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XIII

EL COMANDANTE

El pobre prefecto se hallaba en la casa del Ayuntamiento, vestido con su traje dominguero para recibir a la tropa con los honores debidos, y en el momento en que llegó doña Antonia, acompañada del tío de Pilar y de Nicolás, que la habían seguido por deferencia, se entretenía en ver a aquella fuerza mal vestida y peor montada, que se forma en la placita para pasar lista. Mandábala un comandante de mala catadura, vestido de una manera singular, con un uniforme militar desgarrado, y cubierto con un sombrero charro viejo y sucio.

Luego que acabó de pasar su lista, el comandante vino a saludar al prefecto y a manifestarle, lo que era de cajón entonces, que necesitaba raciones para sus soldados y forraje para su caballada, pues debía continuar su marcha esa tarde.

El prefecto dio las órdenes convenientes para facilitar esos elementos, imponiendo a los vecinos acomodados semejante carga, que ellos estaban ya acostumbrados a soportar hacía tiempo.

Después la tropa se acuarteló y el comandante y algunos oficiales fueron invitados por el prefecto a tomar algunas copas y a comer en la Prefectura.

Tales eran los deberes que se imponía entonces la autoridad política de los pueblos para con esos militares, que ni defendían a la gente pacífica ni se atrevían a encararse con los bandidos de que estaba llena la comarca.

-¿Qué tal, comandante -preguntó el prefecto-, ayer y antier han tenido ustedes una buena tarea con los plateados?

-Fuerte, señor prefecto -respondió el comandante atusándose los ásperos bigotes-, muy fuerte; no hemos descansado ni de día ni de noche.

-¿Y lograron ustedes algo?

-¡Oh!, les dimos una correteada a los plateados, terrible. Estoy seguro de que en muchos días no volverán a aparecerse en la cañada de Curnavaca. Han quedado escarmentados.

-¿Cogieron ustedes algunos, eh?

-Sí: y los hemos dejado colgados, por ahí, de los árboles, en donde se estarán campaneando ... a esta hora.

-Pero, ¿cayeron todos?

-Todos, no, usted sabe que eso es dificil. Esos cobardes no atacan más que a la gente indefensa, pero luego que ven tropa organizada, como la mía, corren, se dispersan.

-Pero el Zarco ..., porque dicen que fue el Zarco el que mandaba la gavilla.

-Sí, él fue, pero es el más correlón de todos. Ni siquiera nos esperó, de modo que cuando nosotros llegamos a Alpuyeca, ni su luz del Zarco. En vano quisimos darle alcance. Luego que hizo su robo, apenas se detuvo a recoger a sus heridos y se largó precipitadamente, de modo que no dimos ni con su rastro. En ningún pueblo ni rancho de los que atravesamos en su persecución pudieron damos razón de él, sea que no hubiera pasado por allí o sea que tenga en todas partes cómplices, lo cual es más probable. El caso es que no pudimos continuar con mi caballería en aquellos montes tan escabrosos.

-Pero, entonces, señor comandante -preguntó el prefecto con malignidad-, ¿a quién cogieron ustedes por fin, porque acaba usted de decirme que dejaron algunos colgados en los árboles?

-¡Oh, amigo prefecto -contestó el militar sin desconcertarse-, tomamos algunos sospechosos de quienes estoy seguro que eran sus cómplices; yo los conozco bien a estos pícaros, no pueden disimular su delito; corren de nosotros cuando nos divisan, se ponen descoloridos cuando les hablamos, y a la menor amenaza se hincan, pidiendo misericordia! Ya usted ve que estas son pruebas, porque si no, ¿por qué habían de hacer todo eso? Su delito los acusa, son los cómplices, los que avisan a los bandidos, los que ocultan su marcha y los que participan del botín. A varios de esos, y según mi parecer, los más importantes, es a quienes he dejado dando vueltas en el aire ... ¡Servirá de ejemplo! ¿No le parece a usted?

