Indice de Teconología y anarquismo de Murray Bookchin Las posibilidades de la tecnología moderna. Tercera parte de Hacia una tecnología liberadora El uso ecológico de la técnica. Quinta parte de Hacia una tecnología liberadoraBiblioteca Virtual Antorcha

TECNOLOGÍA Y ANARQUISMO

Murray Bookchin

HACIA UNA TECNOLOGÍA LIBERADORA
LA NUEVA TECNOLOGÍA Y LA ESCALA HUMANA


En 1945, J. Presper Eckert y John W. Mauchly, de la Universidad de Pennsylvania, presentaron el ENIAC, primer computador digital totalmente realizado según principios electrónicos. Estaba destinado a resolver problemas de balística y su proyecto y construcción llevó cerca de tres años. El aparato era inmenso. Ocupaba 135 metros cuadrados de superficie y pesaba más de 30 toneladas. Incluía 18.800 tubos de vacío con 500.000 conexiones (que Eckert y Mauchly tardaron dos años y medio en soldar), una amplia red de resistencias y kilómetros de cables. El computador llevaba anexo un gran acondicionador de aire para enfriar los elementos electrónicos; además, se descomponía a menudo o presentaba grandes irregularidades, lo cual significaba una gran pérdida de tiempo en reparaciones. Pese a todo, en comparación con los calculadores anteriores, ENIAC era una verdadera maravilla de la electrónica. Efectuaba 5.000 cálculos por segundo y generaba señales eléctricas a raz6n de 100.000 ciclos por segundo. Ninguno de los calculadores mecánicos o electrónicos entonces en uso se aproximaba siquiera a tal velocidad.

Unos veinte años después, la Computer Control Company de Framingham, Massachusetts, ofrecía al público su DDP-124. Trátase de un computador pequeño, compacto, muy semejante a un receptor de radio de dormitorio; con la máquina de escribir y la memoria a él adosadós, ocupa cómodamente un escritorio de oficina común. El DDP-124 realiza más de 285.000 operaciones por segundo. Tiene una verdadera memoria, ampliable hasta una capacidad de 33.000 palabras (en cambio, la memoria del ENIAC se fijaba mediante conexiones variables y estaba muy lejos de poseer la flexibilidad de los computadores actuales); su frecuencia es de 1.750 millones de ciclos por segundo. No precisa acondicionador de aire, es absolutamente infalible y presenta muy pocos problemas para su cuidado y mantenimiento. Su costo es infinitamente inferior al del ENIAC.

La diferencia entre el ENIAC y el DDP-124 es de grado antes que de fondo. Excepción hecha de la memoria, los dos computadores dígitos se basan en los mismos principios electrónicos fundamentales. El ENIAC, empero, estaba compuesto primordialmente de piezas electrónicas tradicionales (tubos de vacío, resistencias, etc.) y miles de metros de cables; por su parte, el DDP-124 está constituido principalmente por microcircuitos. Estos microcircuitos son por lo general pequeñísimos, no alcanzan a medir más que una fracción de pulgada, y encierran el equivalente de gran número de piezas electrónicas clave del ENIAC.

Paralelamente a la disminución del tamaño de los elementos componentes del computador, se ha verificado tan notable perfeccionamiento de los medios técnicos clásicos que día a día se crean máquinas de todo tipo cada vez más pequeñas.

Ejemplo de ello es la extraordinaria reducción sufrida por los pantagruélicos talleres para laminado en caliente de marcha continua. Una instalación típica es de las más caras y de mayores dimensiones de la industria moderna. Puede considerársela como una sola máquina, que mide unos 800 metros de largo y es capaz de estirar un lingote de acero de 10 toneladas y 15 centímetros de grosor por 130 centímetros de ancho hasta convertirlo en una lámina de metal de un grosor cercano a los 0.2 centímetros. En el proceso, el lingote es desnudado de sus escamas, pasado por un laminador de enormes cilindros y luego sometido a una serie de operaciones destinadas a dar los toques finales. Toda la instalación, incluyendo los hornos de calentamiento, los trenes de laminación, el tanque de decapado y el edificio puede alcanzar un costo superior a los 50 millones de dólares y ocupar una superficie de 2 hectáreas. Produce 300 toneladas de chapas de acero por hora. Una buena instalación debe contar con gran cantidad de hornos de coque, de hornos de túnel, trenes desbastadores, etc. Todo esto, junto con los trenes de laminación en caliente y en frío, puede cubrir varios kilómetros cuadrados de superficie. Trátase de un complejo siderúrgico moderno, cuya magnitud lo ubica necesariamente en el orden de lo nacional, que necesita grandes cantidades de materias primas (por lo general provenientes de lugares lejanos) y cuya producción está destinada a grandes mercados nacionales e internacionales. Aún totalmente automatizado, un establecimiento de esta naturaleza trasciende por mucho la capacidad de una comunidad pequeña, descentralizada; el tipo de administración que exige es esencialmente de alcances nacionales. En suma, trátase de una actividad económica que, por su índole, inclina la balanza a favor de las instituciones centralistas.

