, reirían los verdugos del pueblo, porque tal movimiento no les perjudicaría, pues quedaría intacto el sistema social y político que les permite hacerse ricos y poderosos a costa del sufrimiento de los trabajadores; pero no es eso lo que ocurre en México.

Ante los ojos espantados de la burguesía internacional, y de los gobiernos, se desarrolla en aquel hermoso país uno de los dramas más emocionantes y sublimes de la historia de los pueblos.

Allí se disputa, arma al brazo, el derecho que todo ser humano tiene de vivir; allí el trabajador hace pedazos los títulos de propiedad de los ricos, y mostrando las manos al mundo que contempla, asombrado, lo que la tradición y la ley llaman sacrilegio, lanza este grito heroico: ¡No más títulos sancionados por la ley; de hoy en adelante, para vivir y gozar de la riqueza, no habrá más títulos de propiedad que los callos de las manos!

La burguesía internacional y los gobiernos todos temen que la chispa que arde en México sea el principio del formidable incendio, que, tarde o temprano, hará del mundo una sola llama, que reducirá a cenizas el sistema capitalista cuando el trabajador deje caer la herramienta que sólo le sirve para enriquecer al patrón, y enarbole el pendón de Tierra y Libertad.

Porque el ejemplo es contagioso: el hambriento de los Estados Unidos, el paria francés, el esclavo ruso, el siervo inglés, el desheredado de todos los países pueden tomar lección de su hermano mexicano, y emprendiendo por su cuenta la obra de su libertad y de su bienestar, aplique la tea y la dinamita al poder político y al poder del dinero, único medio que le queda al pobre para deshacerse de sus verdugos.

El miedo y la codicia fueron las manos temblorosas que llevaron a México la bandera de las barras y las estrellas; el miedo que los opresores y los explotadores de todo el mundo tienen de que sus respectivos rebaños imiten al trabajador mexicano y hagan ondear, en todos los países, la bandera roja de Tierra y Libertad; el miedo de que posesionado de la tierra el trabajador mexicano, y libre, por ese solo hecho, se niegue a alquilar sus brazos para enriquecer parásitos.

No fueron a México las fuerzas norteamericanas en nombre de la civilización y de la humanidad: esas fuerzas fueron a asesinar mexicanos en provecho de los bandidos del dinero y del principio de autoridad.

Esas fuerzas han sido empujadas por el capitalismo para matar a los trabajadores que no quieren más amos, que quieren ser libres, que ya no suplican, que no piden más, y que resueltos, altivos y viriles, arrancan del pecho del rico el negro corazón, que nunca se contrajo frente al dolor de los humildes.

Tal es el motivo de la intervención, y en esa negra página de política internacional, como la serpiente que se desliza sin ruido entre la yerba, para morder el talón de su víctima, se arrastran dos reptiles, a quienes hay que aplastar a tiempo: Villa y Carranza, dos engendros de Judas.

El plan fraguado en la sombra es sencillísimo: con la ayuda de las fuerzas norteamericanas, Villa y Carranza podrán llegar a la ciudad de México, sentarse en el poder, y entregar atado de pies y manos al trabajador mexicano a la explotación capitalista.

La amenaza de las fuerzas norteamericanas a la ciudad de México, por el camino de Veracruz, no es otra cosa que un juego militar que tiene por objeto entretener, por ese lado, las fuerzas mexicanas que se oponen a la invasión, mientras Carranza y Villa pueden avanzar sin gran tropiezo hacia el corazón del país.

Santa Anna murió, pero reencarnó en dos bandidos: Carranza y Villa. Estos son los hombres que invitan al capitalismo norteamericano a invadir a México; estos son los buitres que esperan que las armas norteamericanas den el tiro de gracia a la libertad de los mexicanos, para sentarse a devorar el cadáver.

Sin el consentimiento de Villa y Carranza, el capitalismo norteamericano no se habría atrevido a invadir el territorio mexicano, y esta lección, como tantas otras, debería servir a los trabajadores para no confiar a nadie la resolución de sus asuntos; pues mientras los proletarios, sordos a la voz de la razón, ciegos a la luz de la experiencia, encarguen a uno o varios individuos la misión de darles su libertad, y hacer su felicidad, las cadenas de la esclavitud seguirían siendo el premio a su buena fe y a su confianza.

Los proletarios que siguen a Carranza y a Villa no los siguen, ciertamente, por darse el gusto de cambiar de amos, ni por permitirse el lujo de cambiar de yugo, sino que en su sencillez creen todavía que alguien puede darles la libertad y el bienestar, cuando, oídlo bien, proletarios, la libertad no es un bien que se regala, sino una conquista de los oprimidos alcanzada por ellos mismos, y la libertad, entendedlo bien, ni existe, no puede existir lado a lado de la miseria, sino que es un producto directo, lógico, natural, de este hecho: la satisfacción de todas las necesidades humanas, sin depender de nadie para lograrlas.