De manera que el valiente militar había fusilado a algunos infelices campesinos y aldeanos, por simples sospechas, a fin de no presentarse ante su jefe, en Cuernavaca, con las manos limpias de sangre.

El prefecto lo comprendió así y por tal motivo respondió insistiendo:

-Sí, señor comandante, eso estuvo bueno siempre; pero, por fin, ¿y el Zarco?

-El Zarco, señor prefecto, debe hallarse ahora muy lejos de aquí; tal vez en el distrito de Matamoros o cerca de Puebla, para repartirse el robo con toda seguridad. ¡Bonito él para haberse quedado en este rumbo!

-Pero dicen -objetó el prefecto- que tiene su madriguera en Xochimancas a pocas leguas de aquí, y que cuenta con más de quinientos hombres. Al menos es lo que se dice por aquí, y lo que sabemos, porque frecuentemente se desprenden de allí partidas para asaltar las haciendas y los pueblos. En esa madriguera es donde guardan sus robos, en donde tienen a los plagiados, sus caballos, sus municiones, en fin; parece, según noticias que recibimos diariamente, que allí viven como en una fortaleza, que tienen hasta piezas de artillería, hasta músicas y charangas que llevan algunas veces a sus expediciones y que les sirven también para divertirse en sus bailes.

-Ya sé, ya sé -replicó el comandante con cierto enfado-: pero usted conoce lo que son las exageraciones del vulgo. Todo eso son cuentos; habrán buscado allí refugio alguna vez, habrán permanecido allí dos o tres días, habrán hecho tocar dos o tres clarines, y el miedo de los pueblos ha inventado lo demás, porque no me negará usted, señor prefecto, que ustedes viven muertos de miedo y que ni parecen hombres los que viven en estas comarcas.

-Pero, con razón, señor comandante -dijo el prefecto, picado en lo vivo-, con muchísima razón si todos esos que usted dice que son cuentos, nos parecen a nosotros realidades; si vemos atravesar por nuestros caminos partidas de cien y de doscientos hombres, bien armados y montados; si se llevan al cerro todos los días a los vecinos de los pueblos y a los dependientes de las haciendas; si se meten donde quiera como en su casa, ¿Cómo no hemos de creer?

-Pues bien, y ustedes, ¿por qué no se defienden?, ¿por qué no se arman?

-Porque no tenemos con qué; todos estamos desarmados.

-Pero ¿por qué?

-Le diré a usted: teníamos armas para la defensa de las poblaciones, es decir, armas que pertenecían a las autoridades y armas que habían comprado los vecinos para su defensa personal. Hasta los más pobres tenían sus escopetas, sus pistolas, sus machetes. Pero pasó primero Márquez con los reaccionarios y quitó todas las armas y los caballos que pudo encontrar en la población. Algunas armas se escaparon sin embargo, y algunos caballos también, pero pasó después el general González Ortega con las tropas liberales y mandó recoger todas esas armas y todos esos caballos que habían quedado, de manera que nos dejó con los brazos cruzados. Luego, los bandidos apenas saben que alguno tiene un caballo regular, cuando en el acto se meten a cogerlo. ¿Quién quiere usted que compre ya ni armas, ni caballos, sabiendo que los ha de perder de todos modos? Además, aun cuando nos queden machetes y cuchillos, ¿cree usted que nos vamos a poner con quienes traen buenos mosquetes y rifles?

-Pues, hombre -replicó el militar reflexionando-, eso sí está malísimo, porque así cualquiera puede burlarse de ustedes. ¿y qué hacen entonces?

-Lo único que hacemos es huir o escondemos. Tenemos un vigilante en la torre, durante el día. Cuando toca la campana, dando la alarma, las familias se esconden en el curato o donde pueden, en lo más oculto de las huertas; los hombres corren y las autoridades ... nos sumimos -añadió el pobre prefecto, encogiéndose de hombros en ademán de vergüenza y de resignación.

