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Memorias de un socialista revolucionario ruso

Boris Savinkov

LIBRO SEGUNDO
CAPÍTULO SEGUNDO
LA ORGANIZACIÓN DE COMBATE
QUINTA PARTE


En mis frecuentes paseos por Kreschátik, en las horas en que Schpaizman y Schkólnik debían vigilar a Kleigels, les vi raramente en sus puestos, particularmente a Schpaizman. Cuando nos encontrábamos por la noche, en los jardines o en una taberna cualquiera, expresé más de una vez mi sorpresa. Ellos explicaban su ausencia por varios motivos, ora Schpaizman se sentía indispuesto, ora a Schkólnik le dolía la cabeza a causa del ruido callejero, etc., etc. Me parecía, sin embargo, que me ocultaban algo. Idéntica impresión tenía Zilberberg, que asistía a menudo a nuestras entrevistas. Era extraño que la vigilancia se prolongara hacía ya un mes y que los observadores que verificaban el servicio de un modo sistemático no hubieran visto a Kleigels, mientras que Zilberberg y yo, que observábamos de un modo casual, le habíamos ya visto. Esta conducta de Schkólnik no correspondía a la idea que me había formado de ella, como de una fanática de la revolución dispuesta al sacrificio en aras del terror. En una ocasión la cité sola a una entrevista y le expuse mi opinión. Le dije que era mejor abandonarlo todo que continuar de aquel modo. Cuando terminé vi lágrimas en sus ojos. Gesticulando, me dijo con su acento típico judío:

-Está bien ..., se lo diré a usted todo ..., pero, por Dios, que no lo sepa Aron.

- ¿De qué se trata?

- Aron no me lo permite.

- ¿Qué es lo que no le permite, vigilar?

Schkólnik se cubrió los ojos con las manos:

- No quiere que arroje la bomba ...

Para mí esto era inesperado: nunca hubiera sospechado que Schpnizman pudiese, por uno u otro motivo, oponerse al atentado.

- Pero si no es usted -le dije- quien debe arrojar la bomba, sino él. Usted estará en la reserva.

- Es igual. Tampoco quiere eso.

Yo tampoco lo quería; pero no había otra salida: el atentado tenían que realizarlo o Schkólnik o Zilberberg. Además, yo confiaba en que Kleigels sería muerto por la primera bomba; los artefactos habían sido fabricados por Zilberberg, y en Kreschatik había poco movimiento: nadie podía impedir que el bombista se acercara a 1& carroza.

- Y usted -le pregunté- ¿lo quiere?

Levantó hacia mí sus ojos llorosos.

- ¿Y me lo pregunta? ¿Cómo me lo puede preguntar?

Unos días después dije a Schpaizman:

- No os veo en la calle ... ¿Acaso no queréis vigilar?Schpaizman se inmutó.

- A decir verdad, no pienso en Kleigels.

- Pues ¿en quién piensa usted?

- En Trepov.

- Pero, vamos a ver: ya hablé con usted de que para el asunto Trepov es necesaria una gran organización, y, por el momento, no la tenemos, y de que además a usted, como judío, no le conviene actuar abiertamente en Petersburgo.

- Sí; pero, ¿qué representa Kleigels?

Le indiqué que él ya sabía de antemano que participaría en un atentado contra Kleigels y que no sólo se había mostrado conforme con ello, sino que lo pidió. Le dije también que, naturalmente, no podíamos obligarle, y que, si no quería actuar en Kiev, la organhación le devolvería inmediatamente la libertad de acción.

Schpaizman se inmutó todavía más.

- ¿Me propone usted que salga de la organización?

- No; lo único que no quiero es obligarle a usted.

Schpaizman vaciló un instante.

- Está bien. Me encargo de Kleigels.

Semejantes conversaciones comenzaron a despertar en mí dudas sobre el éxito de la empresa. Schkólnik me enteró de que Schpaizman seguía intentando convencerla de que no efectuara el servicio de observación y que las cosas habían llegado incluso hasta tal punto que le impedía a ella trabajar. Lo conté todo a Azev, con quien me vi a últimos de junio en Járkov.

- Pues bien; esto significa que de este atentado no saldrá nada -dijo después de reflexionar un momento-. Lo mejor será liquidar el asunto.

Le aconsejé esperar hasta el 15 de julio, día de San Vladimiro, y el 30, cumpleaños del heredero del trono. Tenia la esperanza de que en estos días Kleigels fuera a la catedral. Azev no se opuso a ello. Al regresar a Kiev, en la entrevista que tuve con Schkólnik y Schpaizman, les preguntó sin ambajes si deseaban participar en el atentado contra Kleigels el 15 o el 30 de julio.

Schpaizman dijo:

- Pero si no le hemos visto todavía.

