Índice de Lecciones de historia patria de Guillermo PrietoTERCERA PARTE - Lección XVIIITERCERA PARTE - Lección XXBiblioteca Virtual Antorcha

LECCIONES DE HISTORIA PATRIA

Guillermo Prieto

TERCERA PARTE

Lección XIX

Rápida ojeada al gobierno colonial y condiciones económicas y sociológicas en que se encontraba la Nueva España.


Interrumpimos nuestra relación de los gobiernos de los Virreyes, por parecemos conveniente, para la mejor inteligencia de la historia, dar idea del estado que guardaba la Nueva España en los últimos días del pasado del siglo, así como de los preliminares del movimiento que determinó la independencia, y comienza propiamente en la época del Virrey Iturrigaray.

Nos parece indispensable advertir que lo que sigue es en gran parte, con ligerísimas excepciones, extracto de don J.M.L. Mora tanto porque hemos creído que tuvo a la vista datos fehacientes, como por su completa imparcialidad.

El señor Alamán estudió profundamente esta misma época colonial; pero partiendo del principio de que fue inmatura la independencia, y por lo mismo funesta al país, calla cuanto pudiera conducir el criterio a censurar el mal gobierno de la España, llegando al punto de extraviar, si no por mala fe, sí por pasión, el juicio de los que desean imponerse de la verdad histórica.

La bula de Alejandro VI que concedió el dominio de América a los Reyes Católicos y sus descendientes, los hizo creer en una propiedad absoluta respecto de las tierras, cediéndolas condicionalmente; y respecto a empleados y aun a sacerdotes, amovibles a voluntad de los monarcas. El pueblo no tenía representación alguria en el orden político.

Los Virreyes eran la representación, aunque con autoridad delegada, de ese despotismo concedido a la corona por la suprema autoridad espiritual.

La riqueza, el aparato, las consideraciones acordadas a los Virreyes, estaban en armonía con aquella representación.

Los Reinos y provincias se dividían en partidos sujetos a alcaldes mayores, y los pueblos a un teniente de justicia.

Los jefes de provincias se llamaban gobernadores, y la autoridad de las capitales era el corregidor.

Los pueblos de alguna importancia tenían su Ayuntamiento y sus fondos municipales.

Los pueblos que tenían Ayuntamiento se llamaban villa o ciudad.

Los ayuntamientos se componían de alcaldes, regidores y síndicos.

Las secciones que se conocían con los nombres de Reinos o provincias, eran las siguientes:

1° Reino de México.
2° Nueva Galicia (Guadalajara).
3° Nuevo León.
4° Nuevo Santander (Tampico).
5° Texas.
6° Coahuila.
7° Nueva Vizcaya (Durango).
8° Sonora y Sinaloa.
9° Nuevo México.
10° Alta y Baja California.

Estos Reinos o provincias estaban divididos, al establecerse las intendencias, en cuarenta y dos partidos o alcaldías mayores.

La división territorial correspondía a esta pésima organización, hasta la monarquía de Carlos III, en que el ilustre Gálvez consultó las intendencias, que no pudieron establecerse, aunque muy imperfectamente, sino hasta fines del siglo, esterilizándose del todo los beneficios que debieron haber producido; las intendencias eran doce y se llamaban:

México.
Puebla.
Guadalajara.
Oaxaca.
Guanajuato.
Mérida.
Valladolid.
San Luis.
Durango.
Veracruz.
Zacatecas.
Sonora.

Los intendentes eran por lo comun los jefes de provincias, con facultades en lo económico, en lo judicial y administrativo. Sobre la división expuesta está calcada la Federación.

Los magistrados de provincias se llamaban subdelegados, con las mismas facultades en pequeño que los intendentes.

La plantación de las intendencias con su ordenanza que contiene bien meditadas reglas de gobierno, descentralizó el poder, comunicándoles libertades, vida propia y cierta autonomía que debió desarrollar y robustecer a los pueblos.

Pero si bien es cierto que las naciones no se hacen adrede ni como a torno, también lo es que una reforma tan trascendental pudo haber corregido vicios de organización que serán y han sido funestos para todo buen gobierno.

La concesión de grandes extensiones de territorio a pocos particulares haciéndolos dueños de inmensos terrenos, algunos de ellos con límites arbitrarios; la desigualdad de población culta, relativamente hablando,' en el centro y en las fronteras despobladas, casi salvajes; lo exiguo de recursos en unos puntos y en otros lo abundante, y hasta las condiciones económicas por la falta de comunicación y por la de aguas; la generalidad de productos, base de la alimentación, falta de caminos, etcetéra, todo hacía anárquica la nueva organización a pesar de que tenía formas centrales; muchas localidades quedaron sin recurso, y hay datos para probar que alguna intendencia no se comunicaba con el centro, porque le faltaron recursos para comprar papel, tinta y costear el correo.

Las audiencias eran los cuerpos encargados de la administración de justicia. Estudiadas con algún detenimiento, se ve el designio de que tuvieran también cierta injerencia en el orden político, interponiéndose entre el Virrey y el pueblo y asesorando a los Reyes mismos en lo relativo a las colonias.

La administración encomendada a las audiencias la ejercían por secciones o salas más o menos numerosas, según la importancia de la población y los negocios.

En Nueva España había dos audiencias, una en México y otra en Guadalajara; en la Audiencia de México había dos salas, una para los negocios civiles y otra para los criminales; en Guadalajara tres, dos para los primeros y una para los segundos.

Los oidores eran personas de la más alta importancia, con pingües emolumentos, honores y facultades particulares.

Los consulados, formados de los más ricos e influyentes españoles, llegaron a adquirir colosal poder; hasta el punto de tener como en tutela a los Virreyes y decidir de los negocios más delicados del gobierno.

Sus representaciones a la corte casi siempre eran obsequiadas, teniendo en asuntos de gobierno por objeto la depresión y abatimiento de los mexicanos.

Aunque los consulados, por el carácter privativo que tenían y las personas que los formaban, produjeron grandes males, no puede negarse que hicieron muchos bienes y dejaron memorias plausibles en el desagüe, edificios principales para la administración de rentas y moralización de éstas cuando estuvieron a su cargo.

El desdén y pugna de los consulados y los Virreyes y autoridades, la usurpación de los poderes públicos, el carácter de soberbia población netamente española, para sobreponerse a todo en odio de México, explicado de un modo feroz en la primera época de la revolución, hicieron que el pueblo abominase a los consulados.

El tribunal de la Acordada fue establecido para la persecución de salteadores y ladrones, que antes de él invadían y hacían inquieta la vida de México.

Establecióse la Acordada a principio del siglo pasado, independiente del Virrey, y se componía de un juez y asesores letrados que fallaban y ejecutaban de un modo irresponsable las sentencias.

Tenía este tribunal a sus órdenes comisarios que cruzaban todos los caminos y a quienes las autoridades, sin excepción, prestaban completa obediencia y todo género de auxilios. Ya se deja entender el abuso a que se prestaba poder semejante; de ahí es que después de fungir algunos años, se restringieron sus facultades' y se extinguió al fin, dejando odiosos recuerdos.

El tribunal de Minería tenía a su cargo promover los conocimientos útiles, introducir los métodos que mejorasen el laborío de las minas denunciadas, y fallaba sobre los derechos de propiedad que los interesados pretendían deducir sobre ellos, porque si es cierto que logró la seguridad de los caminos, también lo es que cometía frecuentemente horribles asesinatos.

Este tribunal adolecía de todos los vicios de los tribunales privativos, de todos los instrumentos restrictivos, formando una sociedad como la de los consulados contrapuestos a los intereses generales, que sólo se protegen con la libertad. Acabó por constituirse en poder y declarar patrimonio suyo parte de la contribución de minería.


Gobierno de los indios

La inestimable obra del señor Mora, que en gran parte hemos seguido consagra un artículo especial a los indios, que por su importancia extractamos más minuciosamente que los otros capítulos.

