ESQUILO


LOS PERSAS

Primera edición cibernética, marzo del 2010

Captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés


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ÍNDICE

Presentación de Chantal López y Omar Cortés.

Los persas.




PRESENTACIÓN



La tragedia que ahora presentamos, del dramaturgo griego Esquilo, relata la derrota persa ante las fuerzas helénicas en la batalla de Salamina, donde el soberbio rey persa, Jerjes, quien considerábase infinitamente superior a todo el linaje humano, terminó siendo humillado y muertos la mayoría de los gloriosos guerreros que junto a él combatían, no obstante que sus tropas en mucho rebasaban el poderío de la armada griega.

Por supuesto que con este drama se pretende mostrar esa derrota militar como un castigo de los dioses al engreído y ensoberbecido rey.

Así, tanto la trama como la lírica de la tragedia son impactantes. La actuación lastimera del coro de ancianos; la detallada descripción realizada por el mensajero, de lo acaecido en la batalla; las angustiosas intervenciones de Atosa, madre que fue de Jerjes y esposa del gran Darío y, la intervención del fantasma o, como se le describe en la tragedia, la sombra de Darío, aunado ello a la lacrimosa interpretación de Jerjes, conforman partes esenciales que magnifican esta obra.

Chantal López y Omar Cortés




PERSONAJES



Coro de ancianos.

Atosa.

Un mensajero.

La sombra de Dario.

Jerjes.




La escena en Susa, delante del palacio real de Persia y de la tumba de Darío.


Aparece el CORO DE ANCIANOS.


CORO.
Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas que marcharon contra la Hellada; a los custodios de estos espléndidos y dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el hijo de Darío, el mismo rey Jerjes nuestro señor, para que velásemos por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon sus ciudades y partieron los de Susa y los de Agbatana, y los que habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos, a caballo; de ellos, con lento caminar, a pie y en apretadas haces formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres, y Artaphrenes, y Megabates, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa. Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables, y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con ellos Artembares, que combate a caballo; y Masistes, e Imeo el valeroso, buen flechero; y Pharandaces, que con mano firme rige el carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas; Susiscanes, y Pegastagon, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames, gobernador de la sagrada Memphis; y Ariomardo, que guarda a la antigua Tebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados Lydios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente, a los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arcteo. Y la opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la esclavitud; Mardon y Tharybis, los de incansable lanza, y sus Mysios de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de la fina puntería de sus flechas. Y, en fin, los pueblos todos de Asia, armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardientísimo, y las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo que no se acaba jamás.

Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera. Convirtió el estrecho de Helles la Athamantea en bien claveteado puente de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la cerviz el yugo de su dominación.

Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. El, hijo de esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos dioses.

Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva contra los guerreros de poderosa lanza a Ares, el del certero arco.

¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres, que pruebe a detener con él como con valladar firmísimo las nunca vencidas olas de los mares? Que es el ejército Persa imposible de resistir, y su pueblo de ánimo esforzado.

Ya de antiguo la Fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos jinetes, y asolaciones de ciudades.

A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de los vientos.

Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la Calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fue dado salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! ¡AY ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada de sus hijos; con que a sus ayes responden los ayes de la fortaleza de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de Cyssino.

Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino promontorio común a entrambos continentes.

Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la abandonó con el ansia ardiente de pelea.

Ea, pues, ¡oh Persas!, nosotros que tenemos nuestro consejo en esta antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el rey Jerjes; el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió vencedor el empuje de la aguda lanza?

Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de los dioses; es la madre del rey, nuestra reina. Caigamos de rodillas, saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deban a su majestad.


Sale ATOSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la majestad real.



CORO.
¡Salve, altísima señora de los Persas, de rica y holgada vestidura; anciana madre de Jerjes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios, si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros soldados.


ATOSA.
Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la fortuna poderosa derribe con el pie, entre nubes de polvo, la grandeza que levantó Darío no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el más rico tesoro sin hombres que le guarden, ni luce la fortuna para el menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa; que ojo de una casa es, sin duda, la presencia del dueño. Por tanto, Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución.


CORO.
Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón.


ATOSA.
Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas; venía la una en hábito persa; la otra, en el de la Doria. Ambas, por la majestad y gallardía de su talle, superaban con mucho a las mujeres de nuestros tiempos; hermosas, sin tacha, y hermanas, como de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria: a la una, Grecia; a la otra, la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos ... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Jerjes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después que me levanto del lecho y lavo mis manos en las puras aguas de una fuente y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo un águila que viene huyendo hacia el ara del sol .. ¡Muda de espanto quedo, amigos! Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada el águila no se defiende, y le ent{ega su cuerpo. Cosas son éstas, en verdad, para que nos aterre: a mí, el verlas; a vosotros, el oírlas. Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra.


