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Capítulo LXXVIII

CÓMO DESPUÉS DE GANADA LA MUY GRAN CIUDAD DE MÉXICO Y PRESO GUATEMUZ Y SUS CAPITANES, LO QUE DON HERNANDO MANDO QUE EN ELLO SE HICIESE

La primera cosa, mando Cortés a Guatemuz que adobasen los caños de agua de Chapultepec, según y de la manera que solían estar, y que luego fuese el agua por sus caños a entrar en la ciudad de México, y que limpiasen todas las calles de los cuerpos y cabezas de muertos, que los enterrasen, para que quedasen limpias, y sin hedor ninguno la ciudad, y que todas las puentes y calzadas que las tuviesen muy bien aderezadas como de antes estaban: y que los palacios y casas las hiciesen nuevamente que dentro de dos meses se volviesen a vivir en ellas, y les señaló en qué parte habían de poblar y la parte que habían de dejar desembarazada para que poblásemos nosotros.

Dejemos de estos mandos y de otros que ya no me acuerdo, y digamos cómo Guatemuz y sus capitanes dijeron a Cortés que muchos soldados y capitanes que andaban en los bergantines y de los que andábamos en las calzadas batallando les habíamos tomado muchas hijas y mujeres de principales; que le pedían por merced que se las hiciesen volver. y Cortés les respondió que serían malas de haber de poder de quien las tenían, y que las buscasen y trajesen ante él, y vería si eran cristianas o se querían volver a sus casas con sus padres y maridos, y que luego se las mandaría dar; y dióles licencia para que las buscasen en todos tres reales, y dió un mandamiento para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen.

Dejemos esto y digamos que luego mandó hacer unas atarazanas y fortalezas en que estuviesen los bergantines, y nombró alcalde que estuviese en ella, y paréceme que fue a Pedro de Alvarado, hasta que vino de Castilla un Salazar de Pedrada, nombrado por Su Majestad.

Digamos, de otra materia, que a todos aplacía cómo se recogió todo el oro y plata y joyas que se hubo en México, y fue muy poco, según pareció, porque todo lo demás hubo fama que lo había echado Guatemuz en la laguna cuatro días antes que le prendiésemos, y que además de esto, que lo habían robado los tlaxcaltecas y los de Tezcuco y Guaxocingo y Cholula, y todos los demás nuestros amigos que estaban en la guerra, y que los teules que andaban en los bergantines robaron su parte; por manera que los oficiales de la hacienda del rey nuestro señor decían y publicaban que Guatemuz lo tenía escondido y que Cortés holgaba de ello porque no lo diese y haberlo todo para sí; y por estas causas acordaron los oficiales de la Real Hacienda de dar tormento a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo y gran privado, y ciertamente mucho le pesó a Cortés y aún (a) algunos de nosotros que a un señor como Guatemuz le atormentasen por codicia del oro, porque ya habían hecho muchas pesquisas sobre ello y todos los mayordomos de Guatemuz decían que no había más de lo que los oficiales del rey tenían en su poder, que eran hasta trescientos ochenta mil pesos de oro, que ya lo habían fundido y hecho barras; y de allí se sacó el real quinto y otro quinto para Cortés, y como los conquistadores que no estaban bien con Cortés vieron tan poco oro, y al tesorero Julián de Alderete, que así se decía, y a los de (Narváez) que tenían sospecha que por quedarse con el oro Cortés no quería que prendiesen a Guatemuz, ni le prendiesen sus capitanes, ni diesen tormentos, y porque no le achacasen algo a Cortés sobre ello, y no lo pudo excusar, le atormentaron, en que le quemaron los pies con aceite, y al señor de Tacuba, y lo que confesaron que cuatro días antes que les prendiesen lo echaron en la laguna, así el oro como los tiros y escopetas que nos habían tomado a la postre a Cortés y fueron adonde señaló Guatemuz a las casas en que solía vivir, y estaba una como alberca grande de agua, y de aquella alberca sacamos un sol de oro como el que nos dió Montezuma, y muchas joyas y piezas de poco valor que eran del mismo Guatemuz, y el señor de Tacuba dijo que él tenía en unas casas suyas, que estaban en Tacuba obra de cuatro leguas, ciertas cosas de oro, y que le llevasen allá y diría adónde estaba enterrado y lo daría; y fue Pedro de Alvarado y seis soldados, y yo fui en su compañía, y cuando llegamos dijo el cacique que por morirse en el camino había dicho aquello y que le matasen, que no tenía oro ni joyas ningunas, y así nos volvimos sin ello.