Colón en 1499 distribuyó entre sus compañeros las tierras descubiertas, declarando afectos a ellas a los que las habitaban, conforme el sistema feudal entonces en privanza.

Tal disposición fue reprobada en la corte, y se les mandó poner en libertad. Este beneficio fue de corta duración, y volvieron los indios a la servidumbre, sin más ventaja que se les diera parte de lo que ganasen por su trabajo. El salario debía fijarlo el gobierno, y tal medida la aprobaron los Reyes Católicos.

Los frailes dominicos, con laudable entusiasmo, tomaron a su cargo los intereses de los indios y negaron la absolución a los que los esclavizaban.

El licenciado Bartolomé de las Casas, que se hizo después fraile dominico, emprendió entusiasta la defensa de los indios, constituyéndose en su providencia y amparo. Sus viajes, su elocuencia, su constancia, lograron alcanzar del cardenal Jiménez que enviara comisionados a imponerse de la suerte de los indios para poner remedio.

Tres frailes jerónimos fueron los designados para la comisión, y éstos provocaron la relajación de las encomiendas sólo para los españoles no radicados en las colonias, resultado contemporizador e indigno de la alta misión que tenían que desempeñar los tales frailes.

Casas, infatigable, desconocía lo hecho primero, y obtuvo la destitución de los frailes e influyó en el nombramiento de Figueroa, quien para cerciorarse de lo hecho, mandó que se reuniesen los indios de dos grandes aldeas y que se les dejase árbitros de sus acciones. La experiencia, festinada y mal dispuesta, no fue favorable, y de aquí se tomó fundamento para declarar incapaces a los indios y restituirlos a la servidumbre.

La indignación fue universal, y las protestas contra lo determinado fueron tan enérgicas, que Carlos V mismo tuvo que ceder a las cortes de Castilla que pidieron en 1525 se anulase lo hecho, prohibiendo en su consecuencia a Cortés hiciese tales repartimientos y ordenándole que si se hubiesen hecho algunos se anulasen. Pero estas órdenes llegaron tarde a México, donde se habían hecho los repartimientos como en las otras colonias, y la conveniencia las dejó sin ejecución.

Profesábase por aquellos tiempos y en todos los dominios españoles el axioma de que sin la ignorancia, la sujeción de los indios y su esclavitud, no sólo no se sacaría fruto alguno de la Conquista, sino que ésta se perdería, perjudicando entretanto a la península.

Las instancias por la libertad de los indios y tales creencias, produjeron en 1556 un partido medio que consistía en conceder por sólo dos generaciones la encomienda; pero como las concesiones se renovaban, se hacía indefinida la esclavitud de los indios.

Descontento el venerable Las Casas con semejante estado de cosas, nada omitió por destruirlo; dice el señor Mora: agitó, persuadió, maniobró, y por último, apeló al Universo entero, denunciándole los excesos cometidos por su nación, pero todo sin fruto.

Carlos V, en 1524, ordenó que las encomiendas que vacasen ingresaran a la corona, pero sin éxito de ninguna especie.

Establecido sólidamente en 1549 el gobierno español, se libertó a los indios de algunos trabajos personales gravosos; la ley arregló el tributo que debían pagar los encomenderos; les prohibió residir en sus señoríos, intervenir en sus matrimonios, tener tierras que exigiesen sus servicios, comisionando un empleado independiente del soberano para percibir sus tributos.

Los indios fueron o vasallos inmediatos de la corona o del encomendero, por la tierra en que vivían. La nueva legislación los libraba de ser bestias de carga; pero les dejaba los trabajos forzados en los edificios públicos y obras que se calificaban de utilidad general, y en las minas. Para el laborío de éstas se mejoró la suerte del indio, pues se redujo el trabajo forzoso a un 4 por ciento de los trabajadores, durando en el trabajo un tiempo muy corto.

A gran parte de los indios avecindados en las grandes ciudades se les eximió del tributo, pero se les impuso la obligación de reunirse en poblaciones, levantar un templo, y costear la mitad de los gastos del culto que debía instruirlos en los principios de la religión.

Tenían también obligación de establecerse en la ciudad principal en que estaba la encomienda, y tener armas y caballos en competente número para acudir a su defensa.

Estas disposiciones estuvieron vigentes hasta 1608.

Siguieron en el siglo XVIII conquistándose mayores franquicias para los indios, las que favorecía la ley con declarar del erario la tercera parte de las rentas de las encomiendas, hasta que en 1720 quedaron totalmente suprimidas, sin otra excepción que las acordadas perpetuamente a los descendientes de Cortés.

El señor Mora disculpa, con una imparcialidad que le honra, al gobierno español, por la conducta seguida en la cuestión de encomiendas; pero por justas que sean las razones que alega, ellas no disminuyen la trascendencia social de los hechos que trajo consigo la esclavitud, ni de las condiciones sociológicas en que el país se encontraba al verificarse la independencia.

Los indios, emancipados de sus señores, cayeron de lleno bajo el dominio eclesiástico, que cuidaba de su aislamiento, embrutecimiento y fanatismo, reduciendo su tarea a hacerlos cristianos a su modo, sin cuidarse de hacerlos hombres, como dice Mora.

En su ausencia de ideas, el ceremonial católico los hizo cambiar de formas para sus creencias.

Millares de indios fueron bautizados sin que supiesen qué quería decir tal ceremonia, y fueron degradados en lo civil; sin que de ello se apercibiesen.

Los indios que no moraban en las ciudades fueron congregados en pueblos, de donde no les era permitido salir, y cuya economía interior estaba al cargo de un indio nombrado gobernador.

No había propiedad; las tierras se debían cultivar en común para atender a las necesidades públicas.

La ley tenía determinado que en cualquier lugar, aunque fuese de propiedad particular, que ocupase determinado número de familias y se construyese una capilla, se formase un pueblo, desposeyendo, en consecuencia, al propietario, Éste vio con terror las inmigraciones cerca de su propiedad, acogiendo sólo corto número de familias que esclavizó, y formando por una parte cierta categoría entre los peones acasillados, como se llaman hoy, y los libres; y por otra, odios entre colonos y propietarios, divorciando, con todas sus funestas consecuencias, al capital y al trabajo.

Como consecuencia de la libertad otorgada a los indios, fue su admisión, en la clase de ciudadanos y la necesidad de que contribuyeran a los gastos públicos; pero como se trataba de clases improductivas, se estableció una contribución moderada a los varones, desde los dieciocho hasta los cincuenta años, encargando la recaudación primero a los alcaldes mayores o corregidores, y después a los subdelegados.

Los alcaldes mayores, que precedieron a los intendentes, tenían facultades de Hacienda, Justicia, Guerra y Policía, bajo la inspección del Virrey y los tribunales. Aunque la ley les prohibía hacer ningún género de comercio, jamás la acataron explotando escandalosamente a los indios que estaban bajo su jurisdicción. Como su encargo sólo debía durar cinco años, en el primero vendían al crédito cuanto podían, reservándose cuatro para cobrar, con el ejercicio de crueles vejaciones.

La corte de Madrid conocía esos abusos, pero creía vinculada con ellos una dominación que temía rebajar y perder.

No obstante, para apaliar tal situación, se nombraron protectores o abogados de los indios; procedióse a la creación de colegios para su instrucción y curación de sus enfermedades.

Los privilegios o protección que a los indios se dispensaba de parte de los Reyes con la más noble intención, consistían en Considerarlos como menores en sus tratos, en facilitarles el matrimonio por medio de dispensas en que pagasen a la Iglesia la mitad de las obvenciones parroquiales, en libertarlos de ayunos, de penitencias, dejándolos trabajar muchos de los días que eran para otros festivos, y en la concesión de tierras para fundos de los pueblos que debían trabajarse en común desposeyendo al propietario.