CORO.
Ni queremos, ¡oh madre!, que nuestras palabras te pongan inmoderado temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de ti y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio, y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los muertos, que así es debido. Conjúrale con fervoroso pecho a aquel Darío tu esposo, a quien dices que viste anoche, porque del seno de las regiones infernales envíe a la luz lo que sea de buen agüero para ti y para tu hijo, y haga que se desvanezca en la oscuridad de las entrañas de la tierra lo que os sea contrario. He aquí lo que de corazón te digo y la razón me previene previsora. Y en cuanto a lo que nos has revelado, juzgamos que en resolución todo acabará por tener para ti buen suceso.


ATOSA.
Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo cual lo deseamos! Entremos en palacio y hagamos al punto cuanto mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que habitan en los senos infernales. Mas, ¡oh amigos!, yo quisiera saber de vosotros, dónde dicen que está sentada Atenas.


CORO.
Lejos de aquí, a Occidente; hacia donde se pone el Sol nuestro señor.


ATOSA.
¿Y tanto desea mi hijo tener esa ciudad?


CORO.
Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey.


ATOSA.
De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados?


CORO.
Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los Medos.


ATOSA.
¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas?


CORO.
Tienen una fuente de riqueza; un tesoro que la tierra les regala.


ATOSA.
¡Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas?


CORO.
Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el escudo.


ATOSA.
¿Quién es su rey y el señor y caudillo de su ejército?


CORO.
No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno.


ATOSA.
¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores?


CORO.
Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío.


ATOSA.
¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado en los padres de los que partieron!


CORO.
A lo que me parece, pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. El traerá noticias ciertas, que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota.


Sale un MENSAJERO



MENSAJERO.
¡Oh ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! ¡Cayó y pereció la flor de los Persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas fuerza es que os descubra todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas, el ejército entero de los bárbaros ha perecido.


CORO.
¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, Persas que oís estas lástimas.


MENSAJERO.
Sí; todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol de mi patria, contra lo que esperaba.


CORO.
¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este inesperado desastre!


MENSAJERO.
Presente estaba yo. No será de oídas, ¡oh Persas!, como os haré la triste relación de las desventuras que nos han sobrevenido.


CORO.
¡Oh dolor! En vano juntaron sus armas todos los numerosos pueblos de Asia, y fueron contra la funesta Hellada.


MENSAJERO.
Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron!


CORO.
¡Oh dolor! ¡Con que los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las ondas, y sin vida, son arrebatados por la corriente entre los flotantes despojos de nuestras naves!


MENSAJERO.
De nada sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque poderoso de las naves enemigas.


CORO.
¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses, con total perdición, lo acabaron todo! ¡Ay, ay, armada nuestra destruida!


MENSAJERO.
¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo!


CORO.
¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! Harto de recordar serán tantas Persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; ¡y todo en vano!


ATOSA.
Afligida, atónita, con estos males, por largo espacio no he podido romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio, que supera mis fuerzas; ni acierto a articular palabra ni a averiguar nuestras desventuras. Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y puesto que te haga verter lágrimas habla y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos?


MENSAJERO.
Jerjes vive, y ve la luz del día.


ATOSA.
Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche.


MENSAJERO.
Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia, Artembares, que mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó saltando de la nave al mar con ligero salto. Dadaces, el caudillo de mil guerreros. Tenagon, el más valiente entre los hijos de la Bactriana, queda también en aquella isla de Aiax, de continuo azotada por las olas. Sileo, Arsames y Argestes, los tres vencidos junto a la isla criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del Nilo, en Egipto; Adeves y Pheresseves, tres, y además Pharnucho. Murió Matallo el Chrysio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja, espesa y erizada, goteaba sangre; tenía su cuerpo el encendido color de la púrpura. Atrabo el Mago y Artames el de Bactriana, que guiaba treinta mil soldados caballeros en negros C0rceles, allí perecieron y tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y Amphistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo, triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Mysio, y Tharybis, y Lyrnense de nación, gallardo soldado que capitaneaba doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente muertos. Synnesis, caudillo de Cilicios, el primero por el valor de su ánimo, pereció con gloria. El solo dió muchísimo que hacer a los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas desgracias que nos rodean.


ATOSA.
¡Ay de mí! ¡Ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser causa tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato y dime: ¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar en batalla con la armada de los Persas?


MENSAJERO.
Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían los Helenos eran trescientas naves, y de ellas diez de reserva; pero Jerjes, y esto lo sé bien, contaba con mil bajo su mando, fuera de doscientas siete que sobresalían por muy veleras. Esta es la cuenta justa. ¿Te pareceremos ahora que no teníamos bastantes fuerzas para aquel combate? Pero sin duda no le plugo a ningún dios mantener su balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este modo nuestra armada quedó destruída. Los dioses protegen a la ciudad de la diosa Pallas.