El hombre es libre, verdaderamente libre, cuando no necesita alquilar sus brazos a nadie para poder llevarse a la boca un pedazo de pan, y esta libertad se consigue solamente de un modo: tomado resueltamente, sin miedo, la tierra, la maquinaria y los medios de transporte para que sean propiedad de todos, hombres y mujeres.

Esto no se conseguirá encumbrando a nadie a la presidencia de la República; pues el gobierno, cualquiera que sea su forma ? republicana o monárquica -, no puede estar jamás del lado del pueblo.

El gobierno tiene por misión cuidar los intereses de los ricos. En miles de años no se ha dado un solo caso en que un gobierno haya puesto la mano sobre los bienes de los ricos para entregarlos a los pobres. Por el contrario, dondequiera se ha visto y se ve que el gobierno hace uso de la fuerza para reprimir cualquier intento del pobre para obtener una mejora en su situación.

Acordaos de Río Blanco, acordaos de Cananea, donde las balas de los soldados del gobierno ahogaron, en las gargantas de los proletarios, las voces que pedían pan; acordaos de Papantla, acordaos de Juchitán, acordaos del yaqui, donde la metralla y la fusilería del gobierno diezmaron a los enérgicos habitantes que se negaban a entregar a los ricos las tierras que les daban la subsistencia.

Esto debe serviros de experiencia para no confiar a nadie la obra de vuestra libertad y vuestro bienestar.

Aprended de los nobles proletarios del sur de México. Ellos no esperan a que se encumbre un nuevo tirano para que les mitigue el hambre. Valerosos y altivos, no piden: toman.

Ante la compañera y los niños que piden pan, no esperan que un Carranza o un Villa suban a la presidencia y les dé lo que necesitan, sino que, valerosos y altivos, con el fusil en la mano, entre el estruendo del combate y el resplandor del incendio, arrancan a la burguesía orgullosa la vida y la riqueza.

Ellos no esperan a que un caudillo se encarame para que se les dé de comer: inteligentes y dignos, destruyen los títulos de propiedad, echan abajo los cercados y ponen la fecunda mano sobre la tierra libre.

Pedir es de cobardes; tomar es obra de hombres. De rodillas se puede llegar a la muerte, no a la vida. ¡Pongámonos de pie!

Pongámonos de pie, y con la pala que ahora sirve para amontonar el oro a nuestros patrones, abramos su cráneo en dos, y con la hoz que troncha débiles espigas cortemos las cabezas de burgueses y tiranos. Y sobre los escombros de un sistema maldito, clavemos nuestra bandera, la bandera de los pobres, al grito formidable de ¡Tierra y Libertad!

Ya no elevemos a nadie; ¡subamos todos! Ya no colguemos medallas ni cruces del pecho de nuestros jefes; si ellos quieren tener adornos, adornémoslos a puñaladas.

Quienquiera que esté una pulgada arriba de nosotros es un tirano: ¡derribémosle!

Ha sonado la hora de la justicia, y al antiguo grito, terror de los burgueses: ¡la bolsa o la vida! , Sustituyámoslo por éste: ¡la bolsa y la vida!

Porque si dejamos con vida a un solo burgués, él sabrá arreglárselas de modo de ponernos tarde o temprano otra vez el pie en el pescuezo.

A poner en práctica ideales de suprema justicia, los ideales del Partido Liberal Mexicano, un grupo de trabajadores emprendió la marcha un día del mes de septiembre del año pasado, en territorio del Estado de Texas.

Esos hombres llevaban una gran misión.

Corrompido por la ambición de los jefes, el movimiento revolucionario del Norte, iban bien abastecidos de ideas generosas a inyectar nueva savia al espíritu de rebeldía que en esa región degenera rápidamente en espíritu de disciplina y de subordinación hacia los jefes.

Esos hombres iban a establecer un lazo de unión entre los elementos revolucionarios del sur y del centro de México, y los elementos que se han conservado puros en el norte.

Bien sabéis la suerte que corrieron esos trabajadores: dos de ellos, Juan Rincón y Silvestre Lomas, cayeron muertos a los disparos de los esbirros del Estado de Texas, antes de llegar a México, y el resto, Rangel, Alzalde, Cisneros y once más, se encuentran presos en aquel Estado, sentenciados unos a largas penas penitenciarias, otros de ellos a pasar su vida en el presidio, mientras sobre Rangel, Alzalde, Cisneros y otros va a caer la pena de muerte.