Y en este estado se quedó, que no hubimos más oro que fundir; verdad es que a la recámara de Montezuma, que después que murió poseyó y hubo Guatemuz, no se había allegado a muchas joyas y preseas de oro, que todo se tomó señaladamente para que con ello sirviéramos a Su Majestad, y porque había muchas joyas de diversas maneras y hechuras, y tan primas que si me parase a escribir cada cosa y hechura de ello por sí, es gran prolijidad, lo dejaré de decir en esta relación; mas digo que valía dos veces más que lo que se sacó del quinto para Su Majestad y para Cortés, todo lo cual enviamos al emperador nuestro señor con Alonso de Avila, que en aquel tiempo vino de la isla de Santo Domingo. y en su compañía fue a Castilla Antonio de Quiñones.

Y dejemos de hablar de ello, y volvamos a decir que en la laguna, adonde nos decían que había echado el oro Guatemuz, entré yo y otros soldados a zabullidas; siempre sacábamos piecezuelas de poco precio, lo cual luego nos lo demandó Cortés y el tesorero Julián de Alderete por oro de Su Majestad, y ellos mismos fueron con nosotros adonde lo habíamos sacado y llevaron buenos nadadores, y tornaron a sacar obra de ochenta o noventa pesos en sartalejos, y ánades, y perrillos, y pinjantes, y collarejos y otras cosas de nonada, que así se puede decir según la fama que había que en la laguna habían echado de antes. Dejemos de hablar de ello, y digamos cómo todos los capitanes y soldados estábamos algo pensativos después que vimos el poco oro y las partes tan pobres y malas, y el fraile de la Merced y Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid y otros capitanes dijeron a Cortés que pues que había poco oro, que lo que cabía de parte a todos que se lo diesen y repartiesen a los que quedaron mancos y cojos y ciegos y tuertos y sordos, y otros que se habían tullido y estaban con dolor de estómago, y otros que se habían quemado con la pólvora, y a todos los que estaban dolientes de dolor de costado, que (a) aquéllos les diesen todo el oro; y que para estos tales sería bien dárselo, y que todos los demás que estábamos algo sanos lo habríamos por bien; y esto que le dijeron a Cortés fue sobre cosa pensada, creyendo que nos diera más que las partes, porque había muchas sospechas que lo tenía escondido todo (el oro) y que (mandó a) Guat (emuz) que dijese (que) no tenía ninguno. Y lo que Cortés respondió fue que vería a cómo salíamos y que en todo pondría remedio. Y como todos los capitanes y soldados queríamos ver lo que nos cabía de parte, dábamos prisa para que se echase la cuenta y se declarase a qué tantos pesos salíamos. Y después que lo hubieron tanteado dijeron que cabía a los de a caballo a ochenta pesos, y a los ballesteros y escopeteros y rodeleros a sesenta o a cincuenta pesos, que no se me acuerda bien. Y desde que aquellas partes nos señalaron, ningún soldado las quiso tomar.

Entonces murmuramos de Cortés, y decían que lo había tomado y escondido el tesorero; y Alderete, por descargarse de lo que le decíamos, respondía que no podía más, porque Cortés sacaba del montón otro quinto como el de Su Majestad para él, y se pagaban muchas costas de los caballos que se habían muerto, y que también se dejaban de meter en el montón muchas piezas de oro que habíamos de enviar a Su Majestad; y que riñésemos con Cortés y no con él. Y como en todos los reales y en los bergantines había soldados que habían sido amigos y paniaguados de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, de los que habían pasado con Narváez, que no tenían buena voluntad a Cortés y le querían muy mal, como vieron que en el partir de oro no les daba las partes que quisieran, no lo quisieron recibir lo que les daba, y decían que padeciese todo el oro en poder de quien estaba, y se desvergonzaban mucho en decir que Cortés se alzaba con el oro. Y como Cortés estaba en Coyoacán y posaba en unos palacios que tenía blanqueados y encaladas las paredes, donde buenamente se podía escribir en ellas con carbones y con otras tintas, amanecía cada mañana escritos muchos motes, algunos en prosa y otros en metros, algo maliciosos, a manera como mase pasquines; y en unos decían que el sol y la luna y el cielo y estrellas y la mar y la tierra tienen sus cursos, y que si alguna vez sale más de la inclinación para que fueron criados, más de sus medidas, que vuelven a su ser, y que así había de ser la ambición de Cortés en el mandar, y que había de suceder volver a quien primero era; y otros decían que más conquistados nos traía que la conquista que dimos a México, y que no nos nombrásemos conquistadores de la Nueva España, sino conquistados de Hernando Cortés; otros decían que no bastaba tomar buena parte del oro como general, sino parte como rey, sin otros aprovechamientos; otros decían ¡Oh qué triste está la anima mea hasta que todo el oro que tiene tomado Cortés y escondido lo vea! Y otros decían que Diego Velázquez gastó su hacienda y que descubrió toda la costa del Norte hasta Pánuco, y la vino Cortés a gozar, y se alzó con la tierra y oro; y decían otras cosas de esta manera, y aun decían palabras que no son para poner en esta relación.