Estos, que se llamaron beneficios, refluyeron en contra de los indios, porque principalmente la consideración de menores los inhabilitaba para toda clase de contratos, excluyéndolos del trato social.

Lo mismo puede decirse sobre la facultad del trabajo en los días festivos, puesto que se les obligaba entonces a trabajar en provecho ajeno.

He ahí -dice el señor Mora, después de referirse a lo anterior- un extracto de los reglamentos posteriores, encontrándose y convirtiéndose en parciales los juicios, según se atenían los críticos a las leyes o a su práctica.

Los indios -termina el señor Mora- padecieron sin interrupción por la codicia de los particulares y por las exacciones de los magistrados, destinados a protegerlos. Se les imponían cargos excesivos; se les prolongaba la duración de sus trabajos y gemían bajo la opresión, patrimonio ordinario de un pueblo que vive en la dependencia de otro muy distante.


Propiedad territorial, fundación de poblaciones

El soberano se consideraba dueño absoluto de todos los terrenos de México; sin su concesión, ninguna propiedad era legal. El Rey hizo que se distribuyeran los terrenos entre los conquistadores favoritos de la corte y familias o naciones de indios que se habían aliado a los españoles para la consecución de la Conquista. A un a soldadO de infantería o peón se le concedían 600 varas para levantar su casa y 2000 para jardín, 15 086 para huerto, 188 536 para cultivo de los granos de Europa, y 18 856 para maíz; tenía el terreno necesario, además para mantener diez puercos, veinte cabras, cien ovejas, veinte toros y vacas y cinco caballos. Doble concesión se hacía a los soldados de caballería, y quíntuple a los demás.

Ordenóse todo lo conveniente para que el establecimiento de nuevas poblaciones fuese en terrenos fértiles y salubres. Admitíase un empresario que llevase al cabo la obra y se hacían con él estipulaciones libres en parte, y en parte fijadas por la ley, como de levantar un templo, proveerlo de un ministro, dotar el culto, etcétera, exigiéndose lo menos treinta habitantes españoles, de los cuales cada uno tuviese diez vacas, cuatro bueyes, un jumento, una puerca, veinte ovejas, un gallo y seis gallinas. Perfeccionadas las condiciones estipuladas, se acordaba al empresario la jurisdicción civil y criminal por dos generaciones, el nombramiento de los funcionarios municipales y cuatro leguas cuadradas de terreno.

El sitio de la ciudad, los ejidos y el empresario absorbían el principal terreno. En cuanto a adquisiciones, se dictaron otras providencias sabias y oportunas para reprimir la codicia de los conquistadores; pero en 1591 Felipe III anuló todas estas leyes, mandando que se presentasen los títulos legítimos de la propiedad, ordenando se hiciesen composiciones (diesen dinero los propietarios) por la revisión de los papeles que no se encontrasen en regla.

Nada bastó para contener la rapiña de los primeros poseedores; se hicieron dueños de terrenos inmensos; los convirtieron después, contra toda ley, en mayorazgos, y así se estancó la propiedad territorial en pocas y muchas veces infecundas manos.

Además, como era natural, el valor de las tierras se calculaba por el número de indios que les estaban afectas, pasando éstos, como bienes muebles, de unas a otras manos, con las aberraciones consiguientes.

El clero, por su parte, trabajaba y conseguía sin esfuerzo que pasase a manos muertas la propiedad territorial. La ley de Indias prohibió semejante transmisión, pero la codicia disfrazada con la piedad cristiana hizo que quedase como letra muerta la ley. No obstante, las adquisiciones fueron tan escandalosas, que Carlos III prohibió que se hiciesen legados en favor de la comunidad a que pertenecía el confesor del enfermo. Las cofradías eran dueñas de todos los terrenos de los indios, o los tenían afectos de alguna manera, de suerte que para aquéllos, desconocido casi del todo el capital, no fuera sino una tarea maquinal y penosa el trabajo.

El pago del diezmo caía con su enorme peso sobre la agricultura en las Américas desde 1501, aun respecto de las producciones exceptuadas. Las funciones religiosas eran otro elemento esterilizador y que contribuía no poco a la miseria y esclavización del indio.

Los extranjeros tenían la más completa interdicción de penetrar en estos países, quitándoles todos los beneficios de la sociabilidad.


Comercio

La mira dominante de la política española era, como se ha visto, afianzar la posesión de la colonia y explotarla; para esto se hacía indispensable, o mejor dicho, eran consecuencia de esas máximas, la ignorancia, la prohibición de productos y de industrias similares, la incomunicación con el extranjero y las precauciones en todos los ramos, y esencialmente en el comercio para no desvirtuar aquellos principios.

El tráfico se hacía entre españoles, habitantes de la Península y españoles de México, encargándose primero la Casa de Contratación de Sevilla y luego la de Cádiz de la remisión y arreglo de lo que debía enviarse para la provisión de las colonias, y si algunas necesidades se manifestaban que no pudiera satisfacer la metrópoli, el comercio se hacía de puertos europeos a los de España, y éstos y sólo éstos se comunicaban con México.

El comercio extranjero llegó a prohibirse hasta con la pena capital.

Más cautos los comerciantes, limitaron sus pedidos, y los remitentes escatimaron sus envíos. A mediados del siglo XVII, en que llegó a su más alto grado de esplendor el comercio, las flotas y galeones apenas importaron 27 500 toneladas, de las cuales no llegaban a 6 000 las destinadas a México.

Tres o cuatro casas eran las únicas que tenían noticia de la llegada de la flota, que tomaban por su cuenta, imponiendo a los efectos los precios exorbitantes que les dictaba el monopolio. El monopolio hizo sentir sus ruinosos efectos en España, llegándose al extremo de proponer se juzgase a los contrabandistas por la Inquisición, por el contacto que tenían con los herejes extranjeros.

Ninguno de los proyectos propuestos se llevó a cabo, resultand de todo la decadencia y ruina del comercio de España; y que esta potencia, dice el señor Mora, con posesiones más vastas y opulentas que el resto de las naciones de Europa, viniese por fin a quedar sin fuerza, sin numerario ni industria.

El terrible sacudimiento que tuvo la Península con motivo de la guerra de sucesión, fue la regeneración de España. Las diferentes potencias que favorecían ya a la Casa de Austria, ya a la de Borbón, hicieron afluir a la Península ejércitos, escuadras y caudales que revivieron su tráfico, despertaron su patriotismo y pusieron, terminada la guerra, hombres aptos y patriotas al frente del gobierno de los Borbones.

España se relacionó pacífica y amigablemente con Inglaterra y con Holanda, que habían firmado el contrato de paz de Utrech, y ésta acordó a la Reina Ana el derecho exclusivo de introducir esclavos a las colonias españolas con el nombre de asiento de negros, y de mandar anualmente un buque a Portobelo, cargado con efectos de Europa.

Los agentes ingleses no perdieron resquicio para averiguar cuáles serían los medios para extender su comercio, estudiando la necesidad de los pueblos.

El asiento de negros puso en contacto a los comerciantes ingleses de Jamaica con los españoles residentes en las colonias. Los de la compañía destinada a Portobelo, también trabajaban por la libertad del tráfico, y todos estos elementos reunidos, corrompían la vigilancia de los resguardos con satisfacción de los consumidores.

El comercio pasó de mano de los monopolistas al de contrabandistas extranjeros. Los efectos de ilícito comercio se apreciaron más que los introducidos legalmente, y de aquí la ruina de las flotas, que llegaron a limitar sus importaciones hasta 2 000 toneladas para todas las colonias, de las que se calculaba que consumía México la mayor parte.

La España se obstinó en su sistema prohibitivo, aumentó sus resguardos, puso guardacostas, cogió presas, reclamó la Inglaterra, no se le dio satisfacción, y quedó abolido el asiento de negros.

Recurrióse sin efecto al envío de convoyes escoltados, y por último se establecieron, relajando las antiguas prohibiciones, los barcos de registro, cuyo objeto era proveer, bajo la vigilancia debida, los puntos de América que se creían más necesitados.