Contesté que había tiempo suficiente, y que si observaban podrían verle. Entonces Schpaizman dijo:

- Yo preferiría Trepov.

Pero Schkólnik le interrumpió:

- Hemos decidido que sea Kleigels, y contra él realizaremos el atentado.

Vi que Schpaizman no actuaría contra Kleigels. Organizar el atentado únicamente con Schkólnik no lo quería. No tenia derecho a dar una bomba a Zilberberg, y aunQue lo hubiera tenido no lo hubiera hecho por no considerarlo conveniente, teniendo en cuenta la debilidad de la organización, sacrificar al militante de más valor en un asunto provincial.

El atentado contra Kleigels no tuvo lugar ni el 15 ni el 30 de julio. Schpaizman renunció al mismo, y nos separamos de él; también nos separamos de Schkólnik, a pesar de que nuestra convicción de su adhesión abnegada al terror no se había quebrantado en lo más mínimo. Al despedimos, Schpaizman dijo:

- ¿Y me daréis una bomba si os la pido?

- ¿Para qué la necesita usted?

- Acaso emprenda un asunto provincial.

Yo me sorprendí.

- Oiga, Aron, para usted Kleigels es demasiado insignificante; quiere por lo menos un Trepov. ¿Cómo se explica, pues, que se decida usted a emprender un asunto provincial?

- Yo no he dicho eso; lo único que quería saber es si me daríais una bomba.

Le respondí que no, que no tenía derecho a disponer de la dinamita fuera de los límites de la organización.

Sigo creyendo hasta hoy que a Schpaizman le era indiferente el atentado en que debía participar. Pienso asimismo que al renunciar al asunto de Kiev no lo hacía para conservar su vida: su disposición a sacrificarla no ofrecía la menor duda. Pero me parece al mismo tiempo que no podía conciliarse con la participación de Schkólnik en un acto terrorista, lo que no impidió que se conciliara con ella mucho más tarde, al abandonar nuestra organización.

En efecto, unos meSes después, en enero de 1906, en Chemigov se cometió un atentado contra el gobernador local, Jvostov. Posteriormente se supo que el atentado había sido organizado por Mania Schkólnik y Aron Schpaizman. La bomba de este último no hizo explosión; el gobernador resultó herido por la bomba de Schkólnik. El tribunal militar condenó a muerte a Schpaizman, quien fue ahorcado. Schkólnik fue condenada a veinte años de trabajos forzados. Así terminaron su carrera revolucionaria.

En las entrevistas que sostuvo conmigo Azev me puso al corriente de la marcha de su labor, que avanzaba lentamente. En el partido había pocos elementos aptos para la actuación combativa. Por el momento, Azev había encontrado a un militante ilegal del partido, ex portero de la imprenta clandestina de Irkutsk, llamado Petr Ivanov. Este vino a Moscú.

Ivanov era un joven de veintidós años, más bien bajo de estatura, muy tímido y poco locuaz. Se decidió que se marcharía a Petersburgo, donde se haría cochero.

Ivanov fue el primer cochero en el asunto renovado de Trepov, desde el otoño de 1905 hasta el de 1906.

También me comunicó A2ev que Anna Vasilievna Yakímova, ex miembro de La Libertad del Pueblo, que se había fugado de la deportación, deseaba participar en la Organización de Combate. A Zilberberg y a mi nos llamó a Nijai-Novgorod, donde tenía que ir Yakímova y donde, según él, había gente apropiada para el asunto Trepov. Zdberberg se fue a Odesa, y, después de comunicar a Irina y Rachel Lurie el fracaso de Kiev, se marchó a Nijni-Novgorod, adonde me dirigí también yo.

En dicha ciudad había tres candidatos para la Organización de Combate: el ex estudiante de la Universidad de Moscú Alexander Vasilievich Kalaschnikov y dos obreros de la fábrica de Sormova, recomendados por él: Ivan Vasilievich Dvoinikov y Fédor Alexandrovich Nazarov. A Kalaschnikov le conocíamos poco. Aleccionados por la experiencia de Kiev, no nos decidimos a tomarle a él y a sus compañeros de un modo inmediato para una empresa de tanta responsabilidad como el atentado contra Trepov. Les propusimos que primeramente intentaran matar al gobernador de Nijni-Novgorod, barón de Unterberger. Dvóinikov y Nazarov tenían que vender cigarrillos en la calle y Kalaschnlkov dirigiría el servicio de observación.

Azev se marchó, llamado por asuntos generales del partido. Me pidió que fuera a Penze, donde se hallaba bajo la vigilancia de la policía el ex estudiante de la Universidad de Moscú Boris Ustinovich Vriorovski, que nos había sido muy recomendado. Con Azev debía verme nuevamente en Nijni-Novgorod.

