Capitulo treinta y cinco de Historia verdaddera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Diaz del Castillo. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
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Capítulo XXXV

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA NOS ENVIO OTROS EMBAJADORES CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS, Y LO QUE DIJERON A CORTÉS Y LO QUE ÉL LES RESPONDIÓ

Ya estábamos de partida, para ir nuestro camino a México, vinieron ante Cortés cuatro principales mexicanos que envió Montezuma y trajeron un presente de oro y mantas, y después de hecho su acato, como lo tenían de costumbre, dijeron: Malinche: este presente te envía nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habéis pasado en venir de tan lejas tierras a verle, y que ya te ha enviado decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchiuis en tributo para vuestro emperador y para vos y los demás teules que traéis, y que no vengas a México, y ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde viniste, que él te promete de te enviar al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga, porque ir a México es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no os dejar entrar, y demás de esto, que no tenía camino, sino muy angosto, ni bastimentos que comiésemos. Y dijo otras muchas razones de inconvenientes para que no pasásemos de allí. Y Cortés, con mucho amor, abrazó a los mensajeros, puesto que le pesó de la embajada, y recibió el presente, y les respondió que se maravillaba del señor Montezuma, habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envía a mandar al contrario, y que en cuanto a lo que dice que dará el oro para nuestro señor el emperador y para nosotros, que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envía que en buenas obras se lo pagará el tiempo andando, y que si le parecerá bien que estando tan cerca de su ciudad, será bueno volvernos del camino sin hacer aquello que nuestro señor nos manda; y después que lo haya entendido, si no le estuviere bien nuestra estada en su ciudad, que nos volveremos por donde vinimos, y cuanto a lo que dice que no tiene comida sino muy poco y que no nos podremos sustentar, que somos hombres que con poca cosa que comemos nos pasamos, y que ya vamos camino de su ciudad, que haya por bien nuestra ida.

Y luego en despachando los mensajeros comenzamos a caminar para México, y como nos habían dicho y avisado los de Guaxocingo y los de Chalco que Montezuma había tenido pláticas con sus ídolos y papas que si nos dejaría entrar en México o si nos daría guerra, y todos sus papas le respondieron que decía su Uichilobos que nos dejase entrar, que allí nos podrá matar, según dicho tengo otras veces en el capítulo que de ello habla; y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello, y como aquella tierra es muy poblada, íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y su bendita madre.

Y fuimos a dormir a un pueblo que se dice Iztapalatengo, que está la mitad de las casas en el agua y la mitad en tierra firme, donde está una serrezuela y ahora está una venta, y allí tuvimos bien de cenar. Dejemos esto y volvamos al gran Montezuma, que como llegaron sus mensajeros y oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó de enviar a un su sobrino, que se decía Cacamatzin, señor de Texcuco, con muy gran fausto, a dar el bienvenido a Cortés y a todos nosotros. Y como siempre teníamos de costumbre de tener velas y corredores del campo, vino uno de nuestros corredores (a) avisar que venían por el camino muy gran copia de mexicanos de paz, y que al parecer venían de ricas mantas vestidos; y entonces cuando esto pasó era muy de mañana y queríamos caminar, y Cortés nos dijo que reparásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era. Y en aquel instante vinieron cuatro principales y hacen a Cortés gran reverencia y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Tezcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga, y no tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los mexicanos habíamos visto traer, porque venía en andas muy ricas, labradas de plumas verdes y mucha argentería y otras ricas pedrerías engastadas en arboledas de oro que en ellas traía hechas de oro muy fino, y traían las andas a cuestas ocho principales, y todos, según decían, eran señores de pueblos. Ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés le ayudaron a salir de las andas y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde había de pasar, y desde que llegaron ante nuestro capitán le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo: Malinche: aquí venimos yo y estos señores a servirte y hacerte dar todo lo que hubieres menester para ti y tus compañeros, y meteros en vuestras casas, que es nuestra ciudad, por que así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le perdones porque él mismo no viene a lo que nosotros venimos, y porque está mal dispuesto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene.

Y cuando nuestro capitán y todos nosotros vimos tanto aparato y majestad como traían aquellos caciques, especialmente el sobrino de Montezuma, lo tuvimos por gran cosa y platicamos entre nosotros que cuando aquel cacique traía tanto triunfo, qué haría el gran Montezuma. Y como el Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas quiricias a él y a todos los más principales, y le dió tres piedras que se llaman margaritas, que tienen dentro de si muchas pinturas de diversos colores; y a los demás principales se les dió diamantes azules; y les dijo que se lo tenía en merced, y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace. Y acabada la plática, luego nos partimos, y como habían venido aquellos caciques que dicho tengo, traían mucha gente consigo y de otros muchos pueblos que están en aquella comarca, que salían a vernos, todos los caminos estaban llenos de ellos, que no podíamos andar, y los mismos caciques decían a sus vasallos que hiciesen lugar, e que mirasen que éramos teules, que si no hacían lugar nos enojaríamos con ellos. Y por estas palabras que les decían nos desembarazaron el camino e fuimos a dormir a otro pueblo que está poblado en la laguna, que me parece que se dice Mezquique, que después se puso nombre Venezuela, y tenía tantas torres y grandes cúes que blanqueaban, y el cacique de él y principales nos hicieron mucha honra, y dieron a Cortés un presente de oro y mantas ricas, que valdría el oro cuatrocientos pesos; y nuestro Cortés les dió muchas gracias por ello. Allí se les declaró las cosas tocante a nuestra santa fe, como hacíamos en todos los pueblos por donde veníamos, y, según paresció, aquellos de aquel pueblo estaban muy mal con Montezuma, de muchos agravios que les había hecho, y se quejaron de él. Y Cortés les dijo que presto se remediaría, y que ahora llegaríamos a México, si Dios fuese servido, y entendería en ello.

Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veian si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé como lo cuente; ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos. Pues desde que llegamos cerca de Estapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir, que fue el señor de aquel pueblo, que se decía Coadlabaca, y el señor de Culuacán, que entrambos eran deudos muy cercanos de Montezuma. Y después que entramos en aquella ciudad de Estapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios y cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con paramentos de algodón. Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta y jardín, que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar, y de las aves de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque. Digo otra vez lo que estuve mirando, que creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como éstas, porque en aquel tiempo no había Perú ni memoria de él. Ahora todo está por el suelo, perdido que no hay cosa.

Pasemos adelante, y diré cómo trajeron un presente de oro los caciques de aquella ciudad y los de Cuyuacán que valía sobre dos mil pesos, y Cortés les dió muchas gracias por ello y les mostró grande amor, y se les dijo con nuestras lenguas las cosas tocantes a nuestra santa fe.

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