Índice de La República de PlatónAnteriorBiblioteca Virtual Antorcha

LIBRO DÉCIMO


Segunda parte


VIII

- Y bien -dije yo-, puesto que volvemos a tratar de la poesía, debiera justificar el que la hayamos desterrado de la ciudad: sencillamente, la razón nos lo ha dictado. Añadamos, si acaso, para que la poesía no nos acuse de dureza y de rusticidad, que ya viene de antiguo la disensión entre la filosofía y la poesía. Pues ahí están los dichos de la perra arisca que ladra a su dueño o del hombre grande que grita en los círculos de los necios, o de la multitud de sabios que imperan sobre Zeus, o de los solícitos y sutiles por amor de su pobreza y otras mil cosas por el estilo que atestiguan esa vieja oposición. Afirmemos, no obstante, que si la poesía imitativa relativa al placer tuviese alguna razón que argüir en pro de su permanencia en una ciudad bien regida, la recibiríamos con sumo gusto, convencidos del encanto que nos procura. Ahora bien, que esto no nos permita traicionar a todo aquello que nos parece verdadero; porque, ¿no eres tú, querido amigo, uno de los más fascinados por la poesía, especialmente cuando la contemplas a través de Homero?

- Efectivamente.

- ¿No será justo, pues, que le concedamos el derecho a defenderse, bien en una poesía de tipo lírico, bien en cualquier otro verso?

- Nada más natural.

- Démosles también a sus defensores, a esos que no son poetas, pero sí amigos de la poesía, la posibilidad de probar su razón, aunque sea en prosa, demostrando a la vez que la poesía no sólo es grata, sino provechosa para los regímenes políticos y la vida del hombre. Les escucharemos benévolamente, pues buena ganancia obtendríamos si llegase a mostrarse que no solamente es grata, sino provechosa.

- ¿Cómo no íbamos a beneficiaros? -dijo.

- Si eso no hiciesen, querido amigo, tomaremos por modelo la conducta de los enamorados, los cuales, si piensan que no han de obtener provecho de su amor, se alejan de él acudiendo a la violencia si es necesario. Y así nosotros, movidos por el amor de la poesía, alimento de nuestros hermosos regímenes, nos mostraremos bien dispuestos hacia ella en el deseo de que aparezca como la cosa mejor y más verdadera. Mas, hasta que no encuentre razones que abonen su defensa, la escucharemos conjurar con el canto esa misma justificación a que nos referíamos, y a nosotros nos quedará el recurso de acoger su canto para no caer de nuevo en un amor juvenil y multitudinario. Y nos convenceremos, entonces, de que no debe tomarse en serio esa poesía, que ni es apta ni adecuada para la verdad. Pongamos, pues, en guardia al que la escuche y advirtámosle que debe prevenir su régimen interior y reconocer como verdadero todo lo que hemos dicho acerca de la poesía.

- Soy en todo de tu opinión -afirmó.

- Una gran lucha -añadí-, mayor, querido Glaucón, de lo que se piensa, decide acerca de la bondad o de la maldad. Y ni por los honores ni por las riquezas, ni por cargo alguno, ni siquiera por la poesía, conviene descuidar el tratar con la justicia o con cualquier otra virtud.

- También convengo contigo -dijo- después de lo que acaba de afirmarse. Creo que cualquier otro abundaría en lo mismo.


IX

- Y con todo -advertí yo-, aún no hemos hablado de las mayores recompensas a la virtud y de los premios que se le ofrecen.

- Inconcebibles tendrán que ser -dijo-, si todavía superan a todo lo ya dicho.

- ¿Y sería grande acaso -pregunté- lo que transcurre en un tiempo pequeño? Porque todo ese tiempo que separa la infancia de la vejez, bien poca cosa es relativamente a la eternidad.

- Digamos que no es nada -contestó.

- ¿Pues qué? ¿Piensas que un ser inmortal debe tratar en serio un tiempo tan corto y despreciar en cambio toda la eternidad?

- Yo, al menos, no pienso eso -dijo él-. Pero, realmente, ¿a qué te refieres?

- ¿No te das cuenta -dije yo- que nuestra alma es inmortal y que no perece jamás?

A lo que, después de dirigirme una extraña mirada, contestó:

- Nada sé de ello, por Zeus. y tú, ¿podrías decirnos algo?

- Si no me engaño, creo que sí -afirmé-. Y digo más: creo que tú también. Porque la cuestión no encierra dificultad.

- Para mí, desde luego, la tiene -dijo-. Pero te escucharía de buena gana si la cosa es tan fácil como dices.

- Escucha, pues -dije yo.

- Habla entonces -contestó.

- ¿Reconoces la existencia -pregunté- de algo bueno y de algo malo?

- Claro que sí.

- ¿Y tienes acerca de estas cosas el mismo pensamiento que yo?

