Presentación de Omar CortésSexagésimo comentario - Lo que se decía de VillaSexagésimo segundo comentario - Una proposición del general Bliss Biblioteca Virtual Antorcha

Alfonso Quiroga

MÉXICO EN 1916

SEXAGÉSIMO PRIMER COMENTARIO

ENTRADA DE VILLA A CHIHUAHUA



Aunque antes del punto que vamos a tratar, deberíamos consignar algunos acontecimientos que también fueron de significación, hemos decidido hacer aquí una ligera modificación al orden que habíamos dado a estos apuntes, porque queremos que ya que tocamos la cuestión de Villa se sepa de una vez lo que siguió a esa preparación cautelosa que estuvo haciendo durante algunos días y que dió lugar a que se aventuraran tantas versiones.

El caso que hemos de mencionar en este comentario, y que consideramos de verdadera importancia, es el ataque de las fuerzas de Villa a la ciudad de Chihuahua; le damos la categoría de muy importante no tanto por los efectos materiales que produjo, sino por la influencia que tuvo respecto de las pláticas de los conferencistas mexicanos y americanos.

Para hacer más ampliamente la historia de este acontecimiento, señalaremos algunos antecedentes, sin los cuales no se creería inverosimil la entrada de los villistas a la capital de Chihuahua, a horas y en condiciones anunciadas por ellos mismos sin la menor reserva.

Esos antecedentes son que, contra lo que siempre se afirmaba, Villa no solamente contaba con bastantes armas y parque desde que disolvió la llamada División del Norte; sino que entre los mismos elementos que estaban a las órdenes de la autoridad militar, tenía numerosos partidarios, y quien sabe si muchos de ellos contribuyeron a facilitarle sus operaciones.

Las armas con que contaba Villa, habían sido enterradas en varios puntos cercanos a la ciudad, y solamente algunos de sus partidarios, principalmente los jefes que le siguieron siempre en la lucha, supieron del lugar en que aquellos pertrechos estaban ocultos.

Según cuentan los informes que se dieron a conocer después, desde que faltaron noticias del revolucionario y se le creía tal vez moribundo a cusa de sus heridas, se ocupaba solamente de dirigir al servicio de espionaje que tan bien supo aprovechar para conocer los elementos de defensa del general Treviño, así como los proyectos que éste tuviera para hacer frente en el caso de que se llevara a cabo el ataque a la plaza.

Y todas las noticias, con rigurosa exactitud, las tenía al minuto, puede decirse: circunstancia por la cual pudo fijar la hora de su entrada y hasta lo que pensaba hacer frente cuando ya estuviera adentro.

Refieren que dos o tres días antes, cuando algún periódico de El Paso, Texas, se hizo eco de la noticia oficial de que Villa se rehusaba a presentar combate, el referido revolucionario dirigió un telegrama al general Jacinto Treviño diciéndole que le comunicaba que tenía el propósito de ir a celebrar las fiestas patrias en aquella ciudad. Como era natural, seguro como estaba el general Treviño de contar con suficientes fuerzas y todas bien dispuestas para el caso de que tuviera que repeler la agresión de los villistas, no hizo aprecio de aquella amenaza y se dedicó en compañía de los demás jefes militares que estaban en Chihuahua, a preparar la celebración de las fiestas patrias.

Refieren que las fiestas estuvieron muy lucidas reinando grandísima animación, principalmente entre el elemento oficial. Se cumplió enteramente con el programa preparado con anticipación, y al terminar la última ceremonia cada quien fue a recogerse con la aparente tranquilidad del que nada tiene que temer.

Serían las dos de la mañana cuando por el rumbo de la penitenciaría se escucharon algunos disparos de fusil; era que las fuerzas de Villa estaban ya dentro de la ciudad, habiendo penetrado sigilosamente, en pequeños grupos, por distintos rumbos, mezclándose entre la muchedumbre para darse cuenta exacta de la situación en que estaban las guardias y el lugar en que se hallaban los jefes de la plaza.

Los disparos que se oyeron, y que marcaron el principio de aquel combate, fueron hechos por la guardia de la misma penitenciaría, tratando de contestar un ataque a balloneta calada de los villistas, quienes no dispararon sus armas por el momento, a fin de no llamar la atención. Pocos instantes después, la guardia citada era vencida, y la prisión quedaba libertada, uniéndose la mayor parte a las fuerzas de Francisco Villa.

Como los soldados carrancistas que se hallaban resguardando la penitenciaria de Chihuahua, otros muchos fueron sorprendidos, viéndose obligados a rendirse o huir; fue que los principales jefes de la plaza se hallaban lejos de aquellos lugares que reclamaban su presencia para poder guiar a los soldados a quienes estaba encargada la defensa. En lo más rudo del combate, que se hacía en plena obscuridad, por haber sido cortados los hilos conductores de la luz eléctrica, hubo una confusión terrible entre los soldados del gobierno de facto, pues que en varias ocasiones un grupo de ellos disparaba contra otro de los mismos compañeros, creyéndolo enemigo. Mientras tanto, los villistas, que sabían perfectamente lo que iba a suceder, se habían colocado en sitios desde donde podían hacer disparos contra sus enemigos, sin temor de que a ellos se les causara daño mayor.

Cerca de una hora después de haber comenzado el combate, se presentó por ahí el general Jacinto Treviño, en un automóvil, y acompañado por algunos de los miembros de su Estado Mayor. Comprendiendo que era inútil la lucha en aquel momento, dió órdenes para que se retiraran los soldados que se hallaban ahí cerca, y él mismo emprendió la retirada, llevándose consigo a todas las fuerzas que iba encontrando por donde pasaba.

Inmediatamente los villistas tomaron posesión del Palacio de Gobierno, el cual atacaron casi al mismo tiempo que la penitenciaria.

Después de retirarse Treviño se parapetó en el cerro de Santa Rosa, y ahí emplazó algunos cañones, con lo que bombardeó el Palacio de Gobierno con el objeto de desalojar a sus enemigos.

Seis horas solamente estuvo Villa en la ciudad de Chihuahua, pero en este corto tiempo, pudo recoger bastantes caballos, muchas provisiones, todas las armas y parque que encontró en los cuarteles, y, en fin, cuanto quiso. También tuvo tiempo de hablar al pueblo desde uno de los balcones del Palacio, a fin de explicar que había asaltado la plaza solamente con el objeto de probar que estaba fuerte todavía, contra lo que aseguraban sus enemigos, y para que los conferencistas de New London tuvieran presente que la paz en México estaba muy lejos de arreglarse aún.
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