Afortunadamente, disponemos ahora de medios como para reemplazar, en muchos aspectos con ventajas, al complejo siderúrgico arriba descrito.

Así, pueden usarse hornos eléctricos en lugar de los altos hornos. Son en general pequeños y producen excelente arrabio y acero utilizando no sólo coque como agente reductor, sino también antracita, hulla, carbón vegetal y hasta lignita. Otro de los procedimientos a nuestro alcance es el de Hoganas, por el cual se reduce mineral muy rico o concentrado a esponja de hierro mediante gas natural. También tenemos el método Wiberg, que emplea monóxido de carbono y un poco de hidrógeno para efectuar la reducción. Sea como fuere, el hecho es que nos es posible eliminar los hornos de coque, los altos hornos, los hornos de túnel y, quizá, hasta los agentes reductores sólidos. Pero el más importante aporte en los esfuerzos tendientes a dar menores dimensiones a los complejos siderúrgicos -lo cual los tornará accesibles a una comunidad pequeña- es la instalación ideada por T. Sendzimir. El gran tren de laminación en caliente de marcha continua es condensado en un único tren planetario y un pequeño anexo para las operaciones de acabado. Los lingotes de acero calientes, de 2% pulgadas de grosor, pasan por dos pares de cilindros chicos, también calientes, hacia los cilindros laminadores; todo esto va montado en dos jaulas circulares que además contienen dos tambores de retorno. Las jaulas y los cilindros de retorno giran a distinta velocidad, haciendo rotar los cilindros laminadores en dos sentidos, con lo cual se somete al lingote de acero a una terrible presión que lo reduce a un grosor de apenas una décima de pulgada.

La idea de Sendzimir es un verdadero golpe de genio; al girar en las dos jaulas circulares, los pequeños cilindros laminadores adquieren una fuerza que sólo podrían desarrollar cuatro poderosos trenes de laminación y seis trenes desbastadores. Esto significa que el laminado en caliente no necesita ya de establecimientos tan enormes. Además, la fundición continua permite obtener lingotes de acero sin costosas y voluminosas instalaciones.

En resumen: con varios hornos eléctricos, la fundición continua, un tren de laminación planetario y un pequeño tren de laminación en frío de marcha continua, que en total ocuparían de media a una hectárea, una comunidad mediana tendría los medios como para producir y trabajar el acero de acuerdo a sus necesidades particulares.

Este complejo siderúrgico, de escasas dimensiones y gran perfección, produciría un acero de muy buena calidad con mucho menos gasto y desperdicio; aun no siendo automatizado, en relación a un complejo común, requeriría menor cantidad de operarios; y podría reducir mineral pobre en hierro con mayor eficacia y facilidad. Finalmente, puesto que el laminador planetario produce chapas lustrosas y limpias sometiéndolas a la acción de chorros de agua de elevada presión, no se necesita usar ácidos para el decapado, con lo cual se elimina uno de los más graves inconvenientes de la industria siderúrgica: la contaminación de las corrientes de agua donde se arrojan los desechos.

El complejo siderúrgico que acabo de describir no alcanzaría para abastecer a un mercado nacional como el que existe actualmente en los Estados Unidos, por ejemplo. Sólo basta para llenar las necesidades de comunidades pequeñas o medianas y de países de escaso desarrollo industrial. Por lo común, los hornos eléctricos producen de 100 a 250 toneladas de hierro fundido por día, cuando un alto horno funde unas 3.000 toneladas diarias. La instalación de Sendzimir lamina sólo 100 toneladas de metal por hora, aproximadamente una tercera parte de la producción de un tren de laminación en caliente de marcha continua. Sin embargo, la capacidad de producción de nuestro hipotético complejo constituye precisamente una de sus mayores virtudes. Como los productos serían de tan buena calidad que sufrirían poco desgaste y no sería menester reponerlos de continuo, habría menor demanda. Por otra parte, dado que se emplearía mineral de hierro, combustible y agentes reductores en pequeñas tandas, muchas comunidades se bastarían con sus propios recursos de materia prima, sin verse obligadas a acudir a centros nacionales, cosa que fortalecería la independencia de la comunidad y favorecería la descentralización de la vida económica, amén de ahorrar gastos de transporte. Lo que parecería una repetición inútil y costosa de una actividad fácilmente desarrollada por unos pocos complejos siderúrgicos centralizados probaría ser, a la larga, la solución más conveniente y deseable, tanto desde el punto de vista económico como el social.

La nueva técnica no sólo ha creado piezas electrónicas en miniatura o los medios adecuados para descentralizar la producción, también nos ha dado máquinas que se adaptan a los más diversos usos.

