Indice de Fantomas de Pierre Souvestre y Marcel Allain CAPITULO UNDËCIMO. Magistrado y policia CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO. El porvenir de ThereseBiblioteca Virtual Antorcha

Fantomas

Pierre Souvestre y Marcel Allain

CAPÍTULO DUODÉCIMO

Un puñetazo



La cena del personal del Royal-Palace estaba acabando.

En el gran comedor, especialmente destinado a la gente del servicio, la animación estaba en su punto culminante.

Uno de los mayordomos, instalándose en la mesa donde tenía derecho a sentarse, declaraba, riéndose:

- ¡Hay que ver cómo se ponen entre ellos los burgueses! ¡No! De verdad. ¡Nadie lo diría! Hace un momento, en el servicio de las ocho, oía hablar mientras tomaban el café al duque y a la duquesa de Vingelay. ¿Saben ustedes lo que decían sobre los robos de la casa?

- No; ¿qué? -preguntaron curiosamente.

- Pues bien: afirmaban que era una pamplina eso de que le habían robado el collar a la Van den Rosen. Y por lo que se refiere al robo de la princesa Danidoff -continuaba el primer mayordomo-, ¡ah!, bien, no se mordía la lengua para explicarIo: Ves tú (decía él a su mujer), esas grandes damas rusas no me inspiran la menor confianza ..., y después, esa historia del baño ... ¡Me imagino que se encontrará la explicación de ese robo buscando entre los amantes de la princesa!

En la mesa vecina, mesa de honor en cierto modo, se hablaba también del misterioso robo.

- Monsieur Henri Verbier -declaraba monsieur Muller a un empleado de unos cuarenta años-, va usted a llevarse una impresión bien mala de nuestra casa. Es una verdadera lástima que haya dejado la sucursal de El Cairo para venir aquí, justo en el momento en que una especie de descrédito se cierne sobre el Royal-Palace.

- ¡Bahl ... -dijo Verbier-, no crea que doy mucha importancia a esas cosas ... Piense que he visto historias análogas, y no me han sorprendido nada. Sin embargo, monsieur Muller, hay algo que me sorprende; es que no se haya llegado todavía a descubrir una pista.

Monsieur Louis alzó los hombros con gesto desolado.

- No será por falta de haber buscado.

- Aun cuando es muy fastidioso para todo el mundo -replicó Henri Verbier.

- ¡Oh!, tanto más cuanto que no se ha cometido ningún error. Además, el juez de instrucción lo ha reconocido hace ocho horas en el Palacio de Justicia ...

- ¿No sospecha de nadie?

- No, de nadie.

Pero eso hizo sonreír a monsieur Louis.

- Sí -dijo-, hay alguien de quien se sospecha, y no es otra sino su encantadora vecina, mademoiselle Jeanne ...

Henri Verbier se volvió hacia la cajera.

- ¡Cómo! -dijo-. ¿El juez de instrucción quiere mezclarle en este asunto?

- ¡Oh! Monsieur Louis lo dice para hacerme rabiar.

- ¿De verdad? ¿Por qué, entonces, el juez de instrucción le ha preguntado tanto?

- ¡Oh! Ya hemos discutido eso muchas veces, monsieur Verbier. Esta es la historia en dos palabras: el juez de instrucción estaba muy sorprendido de una doble coincidencia: la misma mañana en que se cometió el robo, yo había enviado a la princesa Sonia Danidoff la cartera donde se encontraban los ciento veinte mil francos desaparecidos, cartera que ella había confiado, algunos días antes y siguiendo su costumbre, a mi guarda ...

- Pero -replicó Henri Verbier- supongo que no es eso lo que asombró al juez de instrucción ...

- Sí -interrumpió Muller-, pero Jeanne no le cuenta toda la historia ... Figúrese que también la Van den Rosen, ¿sabe usted?, la judía a quien robaron el collar de brillantes, había ido, algunos minutos antes del robo, a pedir a mademoiselle Jeanne que le guardase esa joya ..., y mademoiselle Jeanne se negó a ello.

- Eso -dijo Verbier a la cajera- no es buena señal para usted, y comprendo que el juez de instrucción haya encontrado chocante la historia.

La cajera tiró de la manga a su vecino y declaró:

- ¡Son malos, eh! ... De la manera que le cuentan la cosa, monsieur Verbier, parece que yo me he negado efectivamente a guardar la joya de madame Van den Rosen para facilitar al ladrón su golpe de mano ..., lo cual quiere decIr que soy cómplice.

Monsieur Louis intervino:

- Pues yo le aseguro, mademoiselle Jeanne. que esa era la idea del juez de instrucción.

Sin preocuparse de la interrupción, la joven explicaba a Verbier:

- En realidad, las cosas ocurrieron así ...

- El reglamento quiere que yo esté a disposición de los clientes para aceptar los depósitos o devolverlos hasta las nueve de la noche solamente. Después, mi servicio ha terminado. Usted sabe que no se puede bromear cuando se ocupa un puesto como el mío. Por consiguiente, como el día del robo madame Rasen había llegado con el collar de brillantes a las nueve y media, yo estaba en mi perfecto derecho de no aceptar ese depósito ...

- Sí -replicó monsieur Muller-, sí, mi querida Jeanne, pero le ha faltado amabilidad.

- Evidentemente -respondió la joven-: pero, en fin, puesto que hay una regla, es preciso seguirla.

Apenas mademoiselle Jeanne había llegado al cuarto que ocupaba en el quinto piso del hotel, bajo el tejado: no había hecho más que abrir la ventana y apoyarse en la barandilla, cuando llamaron a la puerta.