-¡Caramba, hombre, eso es atroz! -exclamó el comandante sirviéndose una gran copa de coñac-. Yo no sería autoridad aquí por nada de esta vida.

-Pues yo he renunciado a la prefectura cincuenta veces; pero no me admiten la renuncia, y como es lo mismo ...

-¿Cómo lo mismo?

-Pues claro; es lo mismo que haya prefecto como que no lo haya; dirán que tanto da que yo esté como que esté otro, y mientras, aquí me tiene usted limitándome a dar forraje y raciones a las tropas que pasan, sin poder hacer más, sin disponer de un solo guarda, de un solo soldado, de nadie ... escondiéndome por la noche, porque de noche quedamos expuestos a todo, sin poder ejercer la vigilancia que tenemos de día, trabajando en nuestros quehaceres, siempre con sobresalto. De manera que no son cuentos los que le referimos a usted; no son invenciones del miedo. Son verdades, y se las dirá a usted todo el mundo.

En el instante en que el prefecto acababa de hablar, doña Antonia, cansada de esperar que concluyese la conversación, se hizo anunciar por conducto del secretario de la oficina, diciendo que tenía un negocio muy urgente que comunicar, tanto al prefecto como al comandante.

-Que entre -dijo el prefecto.

Doña Antonia se presentó llorando y desesperada.

-¿Qué le pasa a usted, doña Antonia? -preguntó el prefecto con interés.

-¡Qué me ha de pasar, señor prefecto, una gran desgracia!, que mi hija ha sido robada anoche.

-¡Su hija de usted! ¡Manuelita! ¡La muchacha más linda de Yautepec! -dijo el prefecto, dirigiéndose al comandante, que se volvió todo orejas.

-Sí, señor, Manuela, ¡me la han robado!

-¿Y quién, vamos, diga usted?

-¡El Zarco! -exclamó furiosa doña Antonia-, ¡ese gran ladrón y asesino!

-¿Ya ve usted, señor comandante? -dijo el prefecto, sonriendo con malicia-. No anda tan lejos como usted creía; todavía está por aquí robándose muchachas, después de haber robado y asesinado en la Cañada.

-Pero, ¿cómo ha sido eso? ..., diga usted pronto, señora -dijo el militar levantándose.

Doña Antonia refirió los hechos que ya conocemos. Nicolás fue llamado a declarar lo que sabía, y no hubo ya duda de que, en efecto, el Zarco había sido el raptor.

-Y bien, ¿qué quiere usted ahora que se haga?

-Señor -respondió la anciana en actitud suplicante-, que usted haga perseguir a ese bandolero, que le quiten a mi hija, y yo daré lo poco que tengo si lo logran. Que la traigan viva o muerta, pero ha de ser pronto, señor; pueden encontrarla muy cerca de aquí, en Xochimancas, que es donde el Zarco tiene su madriguera. Ya sé, señor prefecto, que usted no tiene tropa, ni gente de quien disponer para eso; pero ahora que está aquí este señor militar con su tropa, puede prestar este servicio a la justicia y a la humanidad.

-¿Qué dice usted, comandante? -preguntó con sorna el prefecto.

-¡Imposible, señor prefecto, imposible! -repitió con resolución-; yo tengo orden de continuar mi marcha para Cuautla, como que se trata de escoltar a un señor muy amigo del señor presidente, don Benito Juárez, que tiene que ir a México. Ya usted supondrá que cuando no he podido continuar la persecución de ese malvado ayer, y por causa de un robo y de asesinatos, menos he de poder entretenerme en ir a buscar a una muchacha por esos andurriales ... ¡Bah! ... ¡Bah...!, déjenos usted en paz, señora, ya se contentará la niña con el bandido ese, ¡no tiene remedio! ¡La tropa del gobierno no puede perder el tiempo en andar rescatando muchachas bonitas! Además, yo no conozco bien estos terrenos.