Entretanto, la compañía de Guipuzcoa, establecida por Felipe V en 1728, obtuvo el privilegio de comerciar en Caracas, por la Guayra, con la condición de perseguir el contrabando; los comerciantes de Canarias obtuvieron igual privilegio, y por último a Veracruz Se le concedió la facultad de comerciar libremente con las compañías privilegiadas.

Las flotas generales se suprimieron en 1748 pero los beneficios de la supresión se fustraron en parte, por haber subsistido la expedición y arribo de los buques del puerto de Cádiz.

El influjo de las ideas liberales en el siglo XVIII se hizo sentir en España, y pusieron de manifiesto a sus monarcas que la restricción de que las Américas se comunicasen con el mundo por un solo puerto, era absurda.

Inspirado en esas benéficas ideas el gran Carlos III, estableció en 1764 los correos marítimos, para la comunicación periódica de la Coruña, La Habana, México y Portobelo, concediéndoles media carga para el comercio.

En 1765 fue la concesión para la habilitación de puertos, con abolición de derechos de exportación, que eran el 6 por ciento.

Aboliéronse en seguida los derechos al agente de La Habana, y se acordó en 1774 la exportación del palo de Campeche. Por último, después de franquicias importantes concedidas a la exportadón se expidió el famoso reglamento llamado de comercio libre en 1778, principio de otras libertades benéficas al comercio. Los progresos obtenidos, en virtud de las disposiciones en favor de la libertad, dictadas en todo el gobierno de Carlos III, fueron tan rápidos, que cuando en 1778 la exportación de mercancías era de 3 745 292 pesos, dejando de derechos 18 858, en 1784 la exportación fue de 81 520 490, y la de sólo el puerto de Cádiz en 1792 ascendió a 15 millones de pesos.

Una de las disposiciones más benéficas de Carlos III fue alzar en 1774 la prohibición de comerciar las Américas entre sí, procurando relaciones, de las que quedan gratos recuerdos.

Hablemos ahora del comercio del Asia, que se hacía por el puerto de Acapulco.

Felipe II, al principio de su reinado, formó el proyecto de establecer una colonia en las islas Filipinas que llevaban su nombre, mandando con ese objeto una expedición que eligió a Manila por capital en la isla de Luzón.

Establecióse comercio con la China; la colonia abundaba en productos y manufacturas del oriente, y se fomentó una navegación de cabotaje, la más extensa del globo.

Las primeras relaciones se establecieron con Lima y el Perú, y después con México, por el Callao de Lima y Acapulco.

Un oficial de la marina real envió a México un buque con 1 500 toneladas con especiería, drogas, sedería y obras primorosas de filigrana. Este fue el origen del establecimiento del galeón o nao de China, que cargó hasta 1808 por valor de dos millones de pesos, no obstante que sólo le estaban permitidos 500 000 pesos.

Casas poderosas de México monopolizaron ese comercio. La exportación consistía en vino, cacao y efectos de Europa; pero la afluencia de pasajeros era grande y daban vuelo a este comercio los adelantos que hacía la religión por medio de los frailes agustinos y dominicos.

La navegación era tan segura, que en 1804 don Francisco Morelli hizo la travesía en una lancha; y los intereses que se crearon fueron tan poderosos, que no obstante las enérgicas y frecuentes representaciones contra ese comercio, se conservó hasta la independencia.

A pesar de que la pragmática de Carlos III, de 12 de octubre de 1778, habilitó catorce puertos, el sistema prohibitivo subsistió con crueles restricciones y tomó con este motivo desusado vuelo el contrabando, al punto que podía calcularse el comercio clandestino en una cantidad igual al comercio legítimo, corrompiendo hondamente toda la administración pública.

No obstante, el señor Mora calcula en 25 millones de pesos las rentas públicas, de los que se remitía a España la mitad, quedando el resto para las atenciones de la administración pública, lo que merece rectificaciones y explicaciones.


Hacienda

Tres grandes divisiones tenía lo que se llamaba el erario en la Nueva España:

Primera, masa común, que representa los gastos y cargas de los indios;
segunda, fondo particular y piadoso de España en México;
tercera, ramos ajenos que participaban de la real protección.

El producto total de estos ramos en su mayor auge llegó a ser de 20 200 000 pesos.

Los derechos de importación se calculaban en 75 por ciento.

Los diferentes ramos de la masa común producían 10 861 546.10 pesos, figurando en ellos los estancos de tabaco, nieve, cordobanes, pólvora, gallos, aduanas, salinas, bulas, etcétera. Cada ramo de éstos tenía direcciones separadas, algunas jurisdicciones privativas otras injerencias de clases especiales.

El desorden subía de punto -decía yo en mis Lecciones de economía política, p. 617- porque con el producto de unos ramos se tenía que cubrir el deficiente de otros, haciendo multitud de cuentas particulares, que se complicaban cada vez más con la repartición de los egresos de caudales.

Del erario de México y con el nombre de situados, se gastaban más de cuatro millones que se remitían a La Habana, Panzacola, la Luisiana, Puerto Rico, Cantabria, Filipinas, etcétera.

De los diez millones que se dejaban a México, 7 359 000 pesos importaba el presupuesto de guerra, introduciéndose en él los gastos de municiones, réditos de fincas y bienes de jesuitas tomados a réditos.

De suerte que a pesar de lo asegurado por el señor Alamán, consecuente con su sistema de hacer la apología del gobierno español, el solo desorden de la hacienda es su proceso y la justificación de la independencia.

Los productos de los naipes, el azogue y el tabaco estaban destinados a España. Tenían inversión para objetos particulares los productos de las bulas, diezmos, vacantes, subsidio eclesiástico y penas de cámara; y en los ramos ajenos, es decir, en los que ninguna percepción tenía el erario, había una verdadera confusión con los montepíos, inválidos, peajes, gastos de estrado, pensiones de cátedras, desagüe, medio real de hospital, etcétera, siendo estas adiciones privativas y estas cuentas especiales, nidos de abusos y receptáculos de robos y despilfarros inaveriguables.

La hacienda pública representa la realización de las teorías sociales y políticas de un pueblo, y con el análisis de la de México puede demostrarse que ni aun para la explotación de la colonia hubo aptitud.

Incomunicación y sistema restrictivo en el exterior, división y alcabala en el interior, estancos vejatorios y esterilizadores del trabajo, desarreglo, anarquía y confusión en la contabilidad, que es la conciencia y el orden de la administración ... todo sobre un fondo de codicia del conquistador, de explotaciones del clero, de arbitrariedades militares y jurídicas y de rapacidad de empleados, puede dar idea del estado de la colonia ...

En resumen, en el terreno de la ciencia social y del derecho, nada puede presentarse de más absurdo y funesto que el cuadro de la Nueva España en la época de la dominación española.


Defensa militar

Treinta Y dos mil hombres componían el ejército en la forma siguiente:

Infantería

Tropa veterana - 5000.

Milicias provinciales - 11 000.

Tootal= 16 000.

Caballería

Tropa veterana - 4700.

Milicias - 11 300.

Total= 16 000.

Suma total de ambas fuerzas= 32 000 hombres.

De esta tropa estaban sobre las armas poco más de diez mil hombres, incluyéndose tres o cuatro mil destinados a los presidios, que se extendían desde Nacodoches al cabo Mendocino. En el pago de esta tropa se invertían tres millones de pesos.

No obstante que los soldados prediales eran robustos, ágiles y muy aguerridos, los bárbaros penetraban al interior del país.

Los presidios eran los siguientes.

Provincias internas de Oriente:

Nacodoches.
Espíritu Santo.
Béjar.
Coahuila.
Río Grande.
Agua Verde.
Bavia.

En Nuevo México:

Santa Fe y Paso del Norte.