Durante más de un siglo, primó la tendencia a crear máquinas cada vez más especializadas y destinadas a un único propósito, fenómeno que era reflejo de la profunda y creciente división del trabajo que iba agarrotando crecientemente a la actividad fabril. Se subordinaba la función al producto.

Con el tiempo, tan estrecho enfoque pragmático desvió a la industria del camino racional en la creación de maquinarias, observan Eric W. Leaver y John J. Brown. La llevó a una especialización más y más antieconómica ... La especialización de la máquina tendiente a adaptarla a la producción de un objeto determinado limita totalmente su utilidad, que se acaba en cuanto desaparece la necesidad de fabricar ese producto único. Si analizamos correctamente, el trabajo que realiza una máquina puede reducirse a una serie de operaciones básicas -dar forma, sostener, cortar, etc.-, funciones que debidamente definidas pueden conjugarse en un solo aparato, al que podrá dársele la aplicación requerida en cada caso.

Un taladro que llenara las condiciones postuladas por Leaver y Brown serviría para hacer agujeros de todo calibre, que dejaran pasar desde un fino alambre hasta un caño.

Otrora se consideraba que máquinas de tan amplia capacidad eran completamente prohibitivas desde el punto de vista económico. Sin embargo, ya a mediados de la década de 1950 se idearon y pusieron en uso varias máquinas de este tipo. En 1954 se fabricó en Suiza una perforadora horizontal para la River Rouge Plant de la Ford Motor Company, sita en Dearbon, Michigan. Esta agujereadora sería un magnífico espécimen de la máquina múltiple de Leaver y Brown; dotada de cinco calibradores ópticos iluminados de tipo microscópico, hace agujeros más pequeños que el ojo de una aguja y más grandes que el puño de un hombre. Las perforaciones presentan un error menor de diez milésimas de pulgada,

Las máquinas multiuso revisten una importancia digna de subrayarse. Con ellas, un solo establecimiento industrial estaría en situación de producir una asombrosa cantidad de objetos. Una comunidad pequeña o mediana podría satisfacer gran parte de la demanda local de cierto número de productos con un mínimo de instalaciones industriales aprovechadas al máximo. Se eliminarían las pérdidas ocasionadas por la caída en desuso de las maquinarias, y los establecimientos se utilizarían para distintos propósitos.

Merced a la flexibilidad y amplitud que esto otorgaría a la vida económica de la comunidad, ésta lograría una capacidad para autoabastecerse y un grado de autarquía como no vemos en ninguno de los países de industria avanzada de la actualidad. En cuanto a la readaptación de las maquinarias para nuevos usos, resultaría muchísimo más fácil y barata, pues, en general, consistiría en una graduación de las operaciones que es capaz de realizar la máquina y no exactamente en una modificación de su estructura o sus características. Si se tratara, por ejemplo, de una perforadora, no habría más que cambiar la mecha; y si fuera un torno, bastaría con reemplazar la cuchilla.

Por último, la automatización de las máquinas múltiples no presentaría mayores obstáculos; para introducirlos en una instalación industrial automatizada, se requeriría una alteración de los circuitos y de los programas antes que de la forma y la estructura de las máquinas en sí.

Desde luego, las máquinas especializadas seguirían existiendo para cumplir la misma función que llenan hoy, a saber, la fabricación en gran escala de productos de abundante uso y de corta vida.

Hay en la actualidad magníficas máquinas de este tipo notablemente automatizadas; suelen ser pequeñas instalaciones que las comunidades no centralizadas podrían adoptar sin grandes modificaciones. Ejemplo de ello son las máquinas de embotellar y envasar, que constituyen instalaciones compactas, automáticas y sumamente racionalizadas. Para cuando estén establecidas las comunidades descentralizadas, sin duda contaremos ya con maquinarias automáticas de menores dimensiones para las industrias textil, química y alimentaria. Y supongo que también las fábricas de automotores habrán evolucionado en este sentido para el día en que automóviles, autobuses y camiones se muevan a impulsos de la energía eléctrica.

Muchos de los grandes establecimientos que quedarán podrían descentralizarse eficazmente reduciendo sus dimensiones al máximo y disponiendo las cosas de manera que fueran explotados simultáneamente por varias comunidades.

No pretendo afirmar que todas las actividades económicas humanas son susceptibles de descentralización completa, pero creo que la mayoría puede llevarse a dimensiones humanas y comunitarias. Baste decir que es posible trasladar el mayor peso de la economía de los organismos nacionales a los comunitarios, de las instituciones burocráticas centralizadas a las asambleas populares locales, a fin de cimentar la soberanía de la comunidad libre sobre un sólido fundamento industrial.

Tal mutación comprendería un cambio histórico cualitativo, un cambio social revolucionario de vastas proporciones, sin precedentes en la evolución técnica y social del hombre.
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