-Pero yo sí los conozco -dijo Nicolás-, y si el señor prefecto lo dispusiera, algunos amigos míos y yo acompañariamos a la tropa del gobierno para guiarla y ayudarle en sus pesquisas.

-Pues si este muchacho tiene algunos amigos que lo acompañen, supongo que armados, ¿por qué no va él a hacer la persecución? -preguntó el comandante.

-Porque sería lo mismo que sacrificamos inútilmente -respondió Nicolás-. Mis amigos y yo seremos a todo rigor diez, y los bandidos a quienes podemos encontrar en Xochimancas pasan de quinientos o por lo menos son trescientos; ¿qué podríamos hacer diez contra trescientos? Moriríamos estérilmente. No así yendo la tropa del gobierno, porque tiene más de cien hombres, y además los que iríamos de aquí, que estamos bien armados y que, apoyados en la tropa, serviriamos de algo. Conocemos caminos por los que lograríamos sorprender a los plateados.

-Pero, ¿toda esa pelotera y ese empeño por una muchacha? -dijo el comandante, que no se dejaba convencer.

-No, señor -repuso indignado Nicolás-; no sería solamente por la muchacha, porque se lograrían otros fines que son de mayor importancia. Se lograría acabar con esa guarida de malhechores que tienen azorado el distrito; se lograría tal vez matar o coger a los asesinos a quienes persiguió el señor comandante ayer y antier inútilmente; se les quitaría el robo, se les quitarían los demás robos que tienen guardados allí, se libertaría a los hombres que tienen plagiados hace tiempo, y el señor comandante cumpliría con su deber restableciendo la seguridad en todo este rumbo. Yo creo que hasta el Supremo Gobierno se lo agradecería.

-A mí nadie me enseña mis deberes como soldado -respondió el comandante con los ojos centelleantes de cólera, y comprendiendo que no podía contestar de otro modo a las razones del joven-. Yo sé lo que debo hacer, y para eso tengo superiores que me ordenen lo que crean conveniente. ¿Quién es usted, amigo, para venir aquí a imponerme leyes y a hablarme con ese tono?

-Señor -dijo Nicolás, encarándose con dignidad al comandante-, yo soy un vecino honrado del distrito; soy el encargado de la herrería de la hacienda de Atlihuayan, y el señor prefecto sabe que he prestado no pocos servicios cuando la autoridad los ha necesitado de mí. Además, soy un ciudadano que sabe perfectamente que usted es un jefe de seguridad pública, que la tropa que usted trae está pagada para proteger a los pueblos, porque no es tropa de línea consagrada exclusivamente al servicio militar de la Federación, sino que es fuerza del Estado, despachada para perseguir ladrones, y ahora precisamente le estamos proporcionando a usted la oportunidad de cumplir con su comisión.

-¡Usted qué sabe de eso, don cualquiera, ni qué tiene usted que gritarme aquí ni qué leerme la cartilla, ni quién le ha dado a usted facultades para hablarme en ese tono! ¿Quién es ese hombre, señor prefecto? -preguntó el comandante en el paroxismo del furor, con los bigotes erizados y poniendo mano en el puño de su pistola de Colt, que llevaba ceñida a la cintura.

-Este muchacho -respondió el prefecto palideciendo, porque temió algún desmán del soldadote, que como todos los de su ralea era un gran insolente con los hombres honrados y pacíficos-, este señor es, en efecto, un vecino muy honrado y muy apreciable, que ha prestado muy buenos servicios a los pueblos y que es muy estimado de todos.

-Pues no le valdrá todo eso de nada para evitar que yo lo fusile -dijo el comandante-; yo le enseñaré a no faltar al respeto a los militares.