- Dime cuál es el tuyo.

- Pues el de que lo malo destruye y corrompe, en tanto que lo bueno conserva y aprovecha.

- De acuerdo -dijo él.

- Pues bien, ¿te parece que cada cosa tiene su bien y su mal? ¿Podríamos poner como ejemplo a la oftalmía para los ojos, a la enfermedad para el cuerpo todo, al tizón para el trigo, a la podredumbre para la madera, a la herrumbre para el bronce y el hierro y, como digo, un mal y una enfermedad connatural es a casi todos los seres?

- Desde luego -dijo.

- Cuando alguno de estos males ataca a un ser, ¿no hace que éste se vuelva malo y no termina también por disolverlo y destruirlo enteramente?

- ¿Cómo no?

- Por consiguiente, el mal que cada cosa lleva en sí y su misma perversión es la que acaba por destruirla. Y si no la destruye, no hay cosa alguna que pueda destruirla. Lo que es bueno nunca tendrá poder para disolverla, ni, asimismo, lo que no es bueno ni malo.

- ¿Cómo podría hacerlo? -inquirió.

- Si, pues, encontramos algún ser al que su mismo mal puede volverle malo, sin que por ello sea capaz de disolverle o destruirle, ¿no llegaremos a concluir que a ese ser no le alcanza la muerte?

- Eso parece -dijo.

- Entonces -dije yo-, ¿no hay algo que hace al alma mala?

- Sí que lo hay -contestó-. Todo lo que hace poco mencionábamos: la injusticia, la intemperancia, la cobardía y la ignorancia.

- Pues bien: ¿alguno de estos males puede disolverla o destruirla? Considera la cuestión en su verdadero pu6nto, no vaya a ser que cometamos un error estimando que el hombre injusto e insensato, cuando se le condena por su injusticia, perece realmente a manos de ésta, que es la pervertidora de su alma. He aquí cómo debe mirarse la cosa: la enfermedad habrá de juzgarse como el mal del cuerpo, ese mal que lo disuelve, lo corrompe y lo lleva a no ser siquiera cuerpo; y todas las demás cosas de que hablábamos, influirlas por su privativo mal, acabarán por perderse en el no ser, al contacto o convivencia con ese principio de destrucción ¿O no es así?

- .

- Considera, pues, al alma de la misma manera. ¿Te parece que tanto la injusticia como los demás males que entran en contacto y en convivencia con ella, tienen poder para corromperla y destruirla, e incluso para llevarla a la muerte mediante la separación del cuerpo?

- De ningún modo -afirmó.

- Insensato sería decir, sin embargo -añadí-, que la maldad ajena destruye una cosa, pero no la propia.

- Insensato, desde luego.

- Pues piensa, Glaucón -dije yo-, en el efecto que puede producir la maldad de los alimentos, sea ésta la que sea. Nosotros no creemos que el cuerpo deba perecer, precisamente, por la corrupción de los alimentos, por su putrefacción o por cualquier otra causa, sino que, en ocasión de esa misma corrupción por efecto de los alimentos, decimos que el cuerpo ha perecido bajo la acción de aquéllos, aun siendo la enfermedad la verdadera causa. Si los alimentos son una cosa y el cuerpo otra, nunca podremos concluir que el cuerpo ha sido destruido por un mal extraño, a no ser que este mal venga a ser la causa del mal propio.

- Estás en lo cierto -asintió.


X

- Por esa misma razón -proseguí-, si la maldad del cuerpo no produce en el alma la maldad de ésta, no podremos decir que alcance a destruirla un mal que le es extraño, sin la intervención del propio, esto es: algo ajeno que la ataque.

- Tienes razón -dijo.

- Ahora bien, o contradecimos todo esto como si no fuese verdadero o, mientras subsistan esas razones, digamos que ni por causa de la fiebre o de cualquier otra enfermedad, ni por el degüello, ni por el desmenuzamiento completo del cuerpo en pequeños trozos, ni por todas estas cosas, podrá ser destruida el alma. A no ser, claro está, que alguno nos demuestre que con todos estos padecimientos del cuerpo el alma se vuelve más injusta y más impía. Sólo con la presencia de un mal extraño, pero sin la adición del mal privativo al ser, no hay lugar a decir que se destruye el alma ni cualquier otro ser.

- Ciertamente -afirmó-, nadie podrá mostramos nunca que las almas de los que mueren se hagan más injustas por el hecho mismo de morir.

- Supón, sin embargo -dije yo-, que alguien se atreve a contradecir nuestro razonamiento y a manifestar que el hombre en trance de muerte se hace más vil y más injusto, para no convenir con nosotros en que las almas son inmortales. A nuestro juicio, si quien eso dice, dice realmente verdad, la injusticia será algo así como una enfermedad para el que la lleva dentro. Porque es una causa de muerte por su propia naturaleza, hasta tal punto que quienes la acogen terminan por morir con más o menos prontitud. Con todo, esa muerte nada tiene que ver con la que sufren ahora estos mismos hombres en castigo de su injusticia.

