Índice de Autobiografía de la Revolución Mexicana de Emilio Portes GilCAPÍTULO I -La propiedad territorial - La propiedad eclesiásticaCAPÍTULO III - El porfirismo - La dictadura porfirianaBiblioteca Virtual Antorcha

AUTOBIOGRAFÍA DE LA
REVOLUCIÓN MEXICANA

Emilio Portes Gil

CAPÍTULO SEGUNDO

LA PROPIEDAD TERRITORIAL DURANTE LA REFORMA

EL PLAN DE AYUTLA.
Constitución de 1857. Comonfort da el golpe de Estado y desconoce la Constitución de 1857. La Ley Juárez. Ley de nacionalización. Ley de desamortización. El Imperio. Muerte de Juárez. Exaltación al poder de Lerdo de Tejada. La revolución de Tuxtepec. Caída de Lerdo


El día 1° de marzo de 1854 se promulgó por don Juan Alvarez el Plan de Ayutla en la ciudad de ese nombre.

Dicho Plan fue reformado días después en Acapulco con la intervención de los coroneles don Ignacio Comonfort y don Florencio Villarreal.

El triunfo de la Revolución de Ayutla fue rápido, pues contó con la simpatía y el apoyo de los militares y de gran parte del pueblo, cansado ya de la brutal tiranía de Santa Ana.

El 24 de septiembre de 1855, llegó don Juan Alvarez a Iguala, convocando para el día 4 de octubre a una Junta Nacional que debería reunirse en la ciudad de Cuernavaca, a fin de nombrar un presidente interino conforme al Plan de Ayutla. Esta Junta nombró al general Alvarez, quien con ese carácter convocó a un Congreso extraordinario que constituyera la Nación bajo la forma de República democrática representativa, para que se reuniese el día 14 de febrero de 1856, en Dolores; pero un nuevo decreto fijó la Capital de la República para dicho Congreso Constituyente.

Una vez que el Presidente Alvarez integró su gabinete, surgieron las desavenencias por los diferentes criterios, particularmente entre el Ministro de Guerra, Comonfort, partidario de la contemporización, y dbn Melchor Ocampo, radical.

La Revolución de Ayutla, que llevó al poder al general Alvarez, fue eminentemente popular, bien orientada. Los claros espíritus liberales que coadyuvaron con el Presidente significaban una esperanza de progreso en el futuro de la República. Pero como siempre, el clero siguió en su tenaz oposición, y las circunstancias obligaron al Presidente a renunciar, probablemente por el delito de haber dictado la Ley de Desamortización de 25 de junio de 1856 denominada Ley Juárez. En efecto, esta ley fue del grande hombre de la Reforma, el Benemérito Patricio don Benito Juárez, prohombre de nuestra Patria, antiguo Gobernador de Oaxaca, que fue rudamente perseguido por el dictador Santa Ana por sus esclarecidas ideas liberales y que se afilió a la Revolución de Ayutla. En el Gabinete del general Alvarez fue nombrado para el despacho de la Secretaría de Justicia, y desde ese puesto comenzó su ofensiva contra el clero.

Habiendo renunciado el cargo de presidente de la República don Juan Alvarez, fue nombrado para substituirlo don Ignacio Comonfort.

En 1856 se reunió el Congreso Constituyente, que aprobó la Constitución del 5 de febrero de 1857.

Se dió principio a la discusión de las reformas políticas del partido liberal. Se hizo el estudio de la Ley Juárez, que fue ratificada contra la oposición de Castañeda. Las ideas moderadas de Comonfort amenazaban romper la buena armonía con el Congreso. El Ministro de Hacienda, don Miguel Lerdo de Tejada, presentó para su aprobación al Congreso una Ley que indicaba que, siendo uno de los obstáculos mayores para la prosperidad y engrandecimiento de la NaCión, la falta de movimiento o libre circulación de una gran parte de la propiedad raíz, base fundamental de la riqueza pública, el Presidente, en uso de las facultades que le concedía el Plan de Ayutla, había decretado lo siguiente:

1.- Todas las fincas rústicas y urbanas que hoy tienen o administran como propietarios las corporaciones civiles o eclesiásticas de la República, se adjudicarán en propiedad a los que las tienen arrendadas por el valor correspondiente a la renta que en la actualidad pagan calculada como 6% anual.