Nicolás se cruzó de manos impasible y contestó sin arrogancia, pero con un acento frío y altivo:

-Haga usted lo que quiera, señor militar; usted tiene allí su fuerza armada. Yo estoy solo, sin armas y delante de la autoridad de mi población. Puede usted fusilarme, no lo temo y ya lo estaba yo esperando. Era muy natural: no ha podido usted o no ha querido perseguir o fusilar a los bandidos a quienes era necesario combatir arriesgando algo, y le es a usted más fácil asesinar a un hombre honrado que le recuerda a usted sus deberes. Es claro ..., esto no será glorioso para usted, pero sí lo único que puede y sabe hacer.

-¿De manera que usted cree que yo me valgo de la fuerza para castigar la insolencia de usted?

-Así lo creo -repuso Nicolás, siempre cruzado de brazos y con un acento frío y seguro.

-Pues se equivoca usted, amigo -gritó el comandante-. Yo no necesito de la fuerza armada para castigar a los que me insultan. Yo sé corregirlos hombre a hombre.

-¡Sería de ver! -respondió Nicolás, con una ligera sonrisa de desprecio-. Y precisamente -añadió, por aquí cerca de Yautepec hay algunos lugares bastante solitarios en que podría usted dar pruebas de ese valor. Deje usted aquí a su tropa, montaremos a caballo los dos y nos iremos juntos a escoger el sitio a propósito.

-¿Sí, me desafía usted? -preguntó el militar, lívido de rabia.

-Yo acepto, señor comandante. Usted ha dicho que es muy capaz de castigar a los que le insultan hombre a hombre y sin valerse de la fuerza. Yo acepto y estoy dispuesto, con iguales armas y donde a nadie favorezca más que su propio valor.

-Bueno -dijo el comandante-, ahora verá usted si soy capaz.

Y saliendo precipitadamente de la pieza, gritó a varios soldados que estaban por ahí:

-¡Hola, sargento, préndanme ustedes a ese pícaro y ténganlo en el cuartel con centinela de vista! Si se mueve, mátenlo.

-¡Bonita manera de arreglar las cosas hombre a hombre! -murmuró Nicolás, mirando al comandante con un gesto de profundísimo desdén.

-¡Ahora verá usted si me echa bravatas, insolente!

-Pero, señor comandante -dijo el pobre prefecto, interponiéndose en actitud suplicante-, dispense usted a este muchacho; es un exaltado, pero es hombre de bien, incapaz de cometer el más mínimo delito.

-¡Cállese usted, señor prefecto del demonio -replicó el militar, furioso como un energúmeno-, cállese usted o también me lo llevo! Para eso nada más sirven ustedes las autoridades de aquí, para dar alas a los zaragates. ¡Ya verá usted si hago otro ejemplar! Llévenselo, llévenselo -dijo a los soldados que se apoderaron de Nicolás, el cual no hizo ninguna resistencia, contentándose con decir al prefecto:

-No ruegue usted, señor prefecto; deje usted que hagan lo que quieran, pero no humille usted su autoridad.

Sin embargo, el prefecto comprendía que aquel militar fanfarrón y cobarde era capaz de cumplir sus amenazas. Por aquel tiempo y en aquellas comarcas, tales hechos no eran, por desgracia, sino muy frecuentes. Los bandidos reinaban en paz, pero, en cambio, las tropas del gobierno, en caso de matar, mataban a los hombres de bien, lo cual les era muy fácil y no corrían peligro por ello, estando el país de tal manera revuelto y las nociones de orden y moralidad de tal modo trastornadas, que nadie sabía ya a quién apelar en semejante situación.

Las autoridades locales eran autoridades de burlas en las poblaciones y cualquier militarcillo, por inferior que fuese, se atrevía a ultrajar y humillarlas.

El infeliz magistrado de Yautepec no pudo hacer otra cosa que reunir al Ayuntamiento, que se reunió, en efecto, con gran temor, no sabiendo qué deliberar. Además, el prefecto envió inmediatamente aviso al administrador de la hacienda de Atlihuayan, quien en el acto montó a caballo y se dirigió a galope a Yautepec, acompañado de los dependientes principales de la hacienda, con el objeto de procurar la libertad del honrado herrero.

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