Todos estos trabajadores honrados son inocentes del delito que se les imputa. Sucedió que una noche, en su peregrinación hacia México, resultó muerto un shériff texano llamado Candelario Ortíz, y se descarga la culpabilidad de esa muerte sobre los catorce revolucionarios.

¿Quién presenció el hecho? ¡Nadie! Nuestros compañeros se hallaban a gran distancia de donde se encontró el cadáver del esbirro. Sin embargo, sobre ellos se trata de echar la responsabilidad de la muerte de un perro del Capital, por la sencilla razón de que nuestros hermanos presos en Texas son pobres y son rebeldes.

Basta con que ellos sean miembros de la clase trabajadora y que hayan tenido la intención de cruzar la frontera, para luchar por los intereses de su clase, para que el capitalismo norteamericano se les eche encima tratando de vengar en ellos la pérdida de sus negocios en México.

Si nuestros compañeros fueran carrancistas o villistas; si ellos hubieran tenido la intención de ir a México a poner en la silla presidencial a Villa o Carranza, para que éstos dieran negocio a los norteamericanos, nada se les habría hecho, y antes bien las mismas autoridades norteamericanas les habrían protegido; pero como son hombres dignos que quieren ver completamente libre al trabajador mexicano, la burguesía norteamericana descarga sus iras sobre ellos y pide la pena de muerte, como una compensación a los prejuicios que está sufriendo en sus negocios por la revolución de los proletarios.

En cambio, los asesinos de Rincón y de Lomas están libres. La misma burguesía norteamericana, que pide la muerte de Rangel y compañeros, colma de honores y de distinciones a los felones que arrancaron la vida de dos hombres honrados.

He aquí, proletarios, lo que es la justicia burguesa. El trabajador puede morir como un perro; ¡pero no toquéis a un esbirro!

Aquí y donde quiera el trabajador no vale nada; ¡los que valen son los que nada hacen!

Las abejas dan muerte a los zánganos de la colmena que comen, pero no producen; los humanos, menos inteligentes que las abejas, dan muerte a los trabajadores ? que todo lo producen ? para que los burgueses, los gobernantes, los polizontes y los soldados, que son los zánganos de la colmena social, puedan vivir a sus anchas, sin producir nada útil.

Esa es la justicia burguesa; esa es la maldita justicia que los revolucionarios tenemos que destruir, pésele a quien le pese y caiga quien cayere.

Mexicanos: el momento es solemne. Ha llegado el instante de contarnos: somos millones, nuestros verdugos son unos cuantos. Disputemos de las manos de la justicia capitalista a nuestros hermanos presos en Texas. No permitamos que la mano del verdugo ponga en sus nobles cuellos la cuerda de la horca. Contribuyamos con dinero para los gastos de la defensa de esos mártires; agitemos la opinión en su favor.

Basta ya de crímenes cometidos en personas de nuestra raza. Las cenizas de Antonio Rodríguez no han sido esparcidas todavía por el viento; en las llanuras texanas se orea la sangre de los mexicanos asesinados por los salvajes de piel blanca.

Que se levante nuestro brazo para impedir el nuevo crimen que en la sombra prepara la burguesía norteamericana contra Rangel y compañeros.

Mexicanos: si tenéis sangre en las arterias, uníos para salvar a nuestros hermanos presos en Texas. Al salvarlos no salvaréis a Rangel, a Alzalde, a Cisneros y demás trabajadores: os salváis vosotros mismos, porque vuestra acción servirá para que se os respete.

¿Quién de vosotros no ha recibido un ultraje en este país, por el solo hecho de ser mexicano? ¿Quién de vosotros no ha oído relatar los crímenes que a diario se cometen en personas de nuestra raza? ¿No sabéis que en el sur de este país no se permite que el mexicano se siente, en la fonda, al lado del norteamericano? ¿No habéis entrado a una barbería donde se os ha dicho, mirandoos de arriba abajo: aquí no se sirve a los mexicanos? ¿No sabéis que los presidios de los Estados Unidos están llenos de mexicanos? ¿Y habéis contado, siquiera, el número de mexicanos que han subido a la horca en este país o han perecido quemados por brutales multitudes de gente blanca?

Si sabéis todo eso, ayudad a salvar a vuestros hermanos de raza presos en Texas. Contribuyamos con nuestro dinero y nuestro cerebro a salvarlos; agitemos en su favor; declarémonos en huelga por un día como una demostración de protesta contra la persecución de aquellos mártires, y si ni protestas, ni defensas legales valen; si ni la agitación y la huelga producen el efecto deseado de poner a los catorce prisioneros en absoluta libertad, entonces insurreccionémonos, levantémonos en armas y a la injustica respondamos con la barricada y la dinamita.

Contémonos: ¡somos millones!

¡Viva Tierra y Libertad!

Ricardo Flores Magón

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