2.- Las mismas adjudicaciones se harán a los que hoy tienen a censo enfitéutico fincas rústicas o urbanas de corporaciones, capitalizando al 6% el cánon que paguen para determinar el valor de aquéllas.

3.- Bajo el nombre de Corporaciones se comprenden todas las comunidades religiosas de ambos sexos, cofradías y archicofradías, congregaciones, hermandades, parroquias, ayuntamientos, colegios y en general todo establecimiento o fundación que tenga el carácter de duración perpetua o indefinida.

4.- Las fincas urbanas arrendadas directamente por las corporaciones a varios inquilinos, se adjudicarán capitalizando la suma de arrendamientos a aquel de los actuales inquilinos que pague mayor renta y en caso de igualdad, al más antiguo. Respecto de las rústicas que se hallan en el mismo caso, se adjudicará a cada arrendatario la parte que tenga arrendada.

Estos primeros artículos de la Ley Lerdo, motivaron que el Arzobispo de México manifestara que su conciencia no le permitía cumplir con la ley, proponiendo al Papa que arreglase el negocio, contestando don Ezequiel Montes, que el Gobierno no reconocería superior alguno para el arreglo de las cosas puramente temporales de su país, pudiendo recurrir el Arzobispo al Papa para tranquilizar su conciencia. La Ley fue aprobada por 84 votos contra 8. Al proyecto de Constitución se le había dado lectura el 16 de junio y el 4 de julio empezó la discusión, y grande fue la sorpresa cuando se levantó la excelsa figura del Nigromante (don Ignacio Ramírez) impugnando el preámbulo de la Constitución en que se invocaba el nombre de Dios. Palabras imborrables del insigne maestro que habrán de meditar todavía muchas generaciones de mexicanos:

Es muy respetable el encargo de formar una Constitución para que yo comience mintiendo.

Y así, en cada uno de los preceptos de ese imperecedero cuerpo político fueron cristalizándose cada una de las principales conquistas del credo liberal. La Constitución había sido expedida el 5 de febrero y promulgada el 17 de marzo, mandando que fuera jurada por todas las autoridades y empleados de la República.

La Constitución de 1857 definió con claridad y precisión todo lo relativo a las garantías individuales, a la organización política de la República, adoptando el sistema republicano y federalista y el establecimiento de la Escuela Laica.

Fue en el año de 1857 cuando se comenzó a forjar la verdadera nacionalidad mexicana. Las Leyes de Reforma, que privaron a la Iglesia de los enormes recursos que poseía, algo más de 300 millones de pesos fueron el principio de la lucha que don Benito Juárez sostuvo hasta acabar con el Imperio de Maximiliano. Fue entonces cuando el pueblo de México inició su verdadera emancipación política, económica y social.

Mas el Congreso Constituyente de 57, dejó sin solución el problema agrario. Sí es enaltecedor para aquella Asamblea, el hecho de que en su seno hubo hombres que vieron con toda claridad el problema fundamental de la tierra. De interés a este respecto, citaremos los discursos pronunciados por los constituyentes Castillo Velasco y Arriaga. El primero, enfáticamente asentaba:

Por más que se tema a las cuestiones de propiedad, es preciso confesar, que en ellas se encuentra la resolución de casi todos los problemas sociales. De nada servirá reconocer esa libertad -la municipal- en la Administración, y más bien sería una burla, para muchos pueblos, que si han de continuar como hasta ahora, sin terrenos para el uso común, y han de continuar como hasta ahora, agobiados por la miseria, y sus desgraciados habitantes no han de tener un palmo de terreno en qué ejecutar las obras que pudieran convenirles.

Y el segundo, Arriaga, cuando presentó su proyecto de Ley Agraria, declaraba:

Que era contrario al bien público y a la índole del Gobierno Republicano, la existencia de grandes posesiones territoriales en poder de una o de pocas personas.

Mientras que pocos individuos están en posesión de inmensos e incultos terrenos que podrían dar subsistencia para muchos millones de hombres, un pueblo numeroso, crecida mayoría de ciudadanos, gimen en la más horrenda pobreza, sin propiedad, sin hogar, sin industrias, ni trabajo; poseedores de tierras hay en la República, que en fincas de campo o haciendas rústicas ocupan (si se puede llamar ocupación a lo que es inmaterial y puramente imaginario), una superficie de tierra mayor que la que tienen nuestros Estados soberanos, y aún más dilatada que la que alcanzan alguna o algunas naciones europeas. En esta gran extensión territorial, mucha parte de la cual está ociosa, se ven diseminados cuatro o cinco millones de mexicanos, que sin más industria que la agrícola, careciendo de materia prima y de todos los elementos para ejercerla, no teniendo a dónde ni cómo emigrar, con esperanza de una honesta fortuna, o se hacen perezosos u holgazanes cuando no se lanzan ai camino del robo y de la perdición, o necesariamente viven bajo el monopolio que o los condena a la miseria, o les impone condiciones exorbitantes.

Mas, desgraciadamente esas nobles ideas no fueron incluidas para nada en el Código de 57, Y ni siquiera mereció el voto particular de Arriaga el honor de ser incluido en la historia del Constituyente.

Ante aquella situación en que se había consumado el triunfo del Partido Liberal, el Partido Conservador y el clero estaban al acecho de los acontecimientos políticos, y esta labor fue coronada con el apoderamiento de la conciencia y de la voluntad del Presidente Comonfort, quien, de acuerdo con el general Zuloaga, promulgó el Plan de Tacubaya, que desconoció la Constitución de 57, encarcelando a Juárez.

Al salir Comonfort de la capital, Juárez quedó en libertad, asumiendo por Ministerio de Ley, siendo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el cargo de Presidente de la República, interino, y el 14 de abril de 1858 embarcó Juárez en Manzanillo en unión de Ocampo, Ruiz, Guzmán y Prieto, llegando a Veracruz el 4 de mayo del mismo año.

La lucha contra el clero y el Partido Conservador se recrudece. pero la fe de Juárez es inmensa, su actividad prodigiosa, su talento claro y preciso sobre la grandiosa obra que está llevando a cabo.

El 12 de julio de 1859 se expidió la Ley de Nacionalización, en virtud de la cual todas las propiedades pertenecientes a la iglesia, pasaron ipso facto al dominio de la Nación, sin necesidad de ninguna otra medida. Por efecto de esta ley quedaron inhabilitadas las corporaciones eclesiásticas, comprendiéndose los conventos y todas las instituciones representadas por la iglesia, o dependientes de ella, para adquirir más bienes raíces que los destinados exclusiva y directamente al servicio de la institución. Es decir, la iglesia, sólo podía poseer, no en calidad de propietaria, las iglesias que por virtud de la Ley de Nacionalización pasaron a ser propiedad del Estado.

La Ley de Nacionalización produjo efectos económicos y políticos de importancia. Desde luego, gran parte de las grandes propiedades que poseía el clero, independientemente de las que pasaron a poder de la Nación, fueron adjudicadas a sus poseedores, que ocurrían con el carácter de denunciantes o con el de arrendatarios. Con este motivo hubo un movimiento de propiedad. Se produjo una titulación enteramente nueva. La venta de las propiedades tenía que hacerse en subasta pública.

Tanto la Ley de Desamortización como la Ley de Nacionalización fueron declaradas constitucionales.

Don Jacinto Pallares, sabio jurisconsulto mexicano, expresa en su obra:

Teniendo el clero un capital que ascendía a ocho millones anuales, con dignatarios que tenían sueldos de $130,000.00 el Obispo de México; $110,000.00 el de Puebla; $110,000.00 el de Michoacán; $90,000.00 el de Jalisco; ... $35,000.00 el de Durango, etc., con una organización privilegiada y con fueros que los sustraían a la Soberanía Nacional, no era posible que el gobierno mexicano se hiciera obedecer de esa clase poderosa, cuando apenas tenía un presupuesto anual de 24 millones y sus Presidentes o Jefes de la Nación jamás han ganado más de $36,000.00. La Nacionalización de los bienes eclesiásticos fue, pues, una obra a la vez económica y política; económica, porque hacía entrar en la circulación y en las corrientes fecundas de la propiedad individual 200 millones de pesos de inmuebles y capitales hipotecarios, cuyos productos se dedicaban a gastos superfluos de procesiones, solemnidades, sostenimiento de conventos inútiles, etc.; y política, porque desarmaba al clero, cuyas tendencias opuestas por naturaleza propia a las tendencias progresistas de todo gobierno civil, habíanle impulsado a invertir los fondos que administraba en intrigas y revoluciones continuas desde la escalada en 1833, a favor de los fueros, hasta la de Puebla, en 1856, en contra del programa de Ayutla.

Por fin, entra Juárez a la ciudad de México el 11 de enero de 1861, integrando su gabinete y publicando su programa que decía:

Las Leyes de Reforma no son como se ha dicho, el espíritu de Partido, una hostilidad contra la religión que profesa la mayoría de los mexicanos; lejos de eso, otorgan a la iglesia la más amplia libertad; la dejan independiente para que obre en los espíritus y en la conciencia; la apartan del bastardo influjo de la política y hacen cesar aquel fatal consorcio de las dos potestades que producía el escándalo unas veces, que los gobiernos abusaran del nombre de la religión, oprimiéndola y otras de que el clero se convirtiera en instrumento de dominación. El Gobierno está resuelto a llevar a cabo las reformas decretadas, a plantearlas en la República entera y a que se hagan sentir sus beneficios, derramándose y descendiendo desde la cumbre de la sociedad hasta las clases más desvalidas.

Por supuesto, el Partido clerical no podía conformarse con su derrota (que, como lo expresa más tarde, una carta de la Emperatriz Carlota a la Emperatriz Eugenia: Con gusto dejarían sus sitiales y su cruz, pero no sus rentas); intentó un supremo esfuerzo para derrocar a Juárez y salvar los bienes del clero por los que cien veces vendiera a la Patria.

Su odio a Juárez, lo describe hermosamente Emilio Olivier en su libro sobre la Intervención Francesa:

Se unieron a él los mexicanos a causa de su probidad personal y del vigor de sus convicciones; lo siguieron todos los criollos que profesaban las ideas modernas. En cambio el odio de las clases reaccionarias y del clero contra aquel hombrecillo incorruptible, y que venía de tan abajo, no tenía límites.

Una comisión de reaccionarios encabezada por Juan N. Almonte e inspirada por el inquieto Arzobispo de México, Labastida, salió con rumbo a Europa y de sus maquinaciones ni siquiera se ufanaron abiertamente los propios reaccionarios. Se hizo creer a Napoleón III, que el elemento sano de México deseaba una influencia extranjera para restablecer la paz perturbada por facciones que describían con tristes caracteres. El mismo historiador citado, que estuvo en México con el ejército francés, en el capítulo I, página 8 de su obra, trata así al Partido Clerical, después de alabar y describir vigorosamente la personalidad de Juárez:

La conducta de los conservadores fue muy distinta. Trataban a su desgraciada Patria como a un país conquistado a sangre y fuego.

A la llegada de las tropas invasoras y después de violados los convenios de la Soledad, los franceses avanzaron hacia México, poco a poco fueron cayendo en la cuenta del engaño que habían sufrido, lo que hizo escribir al general Lorencez las siguientes palabras, que ya habían pronunciado Prim y Wyke:

No tenemos aquí a nadie en nuestro favor. El Partido Reaccionario, aniquilado casi, es aborrecido.

Los liberales se han apoderado de los bienes del clero, y esos bienes constituyen la mayor parte de México.

No obstante, las muestras que por parte del pueblo iban recibiendo los franceses, de no ser bien venidos, hubo un momento (cuando el cabildo metropolitano recibió al ejército invasor con solemne tedéum en la catedral, encabezado por el general Forey, el insolente Almonte y el traidor Márquez), en que Forey pudo creer que efectivamente una fracción insignificante se oponía a los planes conservadores, que ellos defendían la voluntad del pueblo, y por algún tiempo así se le hizo creer al Emperador, tanto más, cuanto que el general Forey no veía con sus propios ojos, sino con los de Dubois de Saligny, a quien el Emperador le había encomendado tomara por guía y por orientador como profundamente empapado en el conocimiento del pueblo y de la política mexicana.

La comisión clerical seguía en Europa y sus actividades tan sólo se traducían en el sentido de las disposiciones de Napoleón y en la forma con que iban guiando la táctica del ejército francés, pues dicha comisión, órgano e instrumento del partido clerical, servía de lente a través del cual iba el Emperador enfocando la cuestión de México e interpretando los diversos informes que recibía.

Así fue como a pesar de que antes de tomar en serio la candidatura el Archiduque Maximiliano, quiso que en todo México se hiciera una votación numérica de todos los habitantes, llegó a convencerse de que si la votación no era una verdad absoluta, cuando menos era lo suficiente para esperar con fundamento la consolidación del trono.

Saligny era el político aliado del clero, el que dirigía la maniobra ante el ejército; y cuando el gobierno provisional para la regencia se instaló y quedó aceptada la corona por Maximiliano, Saligny pudo jactarse de haber entronizado al retrógrado Partido Clerical como lo llamaba Olivier.

Así describe este autor el momento en que el Partido Reaccionario alcanzó el triunfo que creyó definitivo.

Los vencedores quisieron aprovecharse de su triunfo; hicieron saber a los tenedores de bienes nacionalizados que no los consideraban como propietarios. Los arrendatarios fueron advertidos que no pagaran sus rentas, porque se expondrían a pagar dos veces; los últimos sacramentos y la sepultúra cristiana fueron negados a aquellos que se rehusaron a hacer la restitución. Una disposición gubernativa prohibió que se trabajara en domingo. Otra prescribía que todos se arrodillaran cuando pasara el Santísimo Sacramento y permanecieran así hasta que lo hubiesen perdido de vista. Las actas del Registro Civil fueron devueltas al clero y restablecidos los títulos de nobleza, así como la antigua Orden de Guadalupe; como buitres que persiguen el olor de un cadáver, los jefes del partido retrógrado acudieron; el hijo de Santa Ana desembarcó en Veracruz para preparar el terreno a su padre, y Miramón llegó a México.

Estaban preparados para un triunfo ruidoso, definitivo. Pronto llegaría el Emperador, serían derogadas las Leyes de Reforma. Los ansiados bienes de la iglesia, que eran el verdadero motivo que tuvieron los reaccionarios para provocar la intervención, volverían al poder del clero, y éste recibiría la recompensa de su traición, volviendo a dominar como amo y señor.

Pero la ilusión duró poco. Llegó el Emperador, se le recibió con un falso aparato de solemnidad organizado por el Partido Clerical, y se le dio a entender que había venido a servir los intereses del Partido Conservador.

Cuál no sería la sorpresa de los clericales al encontrarse con que el Emperador no estaba dispuesto a ser como blanco de sus miras y proteger los intereses del clero, sino seguir una política conciliatoria ratificando las leyes de Nacionalización de los bienes de la iglesia. Tal vez este cambio de rumbo no haya sido espontáneo sino dictado por Napoleón III, pues las siguientes citas de Olivier ponen en claro esta cuestión:

Un cambio completo se había operado en el ánimo del emperador, había logrado ver a través de la nube de mentiras en que lo habían envuelto, había adivinado de qué labor reaccionaria se le quería hacer instrumento; había resuelto cambiar de rumbo y al llamar a Saligny despedía al Partido Conservador, promotor de la expedición.

Y en otra parte agrega:

Hizo conocer a Bazaine las nuevas instrucciones del emperador. Anuló el decreto de los secuestros y todas las demás medidas reaccionarias dictadas por la Regencia; y aunque difirió el momento de dar seguridades a los tenedores de los bienes del clero, hasta que llegara Monseñor Labastida ...

Este le expuso que había regresado con el objeto de reconstruir el dominio arrebatado al clero y Bazaine, estupefacto, contestó que sus instrucciones le prescribían lo contrario. El prelado contestó que había expuesto sus ideas a S. M. quien había parecido aprobarlas; y que su dignidad y su conciencia le vedaban aceptar cualquier solución antes de ser autorizado por el Santo Padre.

Existen otros varios pasajes en que el mismo Mariscal Bazaine tuvo fuertes choques con el Arzobispo; por cuya resistencia declaró que se había vuelto insoportable. Y dice Olivier:

Que siete Obispos se unieron al Arzobispo para protestar contra lo que llamaban expoliación de la iglesia y amenazaron con excomunión mayor a los que cooperaran en ella (naturalmente aludiendo incluso al mismo emperador); llegaron a descubrir tan a las claras el verdadero sentir de su actitud, diciendo sin ambages que, si reconocían la validez de la enajenación de los bienes de la iglesia ¿de qué había servido la intervención? El Emperador había sido llamado por ellos para derogar las leyes de Juárez, no para ratificarlas y ejecutarlas.

Con las anteriores citas, y especialmente con la última que contiene declaraciones del clero, ya no se podrá dudar del verdadero sentir de la intervención; de quiénes fueron sus autores y de la responsabilidad que cabe al funesto y ambicioso clero en los pasos más amargos de nuestra historia patria.

El desenlace de aquella traición del clero, de Almonte y de algunos otros malos mexicanos se conoce de sobra, la caída del Imperio y el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas. La tragedia de 1867. Dice el doctor Parra:

Consumó e hizo definitivo y nacional el triunfo de las ideas liberales y reformistas. En 1861, el Partido Conservador sólo había quedado vencido y desarmado, pero existía, se agitaba y era un amago constante a la conservación de la paz y justamente a sus intrigas se debió la falsa tentativa de establecer en México un imperio; pero después del espantoso derrumbe de éste, el Partido Conservador quedó desorganizado, dejando de figurar en el escenario político para ocupar su puesto en la historia.

Al restablecer el gobierno legítimo don Benito Juárez, como presidente interino de la República, dirige a la Nación un optimista y vigoroso manifiesto:

Mexicanos, decía, os saludo por la restauración de la paz y por los opimos frutos de las victorias que lograron nuestras huestes valerosas ...

Gracias a vosotros que aprendisteis a acometer y rematar la empresa gigantesca de la democracia en México, no existe en la tierra de Hidalgo y de Morelos la oligarquía armada, y la otra más terrible del clero, que parecía incontrastable por la influencia del tiempo, de los intereses y de los prestigios. Fue la reforma el paladín de la democracia y el pueblo ha derramado profusamente su sangre por hacerla triunfar de todos sus enemigos. Ni la libertad, ni el orden constitucíonal, ni el progreso, ni la paz, ni la independencia de la Nación hubieran sido posibles fuera de la Reforma.

El 18 de julio de 1872 falleció el Presidente de la República don Benito Juárez, cuya vida estuvo siempre al servicio de la Patria. Había salvado las instituciones republicanas consignadas en la Constitución Política de 5 de febrero de 1857 y expedido e implantado las Leyes de Reforma.

A don Sebastián Lerdo de Tejada, liberal a todas luces y colaborador talentoso y enérgico de Juárez, al entrar a la Presidencia de la Repúbiica como presidente interino, substituyendo al Benemérito, le tocó expedir los importantísimos decretos de septiembre, noviembre y diciembre del 74, aclarando y precisando los principios reformistas, tales como: La independencia entre la iglesia y el Estado, la civilidad del contrato de matrimonio, la prohibición de todas las instituciones religiosas de adquirir bienes raíces ni capitales impuestos sobre ellos, la substitución del juramento religioso por la formal protesta de decir la verdad y de cumplir las obligaciones que se contraen; la negativa de reconocimiento y de posible erección o establecimiento de órdenes monásticas; la creación de la Cámara de Senadores; el establecimiento de la libertad de imprenta sin más límites que el respeto a la vida privada, a la moral y a la paz pública; la prohibición de la instrucción religiosa y de las prácticas oficiales de cualquier culto en todos los establecimientos de la Federación, Estados o Municipios; la verificación pública de los actos religiosos fuera de los templos y de los trajes especiales y distintivos de los ministros o legatarios hecha a favor de estos últimos, así como la definitiva negación de todos los privilegios de que disfrutaban, ante la ley; la capacidad de los Estados de la Unión para legislar sobre el estado civil de las personas y la creación de las oficinas del Registro Civil.

Los enemigos del presidente Lerdo eran numerosos, y entre ellos se contaba el general Porfirio Díaz, que había aspirado a la presidencia desde que vivía el señor Juárez; los levantamientos se sucedían unos a otros y, aprovechando esta circunstancia, en enero de 1876, el general Díaz proclamó el Plan de Tuxtepec, en el cual se declara Ley Suprema de la nación, la Constitución de 57, se consigna el principio de la no reelección del presidente y de los gobernadores de los Estados y se desconoce al presidente Lerdo.

Como consecuencia de la revolución de Tuxtepec, fue derrocado el presidente don Sebastián Lerdo de Tejada.

El general Porfirio Díaz, al triunfo del Plan de Tuxtepec se proclamó presidente de la República, sin sujetarse a los términos del plan que lo llevó al poder, y durante su gobierno se dedicó a preparar para el futuro su primera reelección.

Concluido el primer período del general Díaz, ocupó la presidencia el señor general don Manuel González, y al finalizar su gobierno fue electo presidente nuevamente el general Díaz.

En este segundo período lo primero que procuró el general Díaz fue lograr su permanencia indefinida en el poder, y lopara conseguirlo, reformó la Constitución las veces que lo estimó necesario y según lo indicaban las conveniencias de su política, siendo ayudado para ello por los gobernadores de los Estados, que eran designados por él y escogidos entre sus amigos, partidarios y allegados incondicionales que también se perpetuaban en esos gobiernos.

Debemos reconocer los mexicanos que la ilustre generación de la Reforma no ha sido superada y difícilmente puede serlo en el porvenir.

Don Juan Alvarez fue un famoso caudillo liberal. A los veinte años era soldado de la Independencia con Morelos. Dio ejemplo de singular patriotismo y dejó voluntariamente la Presidencia de la República a don Ignacio Comonfort, retirándose a vivir a su tierra. Murió pobre.

Don Benito Juárez inició sus estudios en el Instituto de Oaxaca, y diez años después recibía el título de abogado. Fue Regidor del Ayuntamiento; después diputado, juez del ramo civil, Secretario de Gobierno, Gobernador, Ministro de Gobernación, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Presidente de la República. Difícilmente volverá a contar México con un hombre de sus méritos por sus condiciones y sacrificios. Luchó contra todas las intervenciones extranjeras; luchó contra el mal clero; contra el imperialismo y contra todas las injusticias. Murió pobre.

Gómez Farías, inmaculado y gran reformador, iniciador de las leyes que privaron al clero de sus inmensas riquezas. El doctor Mora juzga así a este gran patriota:

Nada hubo de personal en ese generoso esfuerzo, nada que no pueda ponerse a la vista del público, o de que Gómez Farías deba avergonzarse: investido del peligroso poder dictatorial, y en la tormenta más difícil, él salió con las manos vacías de dinero y limpias de la sangre de sus conciudadanos.

Don Ignacio Comonfort participó con Santa Ana en el movimiento contra el presidente Bustamante y más tarde como lugarteniente del general Alvarez. Fue uno de los personajes más importantes de la Revolución de Ayutla que derrotó al dictador. Desgraciadamente, en un momento de vacilación transigió con la derecha y desconoció la Constitución, huyendo al extranjero.

Altamirano sostenía que la cultura y la educación lo mismo puede enaltecer a los blancos que a los indios y a los mestizos. Abandonó la escuela para afiliarse al Partido Liberal que proclamó el Plan de Ayutla en contra de la dictadura de Santa Ana. En la Guerra de Tres Años luchó por la Reforma como soldado y como periodista, adquiriendo gran popularidad. En Europa se le llamaba el Dantón de América. Fue soldado cuando la patria necesitaba su espada; orador cuando el país requirió de su palabra candente; la juventud le llamó maestro. El pueblo poeta. Murió pobre.

Guillermo Prieto. Gran hacendista, escritor destacado. Fue actor en las guerras civiles e invasiones extranjeras, y de la Reforma, perseguido, desterrado por su obra liberal. Gran costumbrista.

Ramírez el Nigromante. Gran liberal, Se le considera Precursor de la Reforma. Gran polemista. Al triunfo de la revolución de Ayutla fue nombrado Ministro de Justicia y en mayo de 1870 hizo entrega de la cartera para volver a la Corte como Magistrado. Este fue el último cargo; sirvió siempre con honestidad y eficiencia para retirarse a su hogar enfermo y pobre.

Lerdo de Tejada. Ilustre político y hacendista, Presidente del Ayuntamiento en 1852. Fue víctima de la reacción clerical. La Revolución de Ayutla lo llevó al Ministerio de Hacienda. En 1856 promulgó la famosa Ley de Desamortización de los Bienes del Clero, antecedente jurídico de las posteriores Leyes de Reforma. Luego fue Magistrado de la Suprema Corte de la Nación. Ahí murió pobre.

Ocampo, uno de los más aguerridos campeones de la libertad y de las Leyes de Reforma, insigne colaborador de Juárez. Retirado de la política en su hacienda de Michoacán, fue villanamente asesinado por una partida de reaccionarios clericales.

Zarco, convencido liberal, político, historiador de gran prestigio. Luchador infatigable. Murió pobre.

Arriaga, liberal incorruptible, campeón de la Reforma Agraria en el Constituyente de 57, político, orador, periodista, colaborador de Juárez. Murió pobre.

Ignacio Zaragoza. Nació en la Bahía del Espíritu Santo, antigua provincia de Nuevo Santander, hoy Tamaulipas. Ministro de la Guerra de Juárez, de cuyo cargo se separó para combatir al antes invencible ejército francés, al que derrotó en Puebla el 5 de mayo de 1862, cubriéndose de gloria.

Y grandes de la Reforma fueron también Santos Degollado, Manuel Doblado, Jesús González Ortega, José María Lafragua, Juan José de la Garza, Ignacio de la Llave, Juan C. Doria, Juan José Paz, Leandro Valle, Miguel Lerdo de Tejada, José María Iglesias, Pedro José Méndez, Ignacio L. Vallarta y Ramón Corona.

Índice de Autobiografía de la Revolución Mexicana de Emilio Portes GilCAPÍTULO I -La propiedad territorial - La propiedad eclesiásticaCAPÍTULO III - El porfirismo - La dictadura porfirianaBiblioteca Virtual Antorcha