En la antigua intendencia de Durango:

Conchas-llanos.
Gallo.
San Buenaventura.
Carrizal.
San Lázaro.
Las Juntas.
Nanuquipa.
Príncipe.
San Carlos.
Cerro Gordo.
Pasaje Coyame.
Mapimí.
Nuequipitla.
Julimes.
San Jerónimo.
Santa Eulalia.
Batopilas.
Loreto.
Guainopa.
COsihuiriachic.
Topago.
San Joaquín Higuera.
San Juan.
Tababueto.
Reyes.
Conejo.
Tepame.
Siameri.
Indé.
Oro.
Tablas.
Canera.
Pamica
Avino.

En California:

San Diego.
Santa Bárbara.
Monterrey.
San Francisco.

En Sonora y Sinaloa:

Arizpe.
Buena Vista.
Pitec.
Bacuache.
Jubson.
Fronteras.
Santa Cruz.
Altar.
Rosario.

La mayor guarnición de estos presidios era de ciento cincuenta hombres, que tenía a su cuidado la custodia de muchas leguas.

La milicia provincial de México excedía de veinte mil hombres que estaban en cuadro aun en tiempo de guerra. Establecióse en México a mediados del siglo pasado, y se convirtió en fuente de corrupción porque vendidos los empleos de oficiales a precios altos, los Virreyes, esencialmente Branciforte e Iturrigaray, convirtieron en tráfico escandaloso esas ventas.

La paz era inalterable; solían perturbarla en las fronteras las excursiones de los indios, pero éstas sólo tuvieron carácter formal, aunque pasajero, en 1607, 1609, 1624 y 1692.

Cuando los Estados Unidos se declararon independientes, fue cuando realmente comenzaron las inquietudes del gobierno.

Respecto al exterior, las seguridades del gobierno eran mayores; la impetuosidad de los ríos limítrofes de los Estados Unidos, los desiertos y lo fragoso de los caminos, fueron otras tantas garantías.

La fortaleza de Ulúa fue construida por los españoles con el convencimiento de que por lo común no podría fondear, sino bajo su cañón, una escuadra enemiga.


Clero

Aunque por lo que hemos hablado de la organización colonial se descubre la influencia poderosísima del clero, los Reyes españoles, conociendo sin duda que podría ser perniciosa, trataron de marcarle determinados límites, comenzando desde don Fernando el Católico.

Armados de las concesiones de Alejandro VI y Julio II, que consistían en el patronato y la provisión absoluta de todos los beneficios eclesiásticos, procuraron los Reyes tener al clero sujeto a la corona.

Los Papas se arrepintieron de sus concesiones, y su afán constante fue frustrarlas y eludirlas.

En los primeros días de la Conquista se ve el poder decisivo con que los Reyes plantearon la Iglesia mexicana.

Determinaron el número de misiones, repartieron y mandaron aplicar los diezmos, señalaron lugar para la erección de iglesias, determinaron el número de ministros, etcétera. Los Papas aprobaron todo esto sin oposición.

El nombramiento de beneficios se hacía directamente por el Rey. Ningún rescripto pontificio podía ser ejecutado sin aprobación del Rey, castigándose severamente a los infractores de tal formalidad.

La jerarquía eclesiástica era la romana y la española, con insignificantes variaciones.

El territorio todo estaba dividido en una iglesia metropolitana y ocho sufragáneas, que eran:

México.
Puebla.
Valladolid.
Guadalajara.
Durango.
Oaxaca.
Yucatán.
Monterrey.
Sonora.

Dividióse el clero en secular y regular; el primero sujeto a la jurisdicción de los obispos, y el segundo exento de ella, menos en cuanto a confesar, predicar, oficiar y decir misa.

La jerarquía del clero secular era la siguiente:

Miembros del Cabildo.
Curas.
Vicarios
Clérigos particulares.

En el clero regular:

Provinciales.
Priores.
Guardianes.
Conventuales.

Todos los obispados, menos Sonora, tenían cabildos. Estos se componían de canónigos de oposición y de oficio, raciones y medias raciones.

Las tribus bárbaras estaban sujetas a las órdenes mendicantes.

Había tribunales especiales, como el Provisorato, para conocer en las causas civiles y criminales del clero, para los pleitos de divorcio y otros; Inquisición; obras pías y capellanías; haceduría, cruzada, etcétera.

La organización de estos tribunales se prestaba a mil abusos.

En algunos casos podía entablar y entablaba la Audiencia competencias y aun abrogaba los fallos de los tribunales mencionados.

Los negocios de cruzada tenían una especie de juzgado eclesiástico civil independiente del obispo.

Las bulas constituían para el clero una renta pingüe, instituidas como contribución para el recobro de los santos lugares y la conversión de infieles, aunque el objeto desapareció, y respecto a infieles, se aplicaron las reglas de los moros a los indios de América.

Eran las bulas de cuatro clases:

De vivos.
De dispensa.
De abstinencia.
De carnes en las vigilias, etcétera.
La de composición.
La de difuntos.

Se regían las bulas por una tarifa, y la cuota era desde quince pesos hasta dos y medio reales, según las fortunas de los contribuyentes.

La Inquisición constituía un tribunal independiente y especialísimo en las causas civiles; no litigaba ante ninguno otro sino que avocaba a sí y a su jurisdicción, todos los negocios en que era parte.

La Iglesia mexicana, dice el señor Mora, fue fundada por los miSioneros de San Agustín que recorrieron el inmenso terreno Conquistado, dejando por todas partes huellas de altas virtudes. Ellos, continúa el señor Mora, introdujeron la mayor parte de los ramos de industria y transplantaron de Europa los animales domésticos y los cereales, enseñando su cultivo; ellos fundaron la literatura del país, y sus crónicas son fuentes históricas purísimas; ellos enseñaron el griego y el hebreo, tan poco conocido hoy en México, y muchos de ellos, por su ciencia y por la pureza de sus costumbres, fueron la enseñanza y ejemplo del pueblo. Tales eran los primeros misioneros; los frailes se relajaron después y se convirtieron en poderosos elementos de corrupción.

Las misiones, en su origen muy benéficas, estaban bajo las órdenes de un fraile que mandaba la fuerza armada y reunía todos los poderes sociales.

El clero regular estaba exento de la jurisdicción eclesiástica ordinaria y se gobernaba por las reglas especiales de su respectivo instituto.

Dividíanse en diferentes provincias, gobernadas por el provincial y su consejo o definitorio.

Los colegios se hallaban bajo la dirección deirector, y si tenían funciones características de la orden, se llamaba convento y estaba sujeto a un prior o guardián.

Los estudios del colegio eran: latinidad, una miscelánea de principios de lógica, teología, moral, física y matemáticas, llamada filosofía; teología, y en algunos derecho civil y canónico.

Las casas conventuales eran las dedicadas a la predicación, confesión y culto, habiendo en ellas un departamento que servía de probatorio y se llamaba noviciado, para educar a los que querían seguir el sacerdocio.

Cada cuatro años se celebraba, con el nombre de capítulo, una junta de las dignidades de la religión para elegir nuevos prelados.

A la mitad de este periodo había otra junta que se llamaba intermedio para la provisión de las vacantes.

Los capítulos solían ser motivo de luchas y banderías de partido que daban escándalo.

En un principio, las restricciones para la recepción de novicios y las circunstancias de aspirar al claustro los hijos de familias distinguidas, daban importancia en la buena sociedad; después, elegidos entre gente de la ínfima clase, se prostituyeron y se redujo su influencia.

Las órdenes existentes en México eran San Francisco, Santo Domingo, Calzados de San Agustín, Merced, Carmelitas Descalzos, Hospitalarios de San Juan de Dios, San Hipólito, Belemitas y Reformados de San Francisco o dieguinos; todos éstos tenían provincia o provincias. Benedictinos y camilos sólo tenían casas sujetas a prelados locales. Había cuatro colegios de propaganda y algunos hospicios de regulares, para los de tránsito a Filipinas o a otras misiones.