Y cuando salía Cortés de su aposento por las mañanas lo leía, y como estaban en metros y en prosas y por muy gentil estilo y consonantes cada mote y copla (a) lo que inclinaba y a la fin que tiraba su dicho, y no tan simplemente como yo aquí lo digo, y como Cortés era algo poeta y se preciaba de dar respuestas inclinadas para loar sus grandes y notables hechos y deshaciendo los de Diego Velázquez y Grijalva y Francisco Hernández de Córdoba, y como prendió a Narváez, respondía también por buenos consonantes y muy a propósito en todo lo que escribía, y de cada día iban más desvergonzados los metros y motes que ponían hasta que Cortés escribió: Pared blanca, papel de necios. Y amaneció escrito más adelante: y Aun de sabios y verdades, y Su Majestad lo sabrá muy presto; y bien supo Cortés quién lo escribía, que fue fulano Tirado, amigo de Diego Velázquez, yerno que fue de Ramírez el Viejo, que vivía en la Puebla; y un Villalobos, que fue a Castilla, y otro que se decía Mansilla, y otros que ayudaban de buena para que Cortés sintiese a los puntos que le tiraban. Y Cortés se enojó y dijo públicamente que no pusiesen malicias, que castigaría a los ruines desvergonzados.

Dejemos esto; que como había muchas deudas entre nosotros, que debíamos de ballestas a cincuenta y a sesenta pesos, y de una escopeta ciento y de un caballo ochocientos y novecientos pesos, y otros de una espada cincuenta, y de esta manera eran tan caras todas las cosas que habíamos comprado, pues un cirujano, que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas y se igualaba por la cura a excesivos precios, y también un medio matasanos, que se decía de Murcia, que era boticario y barbero que también curaba, y otras treinta trampas y tarrabusterías que deciamos, demandaban que las pagásemos de las partes que nos daban; y el remedio que Cortés dió fue que puso dos personas de buena conciencia, que sabían de mercaderías, que (aprecia)sen qué podía valer cada cosa de lo que habíamos tomado fiado lo apreciasen; llamábanse los apreciadores Santa Clara, persona muy noble, y el otro se decía fulano de Llerena, también noble persona, y se mandó que todo lo que aquéllos dijesen que valían las cosas que nos habían vendido y las curas que habían hecho los cirujanos, que pasasen por ello, y que si no teníamos dineros, que aguardasen por ellos tiempo de dos años.

Otra cosa también se hizo: que todo el oro que se fundió echaron tres quilates más de lo que tenía de ley, porque ayudasen a las pagas, y también porque en aquel tiempo habían venido mercaderes y navíos a la Villa Rica, y creyendo que en echar los tres quilates más ayudaban a la tierra y a los conquistadores; y no nos ayudó en cosa ninguna, antes fue en nuestro perjuicio, porque los mercaderes, viendo que para los tres quilates saliese a la cabal de sus ganancias, cargaban en las mercaderías y cosas que vendían cinco quilates más, y de esta manera anduvo el oro de tres quilates más cinco o seis años, y a este respecto se nombraba el oro de quilates tepuzque, que quiere decir en lengua de indios cobre; y ahora tenemos aquel modo de hablar, que cuando nombramos algunas personas que son preminentes y de merecimientos decimos el señor don fulano de tal nombre, o Juan o Martín o Alonso; y otras personas que no son de tanta calidad les decimos su nombre, y por haber diferencia de los unos a los otros decimos fulano de tal nombre Tepuzque.

