Indice de Diálogos y conversaciones de Rafael Barrett CAPÍTULO DËCIMOCTAVO. El Padre Gonzalo CAPÍTULO VIGËSIMO. DecadenciaBiblioteca Virtual Antorcha

Diálogos y conversaciones

Rafael Barrett

CAPÍTULO DÉCIMONONO

Decadencia



Don Justo.
- ¿Hay noticias interesantes?

Don Tomás.
- Todo es interesante en extremo para el que tiene la vista clara. Ha aparecido una enfermedad nueva, y han ofrecido millón y medio de francos a Roosevelt por exhibirse a caballo en un circo.

Don Justo.
- ¿Y qué le parece?

Don Tomás.
- Dos signos más de la general decadencia. Pero sobraban. Mi diagnóstico estaba hecho.

Dón Angel.
- Donde usted ve decrepitud, yo veo renovación.

Don Tomás.
- El tiempo no pasa en vano. Nacer más tarde es nacer más viejo. Y se acabará por morir en el vient!re de la madre, a la moda de París.

Don Angel.
- Accidente. La misión de los siglos es rejuvenecer el mundo.

Don Tomás.
- Si usted se empeña seremos jóvenes. La juventud no es un coeficiente científico, y en este instante la desconozco. Jóvenes, pero enfermos. Tal vez sería preferible maduros y sanos. Enfermos, sí; y no imaginarios, se lo aseguro. La raza blanca está podrida de tuberculosis y de neurastenia. A medida que aumentan los recursos de la medicina y de la higiene, disminuye la longevidad, la resistencia orgánica. El deporte es ridículamente innocuo; la musculatura no es la salud, y entristece contemplar tanto atleta frágil. Nuestra carne degenera; no es aquella que aguantaba las pestes medievales, y las guerras de siglos. Éramos entonces inmundos; nos lavaban apenas el sudor y la lluvia, y los microbios hacían cuanto querían. Sin embargo, bajo tan sucia costra corría sangre mejor. Las defensas modernas son exteriores; nos conservamos a fuerza de antisépticos; no es nuestra propia sustancia la que lucha, sino la postiza. Nos quedamos calvos, se nos caen los dientes. Hacemos digerir nuestros alimentos en la farmacia. Nuestro cuerpo tiende a descomponerse como el de los difuntos, y nos embalsamamos en vida para no desaparecer. Examine los dos tipos elevados de cultura, el sajón y el latino, Norte América y Francia, y notará que la especie fatigada no se reproduce siquiera ...

Don Justo.
- En Francia, lo admito.

Don Tomás.
- Y en Norte América peor. Si la población yanqui crece aún es gracias a los inmigrantes bárbaros. En dos generaciones o tres, las mujeres de origen extranjero renuncian ya a parir. Están civilizadas. Respecto a las otras, a las matricias, es sabido que una dama de la quinta Avenida es tan estéril como la esposa de un financiero parisién.

Don Justo.
- ¡Esterilidad provocada, horrible es decirIo!

Don Tomás.
- ¡Bah! Usted, hombre de legajos, se figura que hay cosas naturales y cosas artificiales. No; ¡todo es natural! Todo, por lo menos para nuestra inteligencia, obedece a las mismas leyes. Ese sombrero de fieltro es un producto tan natural como la concha de un molusco. Aparte de que pronto las señoras bien llegarán a sus fines sin tomarse molestia alguna. Y el suicidio, que se va haciendo normal, corregirá los errores.

Don Angel.
- ¡Accidentes! ¡Detalles! Nuestra época es confusa; estamos en el desorden de un cambio de puestos. Se verifica el advenimiento de la masa popular, y nadie puede imaginarse lo que se engendrará por él.

Don Justo.
- Perdone usted. Me imagino perfectamente la invasión de Atila. Retrocederemos diez mil años.

Don Tomás.
- Lo grave es que no somos capaces de producir un Atila. Estamos en decadencia. Nos aguarda la horda sin jefes. Por ahora lo que se verifica es el advenimiento del vulgo. Traiga usted una revolución que nos suprima el vulgo, don Angel, y le proclamaré Mesías.

Don Justo.
- Ese director de circo, que, por cierto, será un excelente psicólogo de multitudes, cuenta ganar por lo menos medio millón. Total, dos millones por presentar a Roosevelt. ¿Y quién los pagará? Nuestro amo, el público, el número informe que teníamos antes, como debe estar, atado a la noria. Y cada uno de los que acudan a tan imbécil espectáculo opina, y vota y gobierna. Yo me estremezco.

Don Angel.
- Yo también; pero de entusiasmo.

Don Tomás.
- ¡Pensar que hemos enseñado al vulgo a leer! Así lograremos matar el arte, porque hoy no es una aristocracia rica y de buen gusto quien retribuye al artista, sino Don Cualquiera. Nuestro héroe literario es Sherlock Holmes. Después del fatal hallazgo de la imprenta, no era posible evitar la catástrofe.

Don Justo.
- ¡En qué día está usted! ¿Y los descubrimientos científicos son decadencia?

Don Tomás.
- Claro que sí. No son los hombres los que descubren; es el método. ¿Y qué es el método uniforme y único? El amaneramiento de la razón. No me sorprenderá que se invente una máquina de descubrir. Ya las hay de calcular, y nuestra ciencia es pura aritmética. Entonces al menos descansaríamos, que bastante falta nos hace.
Indice de Diálogos y conversaciones de Rafael Barrett CAPÍTULO DËCIMOCTAVO. El Padre Gonzalo CAPÍTULO VIGËSIMO. DecadenciaBiblioteca Virtual Antorcha