Existió en un tiempo una provincia de jesuitas, que extrañados por Carlos III Y suprimidos por Clemente XIV, fueron restablecidos en 1815 Y suprimidos en 1821.

En casi todas las poblaciones considerables había conventos de monjas con dote y sin dote, y con todos los vicios de organización que convirtieron en una necesidad su supresión.

El Rey tenía el patronato eclesiástico, y sus efectos más visibles eran los nombramientos para todo género de beneficios de la Iglesia.

La provisión de obispados se hacia por temas, propuestas por una sección del Consejo de Indias.

Para los curatos, el obispo debía hacer provisión, cada tres años, entre los candidatos que tuvieran las condiciones requeridas para el objeto.

La demarcación de diócesis se hacía por el gobierno, usando del derecho de patronato, aunque de acuerdo con Roma. Los aranceles parroquiales y de los provisoratos, no tenían efecto sin pase de la Audiencia.

La inmunidad eclesiástica llegó sólo a consistir en que el juez fuese eclesiástico.

El gobierno -dice el señor Mora-, siempre dispuso a su voluntad de los bienes del clero e impuso contribuciones a sus miembros, sin asustarse ni arredrarse por bulas ni excomuniones a las cuales siempre supo sobreponerse.

Los asilos consistían en acogerse a determinados templos los criminales para que se les disminuyesen las penas a que eran acreedores.

Zavala, en la introducción a su Ensayo histórico, no ve en el código de Indias más que un método prescrito de dominación, de suerte, añade, que los indios tuvieron obstruida la esfera moral en que viven los demás hombres.

Era tal el estado de degradación de los indios, que se les creyó incapaces de inventar una herejía, y de ahí nació que se les sustrajese del poder de la Inquisición.

He aquí una pintura de mano maestra del estado social de los indios.

Además del tributo que pagaban los indios al real erario o a sus encomenderos, se crearon otras contribuciones eclesiásticas con el nombre de obvenciones. Estaban exceptuados del diezmo y de los derechos parroquiales, porque sus explotadores habían calculado muy bien que un hombre que nada posee, ni tiene necesidades naturales, pocos diezmos podía pagar. El cálculo era muy exacto, porque los indios no tenían necesidades naturales ni indUstria alguna, hablando en general. Habitaban y habitan en chozas cubiertas de paja o de palmas, cuya extensión es regularmente de quince o dieciséis pies de longitud, sobre diez o doce de latitud y forma oval. Por de contado que allí están reunidos los hijos, los animales domésticos y un altar en donde están los santos o penates. En medio hay un fogón que sirve para calentar el agua en que cuecen el maíz, su único alimento con pocas excepciones. No hay cinco entre ciento que tengan dos vestidos, que están reducidos a una camisa larga de manta ordinaria y unos calzoncillos. Sus mujeres e hijos visten con igual sencillez o pobreza; las mujeres desconocen la inclinación tan natural en su sexo de parecer bien a los hombres. Con la misma proporción que antes dijimos, no hay propietarios, y se contentan con recoger 35 o 40 fanegas de maíz al año, con lo que viven satisfechos. Cuando por algún trabajo o jornal han ganado alguna pequeña porción de dinero, lo destinan a hacer alguna fiesta al santo de su devoción y consumen su miserable peculio en cohetes, misas, comilonas y bebida embriagante. El resto del año lo pasan en la ociosidad, durmiendo muchas horas del día en las tierras calientes, o en divertimientos ...

Concluye con esta expresiva observación: Dos entre ciento aprendían a leer.

Como se ve por el cuadro que se acaba de desarrollar a vuestros ojos, los elementos componentes de esta sociedad eran: profunda división de intereses entre los blancos y los indios; sumisión absoluta a un poder lejano, ejercido aquí por explotadores de las masas, de las que requerían sumisión ilimitada, ignorancia completa, celosa incomunicación, fanatismo ciego, trabajo en provecho ajeno, parecido a la esclavitud, robo y arbitrariedad en todas las esferas de la administración; en una palabra, el hombre destituido de sus derechos más esenciales (1).


APÉNDICE A LA ÉPOCA VIRREINAL

Gobernantes. Audiencias. Visitadores y Virreyes de la Nueva España, con los acontecimientos más notables.


Primera Audiencia (1528). Nuño de Guzmán, Matienzo, Delgadillo y Maldonado.

Segunda Audiencia (1531). Fuenleal, Quiroga, Salmerón, Maldonado, Ceinos. Fundación de Tlatelolco.

1er Virrey, don Antonio de Mendoza (1535). Impulsa la agricultUra. Enfrena a los encomenderos. Introduce la imprenta. Acuña moneda. Fray Pedro Gante funda Letrán. Muere Pedro de Alvarado en Nochistlán. Peste en 1546. Es apaleado y condenado a diez años de presidio el licenciado Vena.

2°, don Luis Velasco (1550-1554). Fundaciones de su tiempo: Santa Hermandad, la Universidad, Hospital Real, San Felipe, San Miguel el Grande, Mineral del Nombre de Dios. Libertad de 150000 esclavos. En 1554 hace Medina descubrimiento del beneficio de metales. Visitador Valderrama.

Audiencia (1564). Ceinos, Villa lobos y Orozco. Conspiración del marqués del Valle.

3°, Gastón de peralta, llamado el Clemente, porque atenuó los rigores a que dio lugar la conspiración del marqués del Valle.

4°, Martín Enríquez. Primera piedra de Catedral. Peste. Fundación de las alcabalas. Llegan los jesuitas. Se establece la Inquisición.

5°, Conde de la Coruña. Establece el Consulado.

6°, Moya de Contreras (el Justiciero). Castiga y ahorca a los empleados ladrones. Es en su tiempo el Tercer Concilio Mexicano. Fundó San Gregorio (1584).

7°, Marqués de Villamanrique. Invasión del Drake (1585).

8°, Luis de Velasco, segundo. Funda San Luis Potosí. Amplía la Alameda (1595).

9°, Don Gaspar Zuñiga, conde de Monterrey. Funda las ciudades de Monterrey en la Alta California y la Frontera. Se traslada Veracruz al sitio que hoy ocupa (1603).

10. Conde de Montes Claros. Grande inundación en 1604. Calzadas de San Cristóbal, Guadalupe y Chapultepec. Se trató de pasar la capital a las lomas de Tacubaya (1607).

11. Don Luis de Velasco, hijo, segunda vez. Desagüe. Rebelión e negros. Fundó San Lázaro.

12. Fray García Guerra. Eclipse de sol. Temblor. Murió en febrero de 1612 de resultas de un golpe que se dio al subir a un coche.

Audiencia. Sublevación de negros; fueron decapitados veintiocho hombres y cuatro mujeres (1612).

13. Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar. Dispuso que el ingeniero Adrián Boot reconociera la obra del desagüe, quien la encontró insuficiente. Fundó Lerma (1616). Apaciguó a los tepehuanes y concluyó la arquería de Santa Fe. Chapultepec.

14. Diego Carrillo de Mendoza, marqués de Gélvez. Choque con el arzobispo. Motín.

15. Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo (1624). En 1629 la mayor parte de las inundaciones de México. Escuadra holandesa. Se hizo un fuerte que lleva su nombre.

16. Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadereyta. Fundó Cadereyta. Amplió el desagüe. Creó la Armada de Barlovento.

17. Diego López Pacheco, duque de Escalona (1640). Nada notable.

18. Don Juan Palafox y Mendoza (1642). Dio estatutos a la Universidad. Arregló la Audiencia y algunos establecimientos públicos.

19. Don García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra (1642).

20. Don Marcos de Torres y Rueda (1648). Auto de fe de 11 de abril.

Audiencia.

21. Don Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Aliste (1650). 1652, incendio del palacio del marqués del Valle. 1653, muerte en Orizaba de la Monja Alférez.

22. Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque. Conato de asesinato por Manuel Ledesma en la capilla de la Soledad de Catedral (1660).

23. Don Juan de Leyva y de la Cerda. Expedición a California. Dejó reputación de venalidad.

24. Diego de Osorio y Escobar, obispo de Puebla. Duró cuatro meses.

25. Don Sebastián Toledo, marqués de Mancera (1664). Saquea el corsario Davis la Florida y es amagado por piratas. Dos expediciones a Californias. Hambre.

26. Don Nuño Colón, duque de Veraguas (1673). Murió a los seis días de tomar posesión.

27. Fray Payo Enríquez de Rivera, arzobispo de México. Se construyeron puentes y empedrados. Se introdujo el agua de Guadalupe. Se incedió San Agustín. Dejó su biblioteca a los frailes. Se hizo fraile. Murió en un convento.

28. Don Tomás de la Cerda, marqués de la Laguna. Invasión de Lorencillo y el pirata Agramont. Mandó trescientas familias a repoblar Santa Fe. Muerte del Tapado.

29 Melchor Portocarrero, conde de Monclova. Invasiones de piratas. Colonia de Monclova.

30. Don Gaspar de la Cerda Sandoval, conde de Galve. Insurrección de tepehuanes. Expedición de tropas mexicanas a la isla Española. En 1691 se establecen escuelas para enseñar a los indios castellano. Hambre. Incendio. Tumulto. Sigüenza. Sor Juana Inés de la Cruz.

31. Don Juan Ortega Montanés (1696). Tumulto de los estudiantes.

32. José Sarmiento y Valladares, conde de Moctezuma (1696). Tumulto por hambre. Expedición de jesuitas a California. Muerte de Sigüenza.

33. Ortega Montañés, segunda vez. Los ingleses echan a pique la flota con 18 millones de pesos. Vagos. Fin de la Casa de Austria.

34. Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, segundo del nombre. Se exige al clero el décimo de sus rentas para las necesidades públicas. Dedicación del templo de Guadalupe.

35. Don Fernando Alencastre y Noroña, duque de Linares (1711). Establecimiento de la Acordada. Acueducto de Belén. Se funda la villa de Linares.

36. Baltasar Zúñiga, marqués de Valero (1716). Incendio del teatro del Hospital Real. Aparece la Gaceta. Guerra entre España y Francia.

37. Don Juan Acuña, marqués de Casa Fuerte (1722). Edificáronse la Aduana, la Casa de Moneda, fuentes de la Alameda. Fomento del comercio de Filipinas. Fundación de Béjar. Reaparece la Gaceta. Desaloja Figueroa a los ingleses de Belize.

38. Vizarrón y Eguiarreta (1736). Presidios en el norte. Peste matlazáhuatl (1736).

39. Don Pedro Castro Figueroa, duque de la Conquista. Murió de resultas del vómito.

40. Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara (1742). PriSión de Boturini. Reparó el acueducto de Chapultepec. Colonias de Tamaulipas.

41. Francisco Güemes y Horcasitas, conde de Revillagigedo. Se construye el muelle de Veracruz. En Sonora Horcasitas envió la armada de Barlovento. Se incendió Santa Clara.

42. Marqués de las Amarillas. Erupción del Jorullo.

43. Don Francisco Cajigal de la Vega. Nada notable.

44. Don Joaquín Montserrat, marqués de Cruillas (1761). Inundación. Visitador Gálvez.

45. Don Carlos Francisco de Croix (1766). Expulsión de jesuitas.

46. Bucareli y Ursúa. Paseo, Montepío, Hospicio, Cuna, San Hipólito.

47. Martín Mayorga. Academia de San Carlos. Seguridad de las costas. Peste de viruelas.

48. Matías de Gálvez (1783). Gaceta de Valdés. Reparó el palacio de Chapultepec. Falleció en México.

49. Bernardo de Gálvez. Hambre. En 1786, peste. Chapultepec. Torres de Catedral. Terremotos.

50. Alonso Núñez de Haro y Peralta. Ordenanzas de intendentes. Hospital de San Andrés.

51. Manuel Antonio Flores. Mangino, superintendente de Hacienda. Elhuyar, director del Cuerpo de Minería.

52. Don Vicente Güemes Pacheco Horcasitas, conde de Revillagigedo. Muerte de Dongo. Justiciero, regenera la ciudad, establece el alumbrado, destierra abusos, establece economías y la cátedra de anatomía.

53. Marqués de Branciforte. Venal y pésimo gobernante. Mandó fundir la estatua de Carlos IV. En su tiempo se trasladaron los restos de Cortés de San Francisco a Jesús Nazareno.

54. Miguel J. Azanza. Conspiración de los machetes.

55. Don Félix Berenguer de Marquina (1800). Conspiración de Tepic.

56. Don José Iturrigaray. Sucesos de España. Su prisión.

57. Don Pedro Garibay, mariscal de campo (1808).

58. Don Francisco J. Lizana. Préstamo de 20 millones. Conspiración de Valladolid.

59. Venegas. Grito de Dolores.

60. Calleja del Rey. Decae la insurrección.

61. Apodaca. Aparece Mina.

62. Francisco Novella (1821, julio-agosto).

63. Juan O'Donojú (1821, agosto 3; septiembre 28). Último Virrey. Hace los Tratados de Córdoba.



Notas

(1) Primeros tiempos de la Colonia, y algunas consideraciones sobre el conjunto del gobierno virreinal.

Hubo primero la suplencia de Cortés, mientras sus quiméricas expediciones a Hibueras y Quivira.

Durante esas ausencias, se verificaron tentativas de usurpación de mando por enemigos de Cortés, defensa de las prerrogativas y escándalos, hasta la llegada de Ponce de León, que dejó a Aguilar a su muerte, ocurrida a poco tiempo.

Cortés en ese intervalo fue a España, y volvió con cuantiosas concesiones.

Hasta entonces el establecimiento del Ayuntamiento, los repartos de tierras y los bandos y ordenanzas de Cortés era lo que regía, modificando realmente la propiedad, sujetando el trabajo agrícola a la esclavitud, el fabril a evitar la concurrencia de efectos similares de España, y el manufacturero a los gremios, conforme a las leyes, usos y prácticas españolas.

Estas restricciones entorpecieron en mucho los beneficios producidos por la introducción de semillas, animales, instrumentos de labranza y la libertad de tráfico en el interior del país.

El Virrey era señor absoluto en representación del Rey de España.

Creóse la Audiencia o poder judicial, pero con funciones gubernativas como consejo del Virrey, revisor de sus reglamentos y su sustituto en las vacantes por ausencia, por muerte o acefalia imprevista.

El reparto de tierras fue o como asignación a los conquistadores, o como regalo a favoritos, o como premio a los auxiliares de la Conquista; tales fueron, por ejemplo, las tierras de Tlaxcala, que pasaron a mano de españoles, por carecer los indios de capital y de medios para conquistarlas.

La cuestión de repartimiento y encomiendas fue objeto preferente de la legislación española¡ pero cabalmente en ella se marcan determinados caracteres, muy dignos de detenido estudio.

Lo más esencial es la tendencia paternal y benéfica de los gobiernos, y las nobles miras de algunas leyes, en abierta contraposición con los hechos, es decir, con intereses de los conquistadores y explotadores españoles, con la situación creada que mantenía los abusos.

Así se han podido hacer apologías de las leyes de Indias para vindicar al gobierno español, y se ha podido poner de manifiesto al mismo tiempo, la rapacidad, la ignorancia y el desgobierno virreinal, con algunas honrosas excepciones.

Aun esas leyes que se citan como paternales y fecundas en bienes, de hecho perjudicaron a los indios, por considerarlos como esclavos, por mantenerlos en tutoría eterna como menores de edad, por prohibirles las propiedades, por evitar su mezcla legítima con los blancos, y por obstruirles toda fuente de trabajo libre con los caracteres constitutivos de la producción.

