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Capítulo LVII

DESPUÉS QUE FUE MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDÓ CORTÉS DE HACERLO SABER A SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DABAN GUERRA. Y LO QUE MÁS PASÓ

Pues como vimos a Montezuma que se había muerto, ya he dicho la tristeza que en todos nosotros hubo por ello, y aun el fraile de la Merced, que siempre estaba con él, se lo tuvimos a mal no atraerle a que se volviese cristiano, y le dió por descargo que no creyó que de aquellas heridas muriese, salvo que él debió mandar que le pusieren alguna cosa con que se pasmó. En fin de más razones mandó Cortés a un papa y a un principal de los que estaban presos, que soltamos para que fuesen a decir al cacique que alzaron por señor, que se decía Coadlavaca, y a sus capitanes cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos le vieron morir, y de la manera que murió y heridas que le dieron los suyos, que dijesen cómo a todos nos pesaba de ello, y que lo enterrasen como a gran rey que era, y que alzasen a su primo de Montezuma, que con nosotros estaba, por rey, pues le pertenecía de heredar, o a otros sus hijos, y que al que habían alzado por señor que no le venía por derecho, y que tratasen paces para salirnos de México, que si no lo hacían, que ahora que era muerto Montezuma, a quien teníamos respeto, y que por su casa no les destruíamos su ciudad, que saldríamos a darles guerra y a quemarles todas las casas, y les haríamos mucho mal. Y porque lo viesen cómo era muerto Montezuma, mandó a seis mexicanos muy principales y los demás papas que teníamos presos que lo sacasen a cuestas y lo entregasen a los capitanes mexicanos y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se quería morir, que aquellos que le llevaron a cuestas se hallaron presentes a su muerte. Y dijeron a Coadlavaca toda la verdad, cómo ellos propios lo mataron de tres pedradas. Y después que así lo vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oímos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban y era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la encomenzaron muy mayor y con gran braveza, y nos decían: Ahora pagaréis muy de verdad la muerte de nuestro rey y señor y el deshonor de nuestos ídolos; y las paces que nos enviáis a pedir, salid acá y concertaremos cómo y de que manera han de ser.

Y decían tantas palabras sobre ello y de otras cosas, que ya no se me acuerda y las dejaré aquí de decir; y que ya tenían elegido un buen rey, que no será de corazón tan flaco que le podáis engañar con palabras falsas como fue a su buen Montezuma; y que del enterramiento que no tuviéramos cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos días no quedaríamos ninguno de nosotros para que tales cosas les enviemos a decir. Y con estas pláticas, muy grandes gritas y silbos y rociadas de piedras y vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego a muchas partes de nuestros aposentos. Y desde que aquello vió Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro día saliésemos del real todos y diésemos por otra parte adonde había muchas casas en tierra firme, y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos y fuésemos hacia la calzada, y que todos los de a caballo rompiesen con los escuadrones y los alanceasen o echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos.

Y esto se ordenó para si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesarían la guerra y se trataría alguna manera de paz para salir libres, sin más muertes y daños. Y puesto que otro día lo hicimos todos muy varonilmente y matamos muchos contrarios, y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fue nonada para el daño que recibimos, alli de muertes como heridas que nos dieron, y no pudimos guardar ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas; y cargaron muchos mexicanos sobre nosotros. y tenían puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocían que podían alcanzar los caballos. Por manera que si muchos trabajos teníamos hasta allí muchos mayores tuvimos adelante. Y dejarlo he aquí, y volvamos a decir cómo acordamos de salir de México. En esta entrada y salida que hicimos los de (a) caballo era un jueves; acuérdome que iba allí Sandoval, y Lares el buen jinete, y Gonzalo Domínguez, Juan Velázquez de León y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de a caballo de los nuestros, y de los de Narváez iban otros buenos jinetes, mas estaban espantados y temerosos, como no se habían hallado en guerra de indios.

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