- ¡Entre! -respondió la cajera, volviéndose.

Era monsieur Henri Verbier.

- Mi alcoba está junto a la suya -dijo-, y como la he visto pensativa en la ventana, he creído que usted no desdeñaría fumar un cigarrillo egipcio. He traído unos cuantos de El Cairo: es un tabaco muy suave, verdadero tabaco de señoras ...

- Es usted muy amable por haber pensado en mí: no tengo costumbre de fumar: pero, a veces, caigo en la tentación ...

- ¡Oh! -dijo Henri Verbier-. Si yo soy amable, usted tiene una manera muy sencilla de darme las gracias ...

- ¿Cuál es?

- Permítame quedarme algunos minutos con usted y fumar un cigarrillo a su lado ...

- Con mucho gusto; me gusta mucho estar por la noche un rato en la ventana antes de acostarme, para respirar el aire ... Usted me impedirá aburrirme y me dará detalles de El Cairo ...

Henri Verbier sonrió y, mirando significativamente a la joven, preguntó:

- ¿No encuentra usted, mademoiselle Jeanne, que las noches de verano como esta ..., cuando se mira, como nosotros lo hacemos, un bonito panorama, se siente uno melancólico?

- ¡No! ¿Qué quiere usted decir?

- ¡No lo sé! ... Yo, vea usted, mademoiselle Jeanne, soy desgraciadamente un sentimental y sufro mucho por vivir siempre solo, aislado, sin cariño ... Hay momentos en que parece verdaderamente que es necesario tener un amor ...

La cajera le miró irónica.

- Eso son tonterías -dijo ella-. El amor no es más que una estupidez; es preciso guardarse de él como de la peor torpeza.

Henri Verbier protestó suavemente:

- No, el amor no es una estupidez; al contrario, es el único medio que tenemos de lograr una felicidad absoluta, completa. El que ama es rico.

- De una riqueza que deja morir de hambre ...

- No. Mire: supóngase que nosotros estamos enamorados.

Y, como la joven cajera no respondiese, Henri Verbier le cogió la mano.

Pero la joven se desasió.

- ¡Déjeme! -exclamó ella-. Soy una muchacha honrada, monsieur Verbier ...

- ¡Ah! -respondió el vigilante-. ¿Cree usted que yo pienso lo contrario? ¿Cree, entonces, que en una hermosa noche como esta puede estar prohibido saborear el placer de un beso?

Y, uniendo la acción a la palabra, Henri Verbier se inclinó hacia la joven como para cogerla por el talle y besarla en la nuca.

La joven cajera se desasió otra vez.

- ¡No! -declaró con rudeza-. ¡No quiero ... eso! ... ¿Comprende usted?

El tono era breve, seco.

Mademoiselle Jeanne se rehízo al momento, cambiando la conversación para evitar lastimar demasiado al joven:

- Empieza a hacer frío. ¿No encuentra usted? ... Voy a echarme una toquilla por los hombros ...

Mademoiselle Jeanne se apartó de la ventana y se dirigió hacia el interior de la habitación, a la percha donde estaba colgada la prenda ...

Henri Verbier prosiguió:

- ¡Dios mío! ¡Qué mala es usted! Pero si tenía frío, mademoiselle Jeanne, hay un medio mucho mejor de calentarse que echarse una toquilla por los hombros ...

- ¿Y es? -interrogó mademoiselle Jeanne.

- Y es -respondió Henri Verbier, quien, tendiendo los brazos, se disponía a coger a la joven cajera al pasar-, es, sencillamente, apretarse uno contra otro ...

Iba tal vez a intentar unir el ejemplo al consejo ... Ya había cogido a mademoiselle Jeanne por el brazo, cuando esta, de repente, rápida como el rayo, escapó de su abrazo y, atacándole furiosamente, le dio en la sien un formidable puñetazo.

Lanzando un débil ¡ah! ahogado, Henri Verbier se desplomó en el suelo, privado de conocimiento ...

Mademoiselle Jeanne lo miró un instante como atontada ... Después, con una actividad sorprendente, la joven cajera se lanzó hacia la ventana y la cerró rápidamente.

Dos minutos después, mademoiselle Jeanne, muy sonriente, pasaba delante del portero de servicio y le daba las buenas noches.

- ¡Hasta luego! ¡Voy a tomar un poco el aire!

* * *

A duras penas, volviendo de un sueño extraordinario, no comprendiendo nada de lo que le había pasado, Henri Verbier, después de un corto desvanecimiento, volvió en si.

Lentamente se levantó y, examinando el cuarto, vio la ventana cerrada.

- ¡Nadie! -dijo con voz vacilante.

Entonces, como si el sonido de sus propias palabras le hubieran acabado de volverle a la realidad, Henri Verbier se levantó del todo y corrió a la puerta de la alcoba y sacudió rabiosamente la cerradura.

- ¡Encerrado! -dijo-. ¡Maldita sea! ... ¡Y ya puedo llamar! No hay nadie arriba ... ¡Heme aquí bloqueado!

Para pedir ayuda, corrió a la ventana: pero, al pasar ante el espejo que estaba encima de la chimenea, el vigilante vio en su sien una herida de donde comenzaba a manar un pequeño hilo de sangre.

Se aproximó y se miró asustado.

- ¡Todo un Juve -dijo- y me he dejado derribar por una mujer!

Y de repente, golpeando con el pie en el suelo, crispando los puños, rechinando los dientes, con una cólera repentina, Juve, pues Henri Verbier no era otro que el célebre policía Juve, hábilmente desfigurado, Juve gritó:

- ¡Por el nombre de Dios! ... Aquel puñetazo fue el puñetazo de un hombre.
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