- ¡Por Zeus! -exclamó-, no parece que la injusticia sea cosa muy terrible, si proporciona la muerte a todo aquel que la practica. En este caso, semejaría la liberación de sus propios males. Yo acepto mejor la opinión contraria, esto es, la de que mata, si a mano viene, a los demás, en tanto mantiene pleno de vida y vigilante al que hace uso de ella. Bien lejos está, según parece, de producir la muerte a este hombre.

- Gran verdad es la que dices -asentí yo-. Porque si la propia vileza y el mal propio no son suficientes para matar y destruir el alma, difícilmente podrá provocar su muerte el mal que se destina a otro ser, ni cualquier otra cosa que no tenga que ver con ella.

- Difícilmente -afirmó él- si contamos con la lógica.

- Entonces llega el momento de decir que si no es destruida por mal alguno, propio o ajeno, se evidencia por necesidad que ha de existir siempre; y si existe siempre, es inmortal.

- Por fuerza -dijo.


XI

- Demos por cierta esa afirmación -proseguí-, y, una vez admitida, no creo haya duda para ti respecto a la existencia inalterable de las mismas almas. Su número no podrá disminuir por la sencilla razón de que ninguna perece, y tampoco podrá aumentar, porque si algo más se añadiese a los seres inmortales, está claro que procedería de lo que es mortal, con lo que todo terminaría siendo inmortal.

- Muy cierto, desde luego.

- Pero eso que digo no podemos pensarlo nosotros -afirmé-Ni la razón permite creer que nuestra alma, en su más pura naturaleza, sea algo así, ni que reúna un sinfín de elementos diversos, desiguales y diferentes en relación con su propio ser.

- ¿Cómo dices? -preguntó.

- No resulta fácil -agregué- que lo eterno esté compuesto de muchas cosas y que esta misma composición no sea la más adecuada al alma, tal como nos parecía hace un momento.

- No es, en efecto, lo natural.

- Nos fuerzan, pues, a admitir la inmortalidad del alma esa razón que invocábamos y otras muchas. Ahora bien: cómo es el alma en realidad no se hace patente por la contemplación de su convivencia con el cuerpo y con otros males, tal como ahora la vemos; conviene, por el contrario, percibirla atentamente con el entendimiento y en su prístina pureza, porque sólo así parecerá mucho más hermosa y resplandecerá nítidamente la obra de la justicia y todo lo demás que tratábamos hace poco. Esto que decimos, sin embargo, quede relegado a la situación presente del alma, que nosotros hemos contemplado en la misma disposición que los que veían al marino Glauco sin alcanzar a distinguir fácilmente su primera naturaleza. Y cómo iban a hacerlo si las antiguas partes de su cuerpo, unas habían sido destrozadas y otras se habían consumido o habían perecido por entero víctimas de las aguas, mientras en su lugar surgían cúmulos de conchas, de algas y de piedras que configuraban a este hombre con la apariencia de un monstruo de la Naturaleza. Pues lo mismo cabe afirmar del alma, sujeta a multitud de males. Pero quizá, Glaucón, debamos mirar a otra parte.

- ¿A cuál? -preguntó.

- Creo que hay que considerar su amor al saber y no menos las cosas a las que se dirige y que constituyen su anhelada compañía, por razón de su afinidad a lo divino, a lo inmortal y a todo lo eterno. Nuestra consideración remontará el estado presente del alma para verla, llevada de su esfuerzo, fuera del mar en que ahora se encuentra y desembarazada del piélago de piedras y de conchas que la rodean, por la necesidad que siente de alimento terreno. Porque son esos banquetes que llaman felices los que proporcionan esta masa terrosa, pétrea y silvestre. En esa ocasión, el alma presentará su verdadera naturaleza y podremos ver claramente si es compuesta o simple, o cómo y cuál sea en su estado real; ahora, a mi entender, el camino recorrido nos ha ilustrado convenientemente sobre las facetas y formas que reviste a través de la vida humana.

- Sin duda alguna -dijo.


XII

- Todo eso de que hablamos -dije yo- ha sido desechado con nuestro razonamiento, sin que por ello nos haya cegado la recompensa y la gloria de la justicia, al modo como hicieron, según vosotros, Hesíodo y Homero. Porque, ¿no hemos encontrado que la justicia es en sí misma el mayor bien y que ha de proceder siempre justamente, tenga o no tenga en su poder el anillo de Giges y con él, además, el yelmo que llevaba Hades?

- Verdad es lo que dices -contestó.

- ¿Podrá, pues, Glaucón -añadí-, parecer digno de censura el que devolvamos a la justicia y a las demás virtudes esas ventajas y esos premios que les corresponden y que al unísono les atribuyen los dioses y los hombres, tanto en vida del hombre justo como después de su muerte?