Aun cuando Cortés imperaba en México y aparecía sometido a su dominio lo que se llamó después Nueva España, mucho tiempo se invirtió en expediciones, como la de Valladolid, Nueva Galicia, Zacatecas, Oaxaca, etcétera, no haciéndose más que lo que convenía a los aventureros o caudillos temerarios que sometían a los indios y fundaban alguna población, al principio por sí, y después con el nombre del Virrey que ejercía el mando, con pequeñísimas excepciones.

La creación de provincias, su división y orden, fue en extremo irregular, de suerte que lo que se dice sobre disposiciones de gobierno y su régimen en las provincias, se entiende de lo que estaba al alcance del gobierno virreinal, en donde podía ir planteando su sistema regular.

Las audiencias obraban transitoria y superficialmente, para mantener el orden durante las faltas de los Virreyes: la prueba es que la única vez que funge de una manera activa, es cuando la conspiración del marqués del Valle, después de la muerte del segundo Virrey, y esto extralimitando sus facultades, con desagrado de la corte. Hasta los tiempos del señor Palafox no se regularizaron las funciones de la Audiencia.

Las provincias mantuvieron su organización imperfectísima desde los primeros tiempos hasta 1787, que por inspiración del entendido y honrado visitador Gálvez se adoptó tan importante y trascendental reforma, que no se pudo plantear debidamente por las circunstancias azarosas en que se encontraba la España.

De todos modos se ve que dos y medio siglos duró ese sueño de inercia en un punto de tan vital importancia.

A muchas y muy serias consideraciones se presta la cuestión territorial, ante todo, por la privación del derecho de propiedad, los encomenderos, agentes y protectores de los indios.

Es forzoso también tener en cuenta que las concesiones se hicieron sin orden ni medida, asegurándoles límites arbitrarios y sin fijeza alguna, adquiriendo los agraciados grandes propiedades embarazosas a la división política y a la religiosa, y creándose señoríos, en los cuales muchas veces ha sido impotente la autoridad civil.

Como está comprobado por la historia, la ambición de tierras estaba subordinada a la adquisición de indios como instrumentos de trabajo, o mejor dicho, de la explotación de las minas, objeto preferente de la codicia de los conquistadores; de ahí la esclavitud con todos sus horrores, y las crueldades que los hicieron más funestamente célebres en los primeros tiempos.

Para la industria agrícola se producían fenómenos análogos; pero patente la contradicción de las leyes y las prácticas, se hicieron concesiones a pueblos enclavados en las propiedades de particulares, y de ahí esos pleitos interminables entre indios y haciendas, tan nocivos a unos y otras, y en que los indios han llevado generalmente la peor parte, vengándose a veces de un modo traidor y salvaje.

Como las minas fueron el objeto preferente del trabajo, se hicieron concesiones especiales a la minería, y se creó una ordenanza que por sabia que se suponga, está basada en privilegios perjudiciales a la generalidad.

Separados los intereses de los indios de los españoles, sin propiedad, sin capitales ni medios de trabajo libre, creado el hábito de su maltratamiento y abyección, la degradación, el embrutecimiento y la infelicidad de la raza fue completa.

El señor Pimentel dice en su obra inestimable sobre los indios, en un arranque de noble imparcialidad:

El indio no podía andar a caballo, ni portar armas como los españoles, ni usar el mismo traje que ellos. Los conquistadores tasaban el trabajo del indio. Comparado el cuerpo social con el humano, se consideraba a los indios como los pies, es decir, como la parte más inferior. En legislación se les contaba entre las personas que el derecho llama miserables. En fin, el mayor valor que se daba al blanco respecto del indio, podemos graduarle sabiendo que en una declaración judicial, el dicho de seis indios equivalía al de un castellano.

No obstante lo indicado con bastante claridad, en nuestro juicio, para dar a conocer la condición del indio respecto de sus elementos de vida y de trabajo, es forzoso insistir en dos ideas, muy trascendentales por la naturaleza de las cosas.

Es la primera, que el blanco opresor rompía los vínculos todos de la sociedad indígena sin incorporársele en modo alguno, de suerte que no se puede, sino por excepciones, tratar con generalidad y de una misma manera de los indios, sino por adhesiones a los blancos, agricultores, mineros, maestros, etcétera, o por doctrinas de los religiosos; de suerte que lo característico era la esclavitud de hecho y el tributo.

Los indios que pudieron llamarse libres y estaban ocupados en toscas manufacturas o pequeñas industrias agrícolas, etcétera, siempre estaban sujetos a las doctrinas y a un modo de ser en nada homogéneo con la raza blanca.

Cuando se habla de nación, de leyes, de civilización, etcétera, sólo de un modo excepcional puede comprenderse en esa generalidad a los indios, y de ahí vienen confusiones, inconsecuencias y extravíos de juicio, que en lo histórico antes y en lo práctico actualmente, mucho nos confunden y trastornan.

Estas anomalías suben de punto cuando se reflexiona en la organización especial de las provincias internas de Yucatán y Tabasco.

De la mezcla de indios y de blancos con las castas resultó otra entidad informe, intermedia, pero también sin cohesión íntima, y esta entidad no era ni india ni española, vivía por sí desheredada, esforzándose por tener representación, apoyándose en los ricos, y procurando los favorecidos identificarse con ellos, ya simpatizando con los indios, como desheredados también. Esa entidad es la que viene transformándose desde la independencia en núcleo verdaderamente nacional.

En gran parte la entidad de que nos ocupamos se formaba de la degeneración española y de la lenta y casi imperceptible incorporación indígena: esta clase de pequeños propietarios agricultores, aprendices de artesanos, arrieros no propietarios de grandes recuas, indios dedicados al pequeño tráfico, fueron los hombres libres, tan ajenos a la identificación de los indios como de los españoles, pero infecundos para la vida propia por su ignorancia, por la falta de hábitos de trabajo, por su carencia de capitales, de propiedades y de elementos propios de desarrollo.

Los descendientes de conquistadore; y los que tenían más o menos lejana dependencia con el gobierno, formaron una división que tenía por raíces de nutrición y de vida la explotación del indio, sea por el gobierno, sea por la propiedad, por la creencia o por la fuerza; y esto explica los vaivenes a que siempre se vio sujeta la Colonia, por la preponderancia del elemento militar, del civil o el religioso, y los efectos de las coligaciones de los intereses de esta clase para dominar o hacerse la guerra con mejor éxito.

Las grandes haciendas, las cuantiosas riquezas del clero, los empleos influyentes y pingües, los mandos militares de alta jerarquía, fueron siempre españoles y secuaces de españoles, y tuvieron que combatir la guerra torpe, pero obstinada, del indio, y la conspiración de estos criollos que ahora son la masa nacional, a despecho y con la guerra encarnizada de aquellas clases privilegiadas.

Apuntadas, aunque muy someramente, las condiciones políticas, y a reserva de estudiar sus consecuencias, debíamos decir algo de las condiciones económicas; pero requiriendo otra clase de conocimientos, me limitaré a recomendar este estudio a mis discípulos como de vital importancia.

Página 289. Dice el señor don Manuel Rivera Cambas en sus Gobernantes de México, página 364, tomo I:

Con motivo del aspecto militar y nuevo con que se presentó en el ceremonial de Palacio, le pusieron (a Venegas) en su alojamiento el presente pasquín:

Tu cara no es de excelencia,
Ni tu traje de Virrey;
Dios ponga tiento en tus manos,
No destruyas nuestra ley.

En el mismo lugar donde apareció ese pasquín, mandó colocar el Virrey el siguiente:

Mi cara no es de excelencia
ni mi traje de Virrey;
pero representó al Rey
y obtengo su real potencia.
Esta sencilla advertencia
os hago. por lo que importe;
le ley ha de ser el norte
que dirija mis acciones;
cuidado con las traiciones
que se han hecho en esta corte.

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