ATOSA.
Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas?


MENSAJERO.
Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres.


ATOSA.
Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los primeros a acometer? ¿Acaso los Helenos, o fue mi hijo, ensoberbecido con la mulitud de sus naves?


MENSAJERO.
¡Oh reina, algún dios vengador, algún genio, venido no sé de dónde fue, a no dudar, el primer principio de toda nuestra desgracia. Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Jerjes cómo así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga. El que lo oyó, no recelando engaño en el Heleno ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos los capitanes de naves, que tan pronto como el sol deje de enviar sus rayos sobre la tierra y la oscuridad se enseñoree del dilatado templo del éter, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras formadas en círculo todo alrededor de la isla de Aiax. Porque si los Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina que los amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza. Tal dijo con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de venirle de parte de los dioses. La armada, sin desorden y con obediente disciplina, se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada; toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se iba pasando y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de la parte de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado pean como para huir, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín, con su voz, enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a una señal del cómitre, azotan los remos a una vez con acompasado golpe las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada Helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír ya de cerca estas voces que de ellas salían: ¡Oh hijos de la Hélade, andad, liberad a la patria; liberad a vuestros hijos, a vuestras esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas de vuestros mayores! Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha. Por nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en una nave nuestra; era una nave Helena que había comenzado el abordaje; y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vió apretada en una angostura donde no se podían valer los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre y quebraban andanas enteras de remos. Las naves Helenas, no sin buena dirección, acometieron en redondo y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, lleno todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados. Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa y pónese en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz y nos arranca de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en solo un día murió muchedumbre tan numerosa.


ATOSA.
¡Ay! ¡Verdad! ¡Qué grande piélago de males se ha precipitado sobre los Persas y sobre toda la raza de los bárbaros!


MENSAJERO.
Pues bien puedes creer que eso no es ni la mitad de nuestras desgracias. Otra calamidad ha venido sobre los Persas, tal, que pesa tanto como aquéllas, y también dos veces más.


ATOSA.
¿Y que desdicha más funesta pudiera haber ya? Habla. ¿Qué calamidad es que dices que ha venido sobre el ejército, y que supera los más terribles de los males?


MENSAJERO.
Toda aquella juventud persa, sin iguales en el valor, por su generosa sangre insignes y en la fidelidad a su señor siempre los primeros, toda ella pereció con infame y miserable muerte.


ATOSA.
¡Ay de mí sin ventura! ¡Oh calamidad desdichada! ¡Amigos! ¿Con qué muerte dices que perecieron?


MENSAJERO.
Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros al dios Pan. Allí era donde Jerjes había enviado sus tropas, porque cuando deshecho el enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil presa en él y acabar con todo el ejército Heleno; y, además, para que pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los cielos dieron a la armada Helena la gloria del combate, y aquel mismo día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los vencedores, rodean la isla, y los Persas no saben ya hacia dónde volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe sobre ellos y cortan y degüellan y hacen cuartos a los infelices, hasta que no quedó a vida ni uno solo. Jerjes, que vió aquel océano de desastres, lanzó un ¡ay! lastimero. Porque tenía su trono en una elevada colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga. He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora.


ATOSA.
¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos. de los Persas! ¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! No fueron bastantes los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathon, sino que imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto sobre ellos?


MENSAJERO.
Los capitantes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huir siguiendo el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra que se había salvado, parte perecieron en Beocia ahogados de sed junto a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás, sin alientos, atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo de Melias, regados por las saludables aguas del Esperchio. De allí llegamos a los campos de Achaia y a las ciudades thesalias, afligidos con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y sed, plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuerza de tiempo, que heló toda la corriente del sagrado Estrymonio. Y tal hubo entonces, que de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo. Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales. Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves instantes dio el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos, y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de los males con que el cielo afligió a los Persas.


CORO.
¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos pies encima de toda la raza persa!


ATOSA.
¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos malesl Y vosotros, ¡con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello, puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas las cosas hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin remedio, mas oremos por que en lo venidero acontezca algo que sea más favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide una amistad vertladera. Consolad a mi hijo, si llegase aquí antes que yo; acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los males ya sufridos.


Vase



CORO.
¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y Agbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sos velos con sus débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas que esperaban con amor ardientísimo volver a aquel dulce consorcio apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás.

Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de los que ya no vivirán entre nosotros.

Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Jerxes los llevó, ¡oh dolor!, ¡oh dolor! Jerjes los perdió. Jerjes lo entregó todo imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fue que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente?

A todos los llevaron, ¡oh dolor!, las aladas naves de negras proas; a hombres de tierra y a hombres de mar, y ¡oh dolor!, a todos los perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos oído, apenas pudo escapar de manos de los Jonios atravesando los ásperos caminos y tierras de la helada Tracia.

Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por el Destino implacable, ¡ay, ay!, flotan dispersos frente a las costas de Cychrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes.

El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos; los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan; ¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los dioses. ¡0h ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo para nuestro dolor! Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya no escucharán de rodillas la voluntad del que fue su señor. El imperio del rey quedó aniquilado.

Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a doblegarse. La isla de Aiax encierra en sus sangrientos campos y en las ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas.


Sale ATOSA



ATOSA.
Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre el hombre la tormenta del infortunio de todo se aterra, al paso que si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esa angustia, otra vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las limpias aguas de tina cristalina fuente con el puro licor que se engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vida añosa, sin que falte el odorífero fruto del oscuro olivo cuyas ramas ostentan el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas de la omnifecunda tierra. Conque, ¡oh amigos!, acompañad con himnos mis ofrendas a los muertos; evocad al divo Darío; que yo voy a derramar en honor de los dioses infernales estas libaciones que la tierra beberá bien pronto.


CORO.
¡Oh reina!, honor de los Persas; haz tú llegar esas libaciones a las oscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno de la tierra. Ea pues, sagradas deidades infernales: Tierra, Herines y tú, rey de los infiernos, restituid el ánima de Darío de las tinieblas de esa mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros infortunios, tan sólo él, entre los mortales, será quien lo sepa y pueda decirnos cuándo tendrán fin.

¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes, que en nuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo del infierno?

Conque ea, ¡oh Tierra!, y vosotros todos, dioses que guiáis a los mortales a vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad arriba, a la luz, a quien fue cual ninguno de cuantos sepultó nuestro patrio suelo.

¡Oh varón amado! ¡Oh amada tumba, que escondes a un alma tan amada!. ¡Oh Adonio, Adonio, así consientas en enviarnos a la luz a Darío! ¡Ay! ¡A quien fue un rey cual él lo fue! ¡El, Darío!

Jamás en la guerra, que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí!

¡Oh reyl ¡Oh antiguo monarca nuestro! Ven, acércate; aparece en lo alto de ese monumento; levántate, ostentando el pie calzado con el rojo coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven, generoso Darío.

Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estygia se ciernen sobre nuestras cabezas y nos envuelven; nuestra juventud pereció toda entera. Ven, padre; ven, generoso Darío.

¡Oh tú, cuya muerte fue tan llorada de los que te amaban! ¡Oh señor, señor! ¿Cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto imperio que fue tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron aquellas trirremes, aquellas nuestras aves, que ya no son sino despojos de naves, tristes y miserables despojos?


Aparécese LA SOMBRA DE DARIO



LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos Persas! ¿Qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que fue mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y al verla, profunda turbación se apodera de mi alma: vosotros también estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís y me evocáis con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las sombras sempiternas. Salida es ésta nada fácil, sobre todo porque los dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad, y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los Persas?


CORO.
Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso hablar en tu presencia.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Pues que acudiendo a tus aves vengo del profundo; nada de prolijas razones; dímelo todo brevemente y acaba. Depón esa reverencia que me tienes.


CORO.
Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas de decir a amigos.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Ya que el antiguo respeto se te representa en tu ánimo, y te embarga, pero tú (a ATOSA), anciana que un día fuiste la compañera de mi lecho, noble esposa, da tregua al llanto y a los gemidos y dime: ¿qué sucede? Habla sin rebozo. Dió naturaleza por patrimonio a los humanos las adversidades. Del mar y de la tierra salen infortunios infinitos y vienen sobre el hombre cuando su vida se dilata algún tanto.


ATOSA.
¡Oh, tú, cuya venturosa fortuna superó la prosperidad de todos los hombres; pues mientras viste la luz del sol, pasaste los serenos años de tu vida en felicidad envidiable, siendo como un dios para los Persas! Ahora también te digo dichoso, que moriste antes de ver el abismo de nuestros infortunios. Oye en breves razones todo lo sUcedido. Para decirlo con una sola palabra: pereció el poderío de los Persas.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Y ¿de qué modo? ¿Ha sido el azote de la peste? ¿Ha sido la discordia, quien ha destruido el reino?


ATOSA.
Nada menos que eso, sino que todo nuestro ejército quedó exterminado cerca de Atenas.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¿Y cuál de mis hijos fue el que llevó allí sus armas?, dime.


ATOSA.
El impetuoso Jerjes, que despobló todas las dilatadas llanuras del continente de Asia.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Y ¿cómo se aventuró el desdichado en ese necio intento: por tierra o por mar?


ATOSA.
Por mar y por tierra. Dos ejércitos formaban la expedición; dos frentes presentaban al enemigo.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Pero ¿de qué manera la gente de a pie pudo llevar a cabo la travesía de piélago tan dilatado y profundo?