- De ninguna manera -respondió.

- ¿Estaréis dispuestos a restituirme lo que habéis tomado en préstamo en el curso de la discusión?

- ¿A qué te refieres?

- Sabes que os concedí el que el hombre justo puede parecer injusto, y el injusto, justo. Y sabes también que aunque eso mismo no pasa inadvertido para los dioses y para los hombres, había que suponerlo en beneficio de la discusión y para que la justicia en sí fuese juzgada con respecto a la injusticia en sí. ¿O no lo recuerdas?

- Procedería mal -dijo- si no lo recordase.

- Después de formulado ese juicio -advertí-, te pido de nuevo, en nombre de la justicia, que aceptes la reputación que recibe de los hombres y de los dioses; así, podrá ella celebrar sus victorias con los premios convenientes y darlos también a los que la practican, porque ya se ha presentado otorgando los bienes propios y con una limpia ejecutoria para quienes la sirven lealmente.

- No pides nada injusto -afirmó.

- ¿Me concederéis, por tanto, en primer lugar, que ninguno de los dos hombres citados puede ocultar su verdadero ser a la mirada de los dioses?

- Te lo concederemos -dijo.

- Y si no lo ocultan, el uno será querido por los dioses y el otro odiado, conforme a lo que habíamos convenido al principio.

- Así es.

- ¿No convendremos también en que todas las cosas otorgadas por los dioses al hombre amado de ellos han de constituir para éste el mayor de los bienes, salvo algún mal necesario con el que pueda purgar una falta anterior?

- Desde luego.

- Por consiguiente, en cuanto al hombre justo, hemos de precisar todavía que tanto la pobreza como la enfermedad o cualquier otra cosa que parezca un mal resultarán a la postre un claro bien para él, del que disfrutará en vida o después de la muerte. Jamás será olvidado por los dioses aquel hombre que procura por todos los medios hacerse justo y semejarse por entero a la divinidad mediante la práctica rigurosa de la virtud.

- Es natural -dijo él- que un hombre como ése no deba ser abandonado por su semejante.

- Pero acerca del hombre injusto, ¿no tendremos que pensar lo contrario?

- Efectivamente.

- Esos y no otros serán los premios que reciba el justo de los dioses.

- Por lo menos, tal es mi opinión -dijo.

- ¿Y cuáles serán asimismo los que recoja de los hombres? -pregunté- ¿No estaré en lo cierto al afirmar lo que sigue? ¿No les ocurrirá a los hombres malos e injustos lo mismo que a esos corredores, que luego de haber tomado bien la salida, no demuestran tanta rapidez a la llegada? Son ágiles y saltan perfectamente nada más comenzar, pero al final caen en el más grande de los ridículos y se retiran precipitadamente de la carrera con las orejas caídas y sin corona. En cambio, los verdaderos corredores se mantienen íntegros hasta el final, recogen sus premios y reciben a la vez la corona. ¿Y no es esta con frecuencia la suerte de los justos? ¿No les alcanza al final de sus acciones, de su trato social y de su vida, la reputación y los premios de los hombres?

- En alto grado.

- ¿Consentirás que yo diga de esos hombres lo que tú mismo afirmabas de los injustos? A mi juicio, cuando los justos llegan a la edad madura obtienen el mando de sus ciudades, si es que a eso aspiran, se casan con quien les viene en gana y efectuan a su elección el matrimonio de sus hijos. Digo, pues, de ellos todo lo que tú decías de aquellos hombres. Y repito de la mayor parte de los hombres injustos que, aunque parezcan lo contrario en su juventud, al final de la carrera serán advertidos en su doblez y merecerán la más amplia burla de todos; y con la vejez, vendrán para ellos el reproche despiadado de los extranjeros y compatriotas, los azotes y todas aquellas cosas que tú juzgabas tan salvajes. No dudarás que todos estos son los sufrimientos que has escuchado de mí. Ahora te toca decir si consientes en aceptarlos.

- Sin duda alguna -dijo-, pues los estimo justos.


XIII

- He aquí, por tanto -añadí-, los premios, recompensas y regalos que recibirá en vida el hombre justo de los hombres y de los dioses. Puedes agregarlos a aquellos bienes que le proporciona la justicia en sí misma.

- Hermosas y sólidas ventajas son ésas -contestó.

- Pues muy poco representan -dije yo- en relación con el número y la magnitud de los bienes y de los males que recibirán los hombres al término de su vida. Porque en este punto conviene detenerse lo suficiente para llevar al ánimo de los hombres todo aquello que les sea más provechoso.

- Habla -dijo él-, que yo seré todo oídos para escucharte en asunto tan grato para mí.