Volvamos a nuestra plática; que viendo que no era justo que anduviese el oro de aquella manera, se envió a hacer saber a Su Majestad para que se quitasen los tres quilates de más y no anduviese en la Nueva España, y Su Majestad fue servido mandar que no anduviese más, y que todo lo que se hubiese de pagar en almojarifazgo y penas de cámara, que se les pagase en aquel mal oro hasta que se acabase y no hubiese memoria de esto, y de esta manera se llevó todo a Castilla, y allá le fundieron y pusieron en su ley perfecta. Y quiero decir que en aquella sazón que esto pasó ahorcaron a dos plateros que falsearon las marcas reales de los quilates y lo echaron a cobre puro. Mucho me he detenido en contar cosas viejas y salir fuera de mi relación; volvamos a ella y digamos que como Cortés vió que muchos soldados se desvergonzaban en demandarle más partes y le decían que se lo tomaba todo para sí y lo robaba, y le pedían prestados dineros, acordó de quitar de sobre sí aquel dominio y de enviar a poblar a todas las provincias que le pareció que convenían que se poblasen. A Gonzalo de Sandoval mandó que fuese a poblar a Tustepeque y que castigase a unas guarniciones mexicanas que mataron, cuando nos echaron de México, setenta y ocho personas y seis mujeres de Castilla que allí habían quedado de los de Narváez; y que poblase una villa que se puso por nombre Medellín, que pasase a Guazacualco y que poblase aquel puerto: y también mandó a un Castañeda y a Vicente López que fuesen a conquistar la provincia de Pánuco; y mandó a Rodrigo Rangel que estuviese en la Villa Rica, como de antes estaba, y en su compañía llevó a Pedro de Ircio; y mandó a Juan Alvarez Chico que fuese a Colima; y a un Villa fuerte a Zacatula, y a Cristóbal de Olid que fuese a Mechuacán. Ya en este tiempo se había casado Cristóbal de Olid con una portuguesa que se decía doña Felipa de Arauz o Zarauz, y que había entonces llegado de España; y envió a Francisco de Orozco a poblar a Oaxaca, porque en aquellos días que habíamos ganado a México, como lo supieron en todas las provincias que he nombrado que México estaba destruída, no lo podían creer los caciques y señores de ellas, como estaban lejanas y enviaba n principales a dar a Cortés el parabién de las victorias, y a darse por vasallos de Su Majestad, y a ver cosa tan temida, como de ellos fue México, si era verdad que estaba por el suelo, y todos traían grandes presentes de oro que daban a Cortés, y aun traían consigo a sus hijos pequeños y les mostraban a México, y, como solemos decir aquí fue Troya, se lo declaraban.

Dejemos esto, y digamos una plática que es bien que se declare porque me dicen muchos curiosos lectores que qué es la causa que pues los verdaderos conquistadores que ganamos la Nueva España y la fuente y gran ciudad de México por qué no nos quedamos en ella a poblar y nos venimos a otras provincias; digo que tienen mucha razón de preguntarlo y fuera justo; quiero decir la causa por qué, y es ésta que diré: En los libros de la renta de Montezuma mirábamos de dónde le traían los tributos del oro y dónde había minas y cacao y ropa de mantas, y de aquellas partes que veíamos en los libros y las cuentas que tenía en ellos Montezuma que se lo traían, queríamos ir, en especialmente viendo que salía de México un capitán tan principal y amigo de Cortés como fue Sandoval, y también como veíamos que en los pueblos de la redonda de México no tenían oro, ni minas. ni algodón, sino mucho maíz y magueyales, de donde sacaban el vino, a esta causa la teníamos por tierra pobre, y nos fuimos a otras provincias a poblar, y todos fuimos muy engañados.

Recuérdome que fui a hablar a Cortés que me diese licencia para ir con Sandoval, y me dijo: En mi conciencia, señor Bernal Díaz del Castillo, que vivís engañado, que yo quisiera que quedárades aquí conmigo; mas es vuestra voluntad de ir con vuestro amigo Sandoval, id en buena hora; yo siempre tendré cuidado de lo que se os ofreciere: mas bien sé que os arrepentiréis por dejarme.

Volvamos a decir de las partes de oro, que todo se quedó en poder de los oficiales del rey por los esclavos que se habían sacado en las almonedas. No quiero poner aquí por memoria qué tantos de a caballo, ni escopeteros ni ballesteros, ni soldados, ni en cuántos días de tal mes despachó Cortés a los capitanes por mí memorados que fuesen a poblar las provincias por mí arriba dichas, porque sería larga relación; basta que diga que pocos días después de ganado México y preso Guatemuz, y desde ahí a otros dos meses, envió Cortés a otros capitanes a otras provincias. Dejémoslo ahora de hablar de Cortés, y diré que en aquel instante vino al puerto de la Villa Rica Cristóbal de Tapia, con dos navíos, el cual era veedor de las fundiciones que se hacían en la isla de Santo Domingo; otros dijeron que era alcalde de la fortaleza de aquella isla; y traía provisiones y cartas misivas de don Juan Rodriguez de Fonseca, obispo de Burgos, arzobispo de Rosano, que enviaba en nombre de Su Majestad para que Cristóbal de Tapia fuese gobernador de la Nueva España. Y lo que sobre ello pasó diré adelante.

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