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A MANERA DE PRÓLOGO

Reparos hechos a un artículo, El anarquismo y la ciencia, recientemente aparecido en una revista. Y como sólo se repara lo que sufrió deterioro o menoscabo, reparo, como mejor sé y puedo -obra de atrevida albañilería-, el daño y el descrédito que el autor del artículo ha cometido contra el anarquismo.

CARTA ABIERTA
AL AUTOR (1)

He leído con todo detenimiento tu artículo y me vas a perdonar que haga públicos mis reparos a él, pues habiendo hecho públicas tus reflexiones, lógico es que haga yo lo mismo con las mías, lo que considero que no ha de extrañarte y menos todavía molestarte.

Cuando un hombre, sea él quien fuere, manifiesta públicamente lo que piensa, llamando con sus reflexiones a que otros reflexionen también, es que considera necesario advertir a sus compañeros en humanidad que están en error; que, extraviados, andan por caminos oscuros; que van por la vida como ciegos; que, en fin, están equivocados.

Entre esos compañeros tuyos en humanidad me encuentro yo, por lo que me doy por advertido, concediéndome a mí mismo el derecho a decirte que no me conforma lo que me dices, que no me satisface la advertencia que me haces, pareciéndome, por lo que afirmas, que eres tú el que vive en error. Así que tu advertencia y mi inconformidad con las públicas manifestaciones que sobre anarquismo haces, me llevan a escribirte no sólo esta carta, haciéndola pública porque en ella y con ella les hablo también a nuestros otros hermanos en humanidad, sino a publicar este libro para hablar yo también por creer que es necesario decir que, además del tuyo, del vuestro, existe otro anarquismo que no es ni siquiera pariente lejano del que en vuestras publicaciones pregonáis. Ahora bien, si fueran sólo unos cuantos los que os leen, y esos cuantos fuesen de los que pertenecen a vuestro círculo ideológico, me diría que no causabais grandes trastornos mentales a la humanidad, por lo que no era necesario hacer pública mi inconformidad; pero como os leen algunos que aceptan ciegamente lo que sobre anarquismo dicen los diccionarios, y entre lo que éstos dicen y lo que vosotros afirmáis existe un cercano parentesco, sobre todo en lo que a violencia se refiere, quiero decirles a aquéllos, más que a vosotros, que la violencia es insurrecta, pero no anárquica, así como que las revoluciones, sean quienes fueren los revolucionarios que las llevan a cabo, adoloran y oprimen, no abuenan ni libertan, por lo que entre un revolucionario violento y un anarquista hay un mundo moral de por medio, e iremos viéndolo poco a poco en las páginas que siguen, pues el camino es largo y hay que andarlo despacio y con tiento.

Hablando del anarquismo y la ciencia afirmas que toda ciencia es esencialmente anárquica como toda concepción anárquica es esencialmente científica, lo que considero no ser cierto, pues la ciencia, instrumento del hombre, no puede tener otro color ni otra aplicación que los que el hombre les da, ya que él es su creador. De modo que la ciencia que, como toda herramienta del hombre, carece de entendimiento y de razón, ni fue, ni es ni podrá ser jamás anárquica, porque el ser anarquista depende de la voluntad del hombre, de su querer ser, y fuera del hombre ni hay ciencia ni anarquismo.

Te olvidas de que el hombre es el único creador que hasta hoy existe en el planeta, por lo que fue él quien hizo la ciencia y concibió la más bella manera de vivir libremente, o sea, anárquicamente, y por ese olvido despojas a la unidad humana de su personalidad y se la concedes graciosamente a la ciencia y al anarquismo, como si esas inteligenciaciones humanas pudieran obrar por sí y sin el hombre.

Comprendo que lo digas en virtud del concepto que el hombre te merece, ya que cierta vez te oí decir que el hombre es un ente social y que la sociedad, como un verdadero cuerpo orgánico, tenía su anatomía y su fisiología, lo que casi era igual a afirmar que tenía mente, y, por lo tanto, moral y voluntad propias, afirmación tan aventurada como falsa, pero que significaba restarle importancia a la criatura humana y concedérsela al Todo, que fue lo que hizo Kropotkin, tu maestro, al sostener que sin el gran Todo nuestro Yo no es nada, habiéndole dicho yo que si a ese Todo le diéramos el nombre de Dios, la religión estaría formada, del mismo modo que te digo a ti que el Gran-Todo-Social que tú ensalzas, es una especie de divinidad salvadora, pues al hombre, a ti, ente social, no le concedes valor, ya que es como una partícula casi despreciable dentro de aquel gran Todo, sin detenerte a pensar que son esas partículas, los hombres, los que componen los conjuntos humanos, o sea, la sociedad que tú preconizas y deseas, y que si esas partículas careciesen de valores, el del Todo tendría como índice el signo menos.

Si las ideas de anarquismo y ciencia se las adjudico a quien corresponde, al hombre, mi compañero en humanidad, veremos que anarquismo es conducta -conducta de mi compañero para con él, para contigo y para conmigo-, y que ciencia es su saber. Porque anarquismo es conducta, puede ser anarquista un hombre que no posea ciencia y, por el contrario, un científico puede no ser anarquista por carecer de conducta humana hacia sus semejantes. De modo y manera que obrar y saber no siempre los llevan los hombres de la mano por los caminos de la vida, y lo prueba el hecho de que los poseedores de elevados conocimientos científicos son los que crean esos terribles artefactos destructores, con los que se diezma al género humano, pues por ellos estamos tú y aquél y yo amenazados de muerte. Esos estragos inhumanos que, en general, ve el hombre científico con frialdad, conmueven profundamente al hombre anarco que busca y desea la convivencia armoniosa con sus semejantes y de ellos entre sí.

Pero vayamos los dos, tú y yo, despacio, pasito a paso. Las relaciones entre anarquismo y ciencia, dices, son indisolubles. Si el anarquismo deja de ser científico en la búsqueda de la verdad y de la justicia, pierde sus propias esencias y sus propios fundamentos, cuya afirmación me parece forzada y poco científica.

Primero: porque siendo, como es el anarquismo conducta del hombre hacia el hombre y estando esa conduca -ese anarquismo- subordinada totalmente al querer y al hacer del individuo, es éste, y sólo él, quien puede relacionar el anarquismo con la ciencia, su idealidad con su instrumento, y él quien puede imprimir carácter a todo cuanto toca y crea, el anarquismo incluido, que no fue ni es ni podrá ser jamás un hecho real si el hombre no