- No voy a referirte -advertí- la historia de Alcinoo, sino la de un hombre valeroso, Er el Armenio, originario de Panfilia. Este hombre, muerto en la guerra, fue recogido a los diez días junto con los demás cadáveres ya corrompidos, pero estando él intacto. Conducido a su casa para ser enterrado y dispuesto ya sobre la pira, volvió a la vida a los doce días y dio a conocer a los presentes lo que había contemplado en el otro mundo: Después de abandonar el cuerpo -dijo él- su alma se había puesto a caminar con otras muchas hasta llegar a un paraje verdaderamente maravilloso, en el que podían verse, en la tierra, dos aberturas relacionadas entre sí, exactamente enfrente de otras dos situadas arriba, en el cielo. En medio, se encontraban unos jueces que, luego de emitir su juicio, ordenaban a los justos que se dirigiesen hacia el cielo por el camino de la derecha, con un letrero colgado por delante en el que aparecía el fallo dictado; a los injustos, en cambio, les obligaban a tomar el camino de la izquierda, hacia la tierra, y provistos de otro letrero, colgado por detrás en el que detallaban todas las acciones que habían cometido. Cuando le vieron adelantarse, le dijeron que él habría de ser mensajero para los hombres de todas las cosas que allí contemplase, en razón de lo cual le invitaron a que oyera y observara lo que pasaba en aquel lugar. Y, en efecto, vio cómo por cada una de las aberturas correspondientes del cielo y de la tierra emprendían las almas la marcha, luego de haber sido juzgadas, en tanto por la otra abertura de la tierra salían almas llenas de suciedad y de polvo, y por la del cielo bajaban otras almas enteramente puras. Todas daban la impresión, al llegar, de que provenían de un largo viaje, y dirigiéndose con regusto a la pradera como si allí les esperase una grata reunión, se saludaban unas a otras, porque eran viejas conocidas, y se preguntaban mutuamente, las del cielo por las cosas de la tierra y las de la tierra por las cosas del cielo. Unas, claro está, deploraban su suerte y prorrumpían en llanto al recordar cuántas y cuán grandes cosas habían sufrido y visto en su peregrinaje de un milenio por la tierra; otras, precisamente las que venían del cielo, alababan su bienaventuranza y expresaban su contento por las cosas hermosas e indescriptibles que habían contemplado. Muy largo sería de contar todo esto Glaucón. Lo que nuestro hombre refería como fundamental era lo siguiente: cada alma sufría el castigo por las faltas cometidas, de tal modo que por cada una recibía una condena diez veces mayor que aquélla y con una duración de cien años, que es el tiempo calculado para la vida humana; con ello, el castigo de su delito quedaba multiplicado por diez, y los causantes de gran número de muertes o traidores a las ciudades o a los ejércitos, que pudieran haber entregado a la esclavitud, o cómplices de cualquier otra calamidad, esos hombres, digo, se veían atormentados por unos sufrimientos diez veces mayores que los que habían cometido; cosa que, en la misma proporción, se otorgaba a los que habían observado buena conducta y habían sido justos y piadosos. En cuanto a los niños muertos al nacer y poco después de haber nacido, decía también otras cosas que no vale la pena mencionar. Para los acusados de impiedad, tanto hacia los dioses como hacia los padres, e igualmente para los homicidas a mano armada, establecía unos castigos todavía más severos. Estuvo presente -según dijo a la pregunta que formuló una de aquellas almas sobre la suerte de Ardieo el Grande. Este gran Ardieo había ejercido como tirano en una ciudad de Panfilia, mil años antes del relato, y entre sus crímenes se contaban la muerte de su anciano padre y la de su hermano mayor, amén de otras muchas faltas de impiedad que de él se narraban. El alma preguntada respondió de esta manera: No ha llegado, ni parece probable que llegue hasta aquí.


