Presentación de Omar CortésHistoria del visir Hureddin, de su hermano el visir Chamseddin y de Hassan BadreddinRelato del corredor nazarenoBiblioteca Virtual Antorcha

LAS MIL Y UNA NOCHES

XX


Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío






Entonces Schehrazada dijo al rey Schahriar:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas, y de cuando en cuando acostumbraba a salir con su mujer para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían paseado fuera de casa, al regresar a ella al anochecer, encontraron en el camino a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reír al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder a esta oferta como era debido, uniéndose a ellos, y llegaron juntos a la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con qué obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron a comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: ¡Por Alá! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si no, no te suelto.

Entonces el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar a este punto de su relato, vio Schehrazada, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso seguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces su hermana, la joven Doniazada, le dijo: ¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!

Y Schehrazada respondió: ¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando sigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?

Y el rey Schahriar dijo para sí: ¡Por Alá! No la mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.

Después el rey Schahriar acogió a Schehrazada entre sus brazos hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fue a la sala de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó a juzgar y a despachar asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquél, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día.

Terminado el diván, el rey volvió a sus aposentos y fue en busca de Schehrazada.

Cuando llegó la noche siguiente ...

Doniazada dijo a Schehrazada: ¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre y su mujer.

Y Schehrazada repuso: ¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.

Entonces el rey se apresuró a decir: Puedes contarla.

Y Schehrazada dijo: He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que cuando el sastre vio morir de aquella manera al jorobado, exclamó: ¡Sólo Alá el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido a morir precisamente entre nuestras manos!

Pero la mujer replicó: ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?

¡Oh alma mía! ¿Por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar?
¿Por qué te preocupas con aquello que te acarreará la pena y la zozobra?
¿No temes al fuego, puesto que vas a sentarte en él?
¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone a abrasarse?

Entonces su marido le dijo: No sé, en verdad, qué hacer.

Y la mujer respondió: Levántate, que entre los dos lo llevaremos tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: ¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando a un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?

Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa.

Y la mujer empezó a clamar: ¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la erupción?

Y al oírlos, decían los transeúntes: Son un padre y una madre que llevan a un niño enfermo de viruelas.

Y se apresuraban a alejarse.

Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico hasta que los llevaron a la de un médico judío.

Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vio a aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y a la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo: Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado a tu amo, rogándole que baje a ver al niño, porque está muy enfermo.

Volvió a subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar a su marido, y le dijo: Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos a escape.

Y el sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró a marcharse seguido por su mujer.

En cuanto a la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le dijo: Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie.

Y cuando el médico judío vio el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró a levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para bajar, y por esto tropezó con el jorobado, derribándole.

Muy asustado, al ver rodar a un hombre, le examinó en seguida, y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su muerte, y gritó entonces: ¡Oh Señor! ¡Oh Alá justiciero! Por las diez palabras santas!

Y siguió invocando a Harón, a Yuschah, hijo de Nun, y a los demás.

Y dijo: He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?

De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio a su habitación, donde lo mostró a su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: ¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos a llevarlo entre los dos a la azotea y desde allí lo echaremos a la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer.

Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron a la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se alejaron descendiendo a su casa tranquilamente.

Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó a su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró a un hijo de Adán de pie en un rincón, junto a la pared de la cocina. Y el intendente, sorprendidísimo, exclamó: ¿Qué es esto? ¡Por Alá! He aquí, que el ladrón que acostumbraba a robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Éste es el que me roba la carne y la manteca, a pesar de que las guardo cuidadosamente por temor a los gatos y a los perros. Bien inútil habría sido matar a todos los perros y gatos del barrio como pensé hacer, puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea.

Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca yéndose para el hombre, y le dio de garrotazos, y aunque le vio caer, le siguió apaleando. Pero como el hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: ¡Sólo Alá el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder!

Y después añadió: ¡Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así a este hombre. Y no sé qué hacer con él.

Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo: ¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!

Y como la noche se acababa, el intendente se echó a cuestas al jorobado, salió de su casa y anduvo cargado con él hasta que llegó a la entrada del zoco. Se paró entonces, colocó de pie al jorobado junto a una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fue.

Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó a pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam a bañarse. Su borrachera le incitaba a las cosas más curiosas, y se decía: ¡Vamos, que eres casi como el Mesías!

Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Pero de pronto vio al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada en la cabeza.

Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dio un golpe tan violento en la nuca que lo hizo caer al suelo. Y enseguida empezó a dar de gritos llamando al guarda del zoco.

Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretándole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco y vio al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y a punto de ahogarlo.

Y el guarda dijo: ¡Deja a ese hombre y levántate!

Y el cristiano se levantó.

Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba tendido en el suelo, lo examinó, y vio que estaba muerto. Y gritó entonces: ¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear a un musulmán y matarlo?

Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos a la espalda y le llevó a casa del walí. Y el nazareno, se lamentaba y decía: ¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar a ese hombre? ¡Y qué pronto ha muerto sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.

Llegados a casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que el walí se despertó por la mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referidos por el guarda del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar a muerte a aquel nazareno que había matado a un musulmán.

Y ordenó que el porta-alfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantaran la horca y llevaran a ella al sentenciado.

Entonces se acercó el porta-alfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba a tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto a la horca, dijo al porta-alfanje: ¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado a ese hombre!

Entonces el walí le preguntó: ¿Y por qué le mataste?

Y el intendente dijo: Vas a saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí a cuestas y lo traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio iba a ser causa de que matasen a este nazareno, después de haber sido yo quien mató a un musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!

Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al porta-alfanje: Ahora mismo ahorcarás a este hombre que acaba de confesar su delito.

Entonces el porta-alfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó junto al patíbulo y lo iba a levantar en el aire, cuando de pronto el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo a voces al porta-alfanje: ¡Aguarda! ¡El único culpable soy yo!

Y después contó así la cosa: Sepan todos que este hombre me vino a buscar para consultarme, a fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino a mí solamente.

Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el porta-alfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vio llegar al sastre, que, atropellando a todo el mundo, dijo: ¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba a mi casa al anochecer. En el camino encontré a este jorobado que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé a comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas y, cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca a este hombre y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos a casa del médico judío. Bajó a abrirnos un negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos a escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo, pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él.

Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: ¿No fue así?

El médico repuso: ¡Esa es la verdad!

Entonces, el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: ¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme a mí!

El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros.

Después mandó al porta-alfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable.

Entonces el porta-alfanje llevó al sastre junto a la horca, le echó la soga al cuello, y dijo: ¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!

Y agarró la cuerda. ¡He aquí todo, por el momento! En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche.

Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: ¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba a ser ahorcado! Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba a ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: ¡Yo soy el único que ha matado al jorobado! Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.

Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó a un chambelán y le dijo: Baja en seguida en busca del walí y ordénale que traiga a toda esa gente que está junto a la horca.

Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo precisamente cuando el verdugo iba a ejecutar al sastre. Y el chambelán gritó: ¡Detente!

Y enseguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado a oidos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.

Cuando el walí se presentó entre las manos del rey, se inclinó y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.

El sultán, al oír tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó a los escribas de palacio que escribieran esta historia con aguja de oro.

Y luego preguntó a todos los presentes: ¿Han oído alguna vez historia semejante a la del jorobado?

Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: ¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, porque es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado.

Y dijo el rey: ¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos.

Entonces, el corredor nazareno dijo:
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