En Penze me costó no poco trabajo dar con Vnorovski. Fuí a verle a su domicilio y me encontré ante un joven muy guapo, de anchas espaldas, pelo negro y espeso y ojos claros y pensativos. Llevaba una camisa de indiana y botas altas. Al verme no mostró sorpresa alguna, como si ya me esperara desde hacía tiempo.

- Me han dicho -le dije- que quiere usted actuar en la Organización de Combate. ¿Es verdad?

-Si.

- ¿Se le puede preguntar a usted por qué?

El estudiante me dió una respuesta que me sorprendió por su sencillez:

- Soy socialista revolucionario, admito el terror y, por consiguiente, debo participar en él.

Hablaba poco, contestando únicamente a las preguntas que le hacía. En su exterior había mucho de común con Schvéizer y Zilberberg: estatura más bien baja, anchas espaldas, pelo negro y ojos claros; como ellos, era taciturno y reservado.

Le dije que la actuación terrorista consistía, no sólo en salir a la calle con una bomba en las manos, que era una labor mucho más minuciosa, aburrida y difícil de lo que la gente se imaginaba, que el terrorista tenía que vivir durante meses haciendo la vida de la gente de más baja categoría, casi sin verse con los compañeros y dedicándose a un trabajo difícil y antipático: vigilar sistemáticamente. Vnorvvski me escuchó sin proferir Una sola palabra. Después dijo:

- Lo sé y cumpliré mi cometido.

Yo le pregunté de nuevo:

- ¿Puede usted ser cochero?

- Naturalmente -me contestó con sencillez.

Me pareció tranquilo, fuerte y valiente. Con él adquirimos un militante de primera fila.

Decidí con él que se fuera a Petersburgo, donde se haría cochero. Le dije que estábamos preparando un atentado contra Trepov.

Permanecí tres días en Penze, con la esperanza de ver a unos campesinos que habían ofrecido sus servicios a la Organización de Combate. Por dúsgracia, no couseguí verlos, pues habían sido detenidos por el asunto de su Comité.

Regresé a Nijni. Kalaschnikov me comunicó que el barón de Unterberger, por miedo, sin duda a un atentado, casi no se dejaba ver en la calle, y que Dvoinikov y Nazarov le vigilaban, pero sin resultado. Me quedé en Nijni para esperar a Azev. Me acompañaba Zilberberg.

Este último estaba muy disgustado por el fracaso de Kiev. Propuso su participación directa en el atentado contra Kleigels, y nuestra negativa le causó un gran disgUsto. Las vacilaciones de Schpizman, que consideraba como un crimen, le produjeron una impresión muy dolorosa.

Zilberberg era acaso uno de los hombres más necesarios para la organización.

Era él quien realizaba todo el trabajo práctico, menos atractivo, pero más necesario: los viajes, las relaciones con los compañeros, la oficina de pasaportes, el suministro de dinamita, etc., etc. No se lamentaba nunca y silenciosa y puntualmente cumplía los encargos. Modesto y formal, realizaba toda clase de trabajos; fue químico, cochero, organizador. Ignoro cuáles fueran sus opiniones. Casi nunca hablaba de ellas, del mismo modo que no le gustaba aludir a las cuestiones de teoría. En Kiev y en Nijni le conoci de cerca y me persuadí de que no nos habíamos engañado: era un digno heredero de Kaliáev, Pokotílov, Sazónov y Schvéizer. Se decidió que en el asunto Trepov participaría también como cochero.

Por lo tanto, si bien durante el verano no pudimos realizar la primera parte de la tarea que nos habíamos fijado, matar a Kleigels, la segunda y la más importante estaba cumplida. Podíamos decir sin vacilar que la organización estaba reconstituida, que había en ella los cuadros necesarios de elementos probados y disciplinados con los cuales era posible emprender un asunto tan dificil y complejo como el de Trepov.

Con no menos seguridad podíamos afirmar que en la organización no había elementos que con sus vacilaciones pudieran quebrantarla. A fines de verano la organización estaba definitivamente formada: además de Azev y do mí, contábamos con seis personas para el servicio de observación: Zilberberg, Ivanov, Vnorovski, KIluschnikov y Nazárov, de los cuales Zilberberg y los tres últimos demostraron en la práctica su abnegación en la obra del terror. El grupo químico era también suficientemonte numeroso y experimentado. Dora Briliant, Ksenia Zilberberg y Rachel Lurie. Renacía en nosotros la confianza en el éxito.

Esta confianza era prematura.

Yakímova vió a Tatarov en Minsk y le comunicó, en su calidad de miembro del Comité Central, que iba a Nijni con el fin de entrevistarse conmigo y con Azev. Tatarov se aprovechó de esta información casual para delatarnos a la policía.
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