ATOSA.
Uniendo Jerjes con cierto artificio entrambas orillas del estrecho de Helles, a fin de tener un paso para el ejército.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Y tal puso por obra para cerrar el ancho Bósforo!


ATOSA.
AsÍ fue. Algún dios sin duda le ayudó en esta resolución.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Ah!, algún dios enemigo y poderoso que vino a trastornar su mente.


ATOSA.
A la vista está el desastrado fin que todo ello tuvo, y qué de males nos ha traído.


LA SOMBRA DE DARÍO.
Mas acaba: ¿qué desastre les ha sucedido para que así lo lloréis?


ATOSA.
Rota y deshecha la armada, acarreó la perdición del ejército de tierra.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¿De ese modo, pues, todo nuestro pueblo ha sido completamente exterminado por el hierro enemigo?


ATOSA.
Sí, como que hoy llora desierta la ciudad de Susa la pérdida de todos sus defensores.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Oh, vana deftnsa y auxilio de un tan poderoso ejército.


ATOSA.
También pereció el pueblo entero de los Bactrianos, y todos en la flor de la edad.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Oh, infeliz, y qué vigorosos y valientes auxiliares ha perdido!


ATOSA.
Dicen que tan sólo Jerjes, abandonado de todas sus tropas y con no muchos de los suyos ...


LA SOMBRA DE DARÍO.
¿Llegó al fin a ponerse en salvo? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Se ha salvado?


ATOSA.
Dándose por muy contento, llegó al puente que unía a entrambas regiones.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¿Y dicen si está ya salvo en nuestra tierra? ¿y es esto verdad?


ATOSA.
Sí, cierto. Es voz enteramente confirmada, y sobre la cual no hay discrepancia alguna.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Ay! ¡Cuán pronto vino el cumplimiento de los oráculos! En mi hijo ha hecho Zeus que se ejecuten los divinos anuncios. Imaginábame yo que los dioses habían de tardar largo tiempo en llevarlos a cabo; pero cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se junta con él y le ayuda a despeñarse. Ya brotó para los nuestros la fuente de todos sus infortunios, y mi hijo ha sido quien la ha hecho brotar con su inconsiderada y juvenil audacia. ¡El, que esperaba que había de encadenar al sagrado Hellesponto como a un esclavo, e impedir que corriesen las divinas aguas del Bósforo! ¡El, que con echar a sus ondas unos grillos bien forjados, presumió forzarle a torcer su natural impulso, y abrir ancho camino para su inmenso ejército! ¡Desaconsejado mortal que creía que había de ser más poderoso que todos los dioses, y que Poseidón! ¿Cómo pudo ser, para hacer tal, que la demencia no se hubiese apoderado de mi hijo? ¡Ah! Temo que aquellos tesoros que alcancé con tantos esfuerzos, no sean ahora presa del primero que quiera ocuparlos.


ATOSA.
Tal fue la enseñanza que sacó el arrebatado Jerjes de comunicar con hombres funestos. Decíanle que tú habías ganado con tu lanza grandes riquezas para tus hijos, mientras que él, con flojedad de ánimo, reducíase a jugar de lanza en su palacio, sin aumentar nada la herencia de su padre. De continuo estaba oyendo oprobios como éstos de boca de aquellos malvados, y al fin determinó mover su ejército y llevarle contra la Hélade.


LA SOMBRA DE DARÍO.
¡Grandísima hazaña en verdad la de ellos y por siempre memorable! ¡Calamidad que ha desolado a la ciudad de Susa, como ninguna de cuantas cayeron sobre ella desde que Zeus todopoderoso quiso conceder a un solo hombre el honor de imperar sobre toda la rica Asia, empuñando el cetro real! De Media era el primer rey de nuestro pueblo. Otro Medo perfeccionó su obra; su hijo, hombre en quien la prudencia llevó siempre el timón de sus resoluciones. Ciro fue quien le sucedió, tercer rey nuestro y varón afortunado, que una vez en el trono dió paz a todos sus súbditos. El unió a su imperio a Lidias y Frigios y subyugó por fuerza de armas la Jonia entera. Siempre recto en sus pensamientos, jamás se trajo sobre sí la ira del cielo. Su hijo reinó el cuarto, y después de él, Mardis, oprobio de la patria y de su antiguo trono. El noble Artafreneg, con el ayuda de sus parciales, con quienes se conjuró, sorprendióle en su palacio y le dió muerte. Con esto entró a reinar Marafis, y luego el mismo Artafrenes, séptimo de nuestros príncipes. Por fin, la suerte vino a darme lo que tanto hacía que deseaba; pero con guerrear tantas veces y mandar ejércitos numerosísimos, nunca mal como éste traje sobre mi reino. Mas mi hijo Jerjes es mozo y como mozo piensa, y no se acuerda de mis mandatos. Bien claro lo veis, antiguos compañeros míos, cuantos ejercimos la suprema potestad en Persia, todos juntos, no causamos jamás desastres tan grandes como el presente.


CORO.
Y, en fin, ¿qué determinas? ¡Oh, Darío; oh, señor! Después de lo ya sucedido, ¿cómo haremos aún para que el pueblo persa vuelva a su antigua gloria?


LA SOMBRA DE DARÍO.
Jamás llevéis vuestras armas contra los helenos, así fuesen más poderosas que el ejército de Jerjes, porque hasta la tierra misma pelea por ellos.


CORO.
¿Cómo has dicho? ¡Que pelea por ellos! ... ¿De qué suerte?


LA SOMBRA DE DARÍO.
Matando de hambre a los ejércitos más grandes y poderosos.


CORO.
Pero tal ejército aprestaríamos escogido y bien dispuesto ...


LA SOMBRA DE DARÍO.
El mismo ejército que ahora queda en los campos de Hélade no tendrá salvación ni en la retirada.


CORO.
¿Qué dices? ¿Pues no ha atravesado ya el Helesponto, de vuelta de Europa, todo el ejército de los bárbaros?


LA SOMBRA DE DARÍO.
Bien pocos serían entre tantos, si es que no ha de negar su fe a los oráculos de los dioses quien tiene delante de sus ojos lo que hasta ahora ha sucedido. No se cumplen a medias los oráculos jamás. Y si esto es así, mi hijo, llevado de sus vanas esperanzas, deja allí grande copia de gente escogida. Allí acampan en los llanos que riegan las aguas del Asopo, codiciado beneficio del suelo de Beocia; y allá les agqarda que padecer los últimos y más crueles males; mereciendo pago de su insolencia y de sus impías resoluciones. Porque así que entraron en la Hélade y no retrocedieron temerosos ante el despojo de las imágenes de los dioses, ni ante el incendio de los templos, sino que las aras fueron destruídas y las estatuas de los bienaventurados, con bárbara furia, arrancadas de sus asientos, y unas contra otras derribadas. Los que cometieron estas maldades ya están padeciendo males nada menores; pero otros quedan por venir todavía. Aún no se alcanza a divisar el fondo debajo de ellos; aún están manando. Tal de cadáveres hacinados quedará en los campos de Platea, entre ríos de cuajada sangre vertida por la lanza doria, los cuales hasta la tercera generación estarán hablando a los ojos de los hombres y diciéndoles con mudas lenguas: No os ensoberbezcáis demasiado los que habéis de morir. De la flor de la soberbia sale luego la espiga del crimen; la mies que se coge es mies de lágrimas. Vosotros, ahora, considerad el condigno pago que tUvieron aquellos delitos; guardad memoria de Atenas y de la Hélade. Nadie mire desdeñoso y atediado su presente fortuna, ni por codicia de las ajenas venga a perder las riquezas propias. Jamás deja sin castigo Zeus justiciero la soberbia desenfrenada, ni se olvida de pedir estrecha cuenta de nuestras acciones. Por tanto, vosotros que poseéis la prudencia, amonestad a Jerjes con atinados consejos; enseñadle a deponer su arrogante audacia y a no pecar contra los dioses. Y tú, anciana y querida madre de Jerjes, vuelve a tu estancia; toma el recado de vestir que te pareciere oportuno, y sal al encuentro de tu hijo. Porque, con la furia del dolor, todas sus ricas vestiduras las hizo jirones sobre su mismo cuerpo. y consuélale con blandas y dulces palabras; que bien lo sé, que tan sólo oyéndote a ti cobrará ánimos. Yo vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros, ancianos, salud, y aun en los males mismos, dad el alma a la alegría, mientras el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los muertos.


Húndese LA SOMBRA DE DARIO



CORO.
Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy afligen a los bárbaros y los que han de sobrevenir aún.


ATOSA.
¡Oh, Fortuna, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me hiere más es oír la fealdad e ignominia con que viene mi hijo hechas harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia; tomaré cuanto sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo.


Vase.


CORO.
¡Oh, dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra República cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el invencible Darío, aquel rey igual en grandeza a los mismos dioses! Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas, y las leyes gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la victoria a nuestros hogares.

¡Y cuántas ciudades tomó sin pasar el río Halis ni moverse del augusto hogar de su palacio! Tal como las palus, tres ciudades del mar Estrimonio, vecinas a las mansiones de los Tracios, y las que fuera del lago se asientan en la tierra firme, bien circuídas de muros, las cuales todas le acataban por su rey y señor. Y las engreídas y jactanciosas que se levantan en entrambas orillas del prolongado estrecho de Heles, junto con las de la sinuosa Propóntide, y las de la boca del Pronto. Y las islas que ciñe el mar cerca del dilatado promontorio que avanza en las ondas, al cual se avecinan: Lesbos, la olívífera Samos, Chios, Paros, Naxos, Micona y Andros, que está al lado de Imos, y con ella se toca. También dominó aquellas islas de alta mar que se asientan entre una y otra costa: Lemnos, y la sagrada mansión de Icaro, y Rodas y Gnido, y las ciudades chiprias, y Pafos, y Salís, y aquella Salamina, cuya metrópoli es ahora causa de este llanto. En fin, bajo el imperio y auspicios del gran Darío hízose dueña el Asia de las opulentas y populares ciudades de la parte griega de la Jonia. Que entonces era invencible el esfuerzo y valor de nuestros guerreros, y de aquellos sus aliados venidos de todas las naciones de la tierra; pero ahora trocaron los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla naval.


Sale JERJES solo con los vestidos desgarrados y en desorden y sin ningún aparato ni pompa real.
En la mano trae el arco de sus flechas.



JERJES.
¡Ay, infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la Fortuna en la nación persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh, Zeus! ¡Ojalá que con aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubiesen sepultado en las sombras fatales de la muerte!


CORO.
¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército! ¡Ay de la grandeza y majestad del imperio de los Persas! ¡Ay del marcial continente y de los ricos arreos de aquellos soldados que acaba de segar el Destino! La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la cual Jerjes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas mansiones de Ades. ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso! Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha perecido. ¡Ay, ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina señora de Asia! ¡Cayó postrada de rodillas!


JERJES.
¡Héme aquí; yo soy el miserable, el digno de ser lamentado por toda mi raza; yo, que nací para ruina de la tierra de mis padres!


CORO.
Y estas serán las aclamaciones con que salude y celebre tu vuelta; tristes voces, doloridos lamentos, el lacrimoso y funerario cántico del plañidor Mariandino.


JERJES.
¡Dejad salir las lágrimas, los ayes y los gemidos, porque ya estáis viendo cómo se ha mudado la fortuna, y cómo se ha vuelto contra mí!


CORO.
Sí; yo dejaré que salgan mis quejas y mis aves; yo rendiré tributo de duelo y de plañidos a las desgracias de nuestro pueblo; a esa tremenda calamidad que ha sepultado en las ondas a toda una generación que ahora está llorando la patria. Yo clamaré una vez y otra con doloridas y lacrimosas voces.


JERJES.
Ares nos la arrebató; Ares, que se puso de parte de los Jonios, que combatió en su armada, y segó la infausta llanura del mar y las malaventuradas costas. ¡Ay, ay!, clama a grandes voces y pregunta todo cuanto quieras.


CORO.
¿Dónde está aquella multitud amiga; dónde los que te escoltaban, como Frandaces, Susas, Pelagon, Agdabates, Datames, Psamnis y Susiscanes, que abandonaron a Agbatana en tu seguimiento?


JERJES.
Allí los dejé muertos. Cayeron de sus naves tyrias, y, arrastrados por las olas hasta las costas de Salamina, se estrellaron contra sus ásperos riscos.


CORO.
¡Ay, ay! ¿Y dónde tienes a Famucho y al valeroso Ariomardo? ¿Dónde al rey Sevalces y al noble Lileo? Y aún te he de preguntar: ¿y Memfis? ¿y Taribis? ¿Y Masistres? ¿Y Artembares? ¿Y Histechmas?


JERJES.
¡Ay de mí! Todos cayeron de un solo golpe. Sus míseros cuerpos, palpitantes aún, yacen en la costa mirando a la antigua, a la odiosa Atenas.


CORO.
¿Y aquel que era siempre tu ojo fiel, que contaba diez mil a diez mil tus soldados persas: Alpisto, el hijo de Batanocho, hijo de Sesames el de Megabates? ¿Y Parto? ¿Y el grande Ebares? ¿Dónde los has dejado? ¿Dónde los has dejado?


JERJES.
¡Oh! ¡Los enemigos!


CORO.
¡Males más fieros y terribles anuncias con esto a los generosos Persas!


JERJES.
Tú me haces renovar la memoria de aquellos buenos compañeros, y avivas en mí su amor vehementísimo. Tú, que me hablas de calamidades tan terribles y horrendas, y que no son para olvidarlas jamás. De lo hondo de mi pecho clama por ellos mi corazón con grandes voces.


CORO.
¿Y tantos otros a quienes con tan vivo deseo esperamos? ¿Y Xanto, que mandaba diez mil Mardos? ¿Y el belicoso Anchares? ¿Y Diexis y Arsaces, capitanes de la caballería? ¿Y Cindagates? ¿Y Litimna? ¿Y Tolmo, que jamás se hartaba de pelea?


JERJES.
¡Allá quedan sepultados; allá quedan sepultados! ¡No los llevaron en entoldadas literas, ni detrás los acompañaba fúnebre cortejo. Perecieron aquellos caudillos de nuestro ejército, y perecieron sin gloria.


CORO.
¡Ay dioses! ¡Ay! ¡Qué desastre habéis enviado contra nosotros! ¡Desastre no visto jamás; desastre digno de que le contemple la diosa de la Destrucción!


JERJES.
Golpe es el que nos ha herido cual los que la Fortuna suele dar en la vida.


CORO.
Sí, ella es quien nos ha herido. Bien claro está. ¡Calamidad inaudita! ¡Calamidad inaudita! Con bien menguada suerte abordamos a la armada jonia. ¡Infeliz es en las armas la gente de los Persas!


JERJES.
¿Y cómo no serlo, cuando con ejército tan poderoso fuí miserablemente destrozado?


CORO.
¡Verdad! ¡Cómo no, cuando ha perecido por completo el poderío de la Persia!


JERJES.
¿Ves lo que me resta de todos mis arreos y pompa militar?


CORO.
¡Lo veo, lo veo!


JERJES.
Este carcaj ...


CORO.
¿Qué es lo que dices que has salvado?


JERJES.
El carcaj donde guardo mis flechas.


CORO.
¡Miserable resto de tesoros tan ricos!

JERJES.
Hemos perdido todos nuestros defensores.


CORO.
¡No huye del combate el pueblo jonio!


JERJES.
Es un valerosísimo pueblo. ¡No me esperaba yo la derrota que he presenciado!


CORO.
¡Dices, pues, que nuestra armada ha huído en derrota?


JERJES.
Al contemplar aquel desastre, rasgué mis vestiduras.


CORO.
¡Ay, ay de mí!


JERJES.
¡Ay! Es poco decir ¡ay! para tamaña desdicha.


CORO.
Sí, que son desdichas que doblan y triplican la desdicha más grande.


JERJES.
¡Tristísimas para nosotros; pero bien alegres para nuestros enemigos!


CORO.
¡Quedó abatida nuestra pujanza!


JERJES.
Vedme sin ninguno de los que me escoltaban.


CORO.
Amigos infelices, que han perecido en el mar.


JERJES.
Llora, llora nuestra pérdida, y vuélvete a tus hogares.


CORO.
Lloro, sí, y no me dejan hablar los sollozos.


JERJES.
Responde a mis clamores con tus clamores.


CORO.
Triste consuelo de sus desdichas para los desdichados.


JERJES.
Acompaña mi fúnebre canto con tus tristes acentos.


CORO.
¡Ay, ay! ¡Oh, dolor!


JERJES.
¡Desastre que nos abruma!


CORO.
¡Desastre del cual me duelo en el fondo de mi alma!


JERJES.
Hiere tu pecho, hiérele, y llora por mi causa.


CORO.
¡Ay, infortunio! ¡Ay, infortunio!


JERJES.
Responde a mis clamores con tus clamores.


CORO.
¡Oh, mi señor, no necesitas decírmelo!


JERJES.
Alza hasta el cielo tus sollozos.


CORO.
¡Ay, ay de mí! De nuevo acompañaré mis gemidos con tristes extremos de dolor.


JERJES.
Hiere tu pecho al lúgubre son del canto misio.


CORO.
¡Oh, desdichas, desdichas!


JERJES.
Mésate la blanca barba.


CORO.
Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza. ¡Oh, miserabilísima desventura!


JERJES.
Lanza agudos ayes.


CORO.
Así haré.


JERJES.
Desgarra tu ancha túnica con toda la fuerza de tus manos.


CORO.
¡Oh, desdichas, desdichas!


JERJES.
Mésate los cabellos y llora nuestra perdida armada.


CORO.
Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza. ¡Oh, miserabilísima desventura!


JERJES.
Báñense en lágrimas tus ojos.


CORO.
¡Sí que me deshago en lágrimas!


JERJES.
Responde a mis clamores con tus clamores.


CORO.
¡Ay, ay de mí!


JERJES.
Vuelve a tus hogares llorando nuestra ruina.


CORO.
¡Oh, patria mía de Persia; lanza un ay de dolor!


JERJES.
Sí; resuene en toda la ciudad.


CORO.
¡Ay, ay! Lloremos más todavía; lloremos más.


JERJES.
Caminad con tácitos y lentos pasos en señal de duelo, y gemid.


CORO.
¡Oh, patria mía de Persia; lanza un ay de dolor!


JERJES.
¡Ay, trirremes mías! ¡Ay, armada mía destrozada!


CORO.
Ya te seguiré con doloridos ayes.