XIV

Y nuestra sorpresa subió de punto cuando contemplamos este espectáculo aterrador: cerca ya de la abertura y casi a punto de salir de ella, luego de haber sufrido nuestros castigos, pudimos ver de súbito a aquél y a todos los demás, en su gran mayoría tiranos. Con ellos se encontraban algunos particulares, de los que en vida más habían pecado, todos los cuales, en el momento en que pretendían subir, la abertura no los recibía, y antes bien, dejaba oír un mugido cada vez que uno de los miserables irreductibles o que no había expiado suficientemente su castigo, intentaba salir de allí. Entonces -decía él- unos hombres salvajes y que aparecían envueltos en fuego, presentes como estaban y oidores del mugido, apresaban a unos y descendían con ellos, mientras a Ardieo y a los demás les ataban los pies, las manos y la cabeza, los echaban por tierra y los desollaban, y luego, llevándolos a la orilla del camino, los desgarraban sobre retamas espinosas, declarando a la vez a cuantos pasaban por allí por qué trataban de ese modo a aquellos hombres y se empeñaban en arrojarlos al Tártaro. Y continuaba diciendo que entre los muchos y variados terrores que les asediaban, superaba sin duda a todo el temor de que se reprodujera el mugido en el momento de la subida; por eso, se apoderaba de ellos un gran contento si conseguían subir en silencio. Estos eran, pues, los castigos y las penas que se ofrecían, e igualmente las recompensas a que podían aspirar. Después de descansar siete días en la pradera, cada una de las almas debía disponerse a partir de allí al octavo día. Cuatro días más tarde arribaban a un lugar desde donde podía contemplarse una luz que, cual una columna y semejante al arco iris, pero todavía más brillante y más pura que éste, se extendía por todo el cielo y la tierra. Un día de marcha les permitía llegar a la luz y entonces contemplaban, en medio de ella, los extremos de las cadenas del cielo, porque esta luz era su lazo de unión, que sujetaba toda la esfera celeste al modo como lo hacen las ligaduras de las trirremes. Desde esos extremos percibían como extendido el huso de la Necesidad, gracias al cual pueden girar todas las esferas. La rueca y el gancho de aquél eran de acero y su tortera, en cambio, comprendía una mezcla de acero y de otrás materias. Digamos ahora la naturaleza de esa tortera: no existía diferencia alguna con las nuestras en cuanto a su forma, pero conviene imaginársela enteramente hueca con el engaste en ella de otra tortera más pequeña, que fuese como encajonada allí. Esta imagen podría repetirse una tercera y una cuarta vez y aún cabría multiplicarla por ocho. Pues ocho venían a ser las torteras, encajonadas unas en otras y presentando sus bordes a manera de círculos; y todas ellas conformaban la superficie de una sola, dispuestas como estaban alrededor de la rueca, que atravesaba por su parte el centro de la octava. La tortera primera, exterior a las otras, tenía unos bordes circulares mucho más anchos; seguían después en anchura los de la sexta; luego los de la cuarta, que era la tercera; a continuación los de la octava, que era la cuarta; los de la séptima después, que era la quinta; en seguida los de la quinta, que era la sexta; venían aún los de la tercera, que era la séptima, y al fin los de la segunda, que era la octava. Los bordes de la tortera mayor poseían colores variados; los de la séptima eran más brillantes; los de la octava recibían de la séptima su color y su brillo; los de la segunda y los de la quinta se parecían muchísimo y eran más amarillos que aquéllos; los de la tercera, disponían del color más blanco; los de la cuarta eran de un tono rojizo, y los de la sexta se calificaban como segundos por su blancura. Todo el huso daba vueltas sobre sí con un movimiento uniforme, y en él, por su parte, giraban también ligeramente, pero en sentido contrario al todo, los siete círculos del interior. El más rápido de ellos era el octavo; en segundo lugar podían colocarse, sin distinción alguna, el séptimo, el sexto y el quinto; parecíales el cuarto, en ese movimiento en órbita invertida, el que ocupaba el tercer lugar; y luego estaban el tercero, en cuarto puesto, y el segundo, en quinto. El huso mismo daba vueltas entre las rodillas de la Necesidad, y sobre cada uno de los círculos se mantenía una Sirena, que giraba con él y emitía una sola voz y de un solo tono; las ocho voces de las ocho Sirenas formaban un conjunto armónico. A distancias iguales y en derredor, se encontraban sentadas otras tres mujeres, cada una ocupando su trono; no eran sino las Parcas, hijas de la Necesidad, vestidas de blanco y ceñidas sus cabezas con una especie de ínfulas: sus nombres, Láquesis, Cloto y Atropo. Las tres acompañaban en su canto a las Sirenas; Láquesis, recordando los hechos pasados; Cloto, refiriendo los presentes, y Atropo, previendo los venideros. Cloto, colocada su mano derecha sobre el huso, aunque actuando por intervalos, facilitaba el giro del círculo exterior; Atropo, aplicando su mano izquierda, hacía lo propio con los círculos interiores, y Láquesis, por turno, imprimía movimiento con la derecha o con la izquierda, y tanto al círculo exterior como a los interiores.


XV

Una vez llegados allí hubieron de acercarse sin demora al trono de Láquesis, donde un adivino procedía a la previa colocación de las almas y, luego de haber tomado del regazo de Láquesis unos lotes y modelos de vidas, ascendía a una alta tribuna para proclamar. He aquí lo que dice la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: Almas efímeras, va a dar comienzo para vosotras una nueva carrera mortal en un cuerpo también portador de la muerte. No será ser divino el que elija vuestra suerte, sino que vosotras mismas la elegiréis. La primera en el orden de la suerte escogerá la primera, esa nueva vida a la que habrá de unirse irrevocablemente. Pero la virtud no tiene dueño; cada una la poseerá, en mayor o menor grado, según la honra o el menosprecio que le prodigue. La responsabilidad será toda de quien elija, porque la divinidad es inocente. Luego que hubo hablado, arrojó los lotes sobre la multitud de almas y cada una de éstas recogió el que había caído a su lado, salvo el alma de Er, a la cual no fue permitido elegir. Con el lote en la mano, quedaba ya en claro para cada alma qué número de orden le correspondía en la elección. Seguidamente, el adivino arrojó a tierra y delante de ellas modelos de vidas que superaban con mucho al de almas presentes. Los había de todas clases; podían escogerse, pues, vidas de cualesquiera de los animales y de los hombres. Por ejemplo, aparecían entre aquéllas, vidas de tiranos que habían cumplido su ciclo, y otras que, truncadas en mitad, concluyeran en la pobreza, en el destierro o en la mendicidad. Echábanse de ver igualmente vidas de hombres de gran prestigio; unos, por su porte y por la belleza, la fuerza o el vigor que demostraban en la lucha; otros, por su progenie y las virtudes de sus antepasados. Mas también había vidas de hombres sin relieve alguno y de mujeres de la misma condición. No se disponía, empero, orden de preferencia de las almas, por cuanto la elección de cada uno habría de obedecer por necesidad a su criterio. Todo lo demás, y contemos aquí las riquezas y la pobreza, las enfermedades y la salud, se encontraba mezclado en unas y en otras vidas, pero algunas veces en un justo medio. En esa coyuntura, querido Glaucón, el peligro, según parece, era grande para el hombre; de ahí que deba cuidarse sumamente, por encima de cualesquiera otras enseñanzas, el que cada uno de nosotros se dedique a la búsqueda y aprendizaje de todo aquello que le procure poder y conocimiento para distinguir la vida útil de la miserable; sólo así podrá escoger, siempre y en todas partes, la mejor de las vidas posibles. Habrá de someter para ello a su consideración todas las cosas ya dichas, y bien reunidas o por separado, las pondrá en relación con la vida más perfecta; comprobará también cuál es el malo el bien que producirá la belleza unida a la pobreza o a la riqueza o a cualquier otra disposición del alma; y no desconocerá menos las consecuencias de un ilustre o de un oscuro nacimiento, de una vida privada, de una rectoría, de una fortaleza o debilidad, de una buena o mala aptitud para aprender, y de todas esas cosas por el estilo que se dan naturalmente en el alma o se adquieren por ella, íntimamente unidas. De modo que, reflexionando sobre todo ello, estará en condiciones de escoger siempre que mire atentamente a la naturaleza del alma y sea capaz de distinguir la vida mejor de la vida peor, llamando mejor en este caso a la que la hace más justa, y peor a la que la hace más injusta. Todo lo demás podrá dejado a un lado, porque ya hemos visto que ésta es la mejor elección para el hombre, tanto en esta vida como después de la muerte. Conviene, pues, llegar al Hades con esta opinión fortalecida, para no dejarse dominar allí por el deseo de las riquezas y de los males y no caer también en tiranías y otros muchos hechos semejantes, causa de irremediables daños e incluso de sufrimientos todavía mayores. Habrá que elegir siempre una vida intermedia entre las extremas, huyendo en lo posible, tanto en esta vida como en la otra, de los excesos en uno u otro sentido. Por este camino puede llegar el hombre, en efecto, a alcanzar la mayor felicidad.


XVI

Fue entonces cuando el mensajero del más allá dio a conocer estas palabras del adivino: Aun para el que llegue el último -dijo-, y siempre que elija sensatamente y viva de acuerdo con su elección, habrá una vida dichosa y carente de males. Así, pues, ni se descuide el que elija primero, ni caiga en el desánimo quien elija el último.

Y nos añadía que, luego de haber dicho esto, el primero en el orden de la suerte se acercó a escoger sin dilación e hízose con la mayor de las tiranías. Tan necia y ávidamente procedió, y tanto prescindió también del más mínimo examen, que no tuvo en cuenta para nada que en ese destino iba implícito el devorar a sus hijos y otros males semejantes. Después que lo consideró con atención, se daba golpes a sí mismo y lamentaba su elección, para la que prescindiera totalmente de las razones del adivino. Y no se acusaba de los males en suerte, sino que inculpaba a la fortuna, a los dioses y a todo antes que a sí mismo. Se trataba nada menos que de una de las almas llegadas del cielo y que anteriormente había vivido en un régimen ordenado, cierto que sin filosofía, pero con el ejercicio habitual de la virtud. Por así decir, las almas provenientes del cielo, quizá por su falta de preparación, se engañaban todavía más que las otras; en cambio, las que procedían de la tierra no verificaban una elección demasiado apresurada por aquello de que ellas mismas habían compartido sufrimientos y habían visto padecer a los demás. Por esta misma experiencia y en razón del lote caído en suerte, se producía para muchas almas un cambio de males y de bienes, pues es evidente que si alguien volviese de nuevo a la vida y desenvolviese sanamente su razón, amén de contar en la elección con un lote que no fuese de los últimos, llegaría a alcanzar la felicidad aquí en la tierra, siguiendo los consejos del más allá, e incluso podría retornar al otro mundo y regresar de él a través de un camino no ya subterráneo y escabroso, sino plácido y celeste.

Este era el espectáculo digno de verse que nos refería Er, y en el que las almas, individualmente, efectuaban la elección de sus vidas; espectáculo que, por cierto, resultaba digno de compasión, a la vez que risible y admirable. Las más de las veces se verificaba la elección de acuerdo con el hábito de la primera vida. Y así, narraba Er cómo había visto el alma de Odeo escoger la vida de un cisne, llevada del odio al sexo femenino y porque no quería ser engendrada en una mujer en razón a la muerte que había sufrido a manos de éstas, y presentaba a Támiras encarnándose en un ruiseñor, y a un cisne que, con otros pájaros cantores, cambiaba su vida por la vida humana. El alma cuyo lote ocupaba el lugar veinte inclinó su ánimo por una vida de león: era la de Áyax, el hijo de Telamón, que huía de este modo a la condición de hombre, acordándose del juicio de las armas. Seguía a éste el alma de Agamenón, que, odiando también al género humano, por los padecimientos que había sufrido, cambiaba su vida por la de un águila. En medio se encontraba el alma de Atalanto, que al ver los grandes honores recibidos por un atleta, no quiso contemplar nada más y adoptó esta vida para sí. En seguida venía el alma de Epeo, el hijo de Panopeo, que cambió su naturaleza por la de una mujer artesana; y entre las últimas aparecía el alma del ridículo Tersites, que revestía la forma de un mono. Designada la última por la suerte, se disponía a elegir el alma de Ulises, la cual, repuesta de su ambición y acordándose de sus primeros trabajos, andaba buscando largo rato la vida de un hombre particular y apartado de la acción. Y a fe que dio con ella, aislada y olvidada de todos. Y no más verla, dijo que habría elegido de igual modo de ser la primera en suerte; tal era el gozo que experimentaba. Otros cambios análogos se producían al trocarse los animales en hombres o en otros animales, y la mezcla se verificaba en unos términos que era corriente ver animales injustos transformarse en fieras, y otros justos en especies ya domesticadas.

Luego que todas las almas habían elegido sus vidas, se aproximaban a Láquesis en el orden mismo de la suerte. Y ella daba a cada una el genio de su preferencia, que sería a la vez guardián de su vida y garante de su elección. A éste correspondía conducirla antes de nada al trono de Cloto, la cual, poniéndole su mano encima y haciendo girar el huso, confirmaba el destino y la elección de alma. Después que el alma había tocado el huso, se la llevaba adonde hilaba Atropo, y era ésta la que hacía irrevocable lo ya otorgado. Desde allí, sin que le fuera posible volver atrás, marchaba el alma hasta el trono de la necesidad y bajo él pasaban sucesivamente tanto el genio como el alma e, igualmente, todas las demás almas. Y luego, todas ellas se dirigían a la llanura del Olvido, en medio de un calor terrible y sofocante, porque en aquel campo no se veía un solo árbol ni nada de lo que la tierra produce. Llegada la tarde, se reunían junto al río de la Despreocupación, cuya agua no puede ser contenida en ningún recipiente. Todas venían obligadas a beber una cierta cantidad de esta agua; pero había almas que procedían imprudentemente y, al beber más de la cuenta, perdían en absoluto la memoria. Y ocurrió después, cuando ya las almas se entregaban al sueño y era el tiempo de medianoche, que un trueno y un seísmo turbó la calma llevando de repente a cada una hacia un lugar distinto al del nacimiento y precipitándolas como si fueran estrellas. Pero a Er se le había impedido que bebiera del agua, y, no obstante, sin saber cómo había sido, encarnó de nuevo en su cuerpo, y de pronto, levantando los ojos al cielo, viose, muy de mañana, yacente sobre la pira.

Así pudo salvarse y no pereció, Glaucón, esta fábula de Er, que también guardará nuestras vidas si seguimos sus enseñanzas. De acuerdo con ellas atravesaremos con felicidad el río del Olvido y no mancharemos en modo alguno nuestra alma. Si dais crédito a mis palabras y estimáis que el alma es inmortal y capaz de recibir todos los males y todos los bienes, marcharemos siempre por el camino del cielo y cuidaremos inteligentemente, por todos los medios, de la práctica de la justicia. Con ello, seremos amigos de nosotros mismos y de los dioses durante la permanencia en este mundo y, al igual que los vencedores en los juegos, obtendremos luego en todas partes los premios que se conceden a la virtud. Que la felicidad nos acompañe, pues, tanto en este mundo como en ese viaje de mil años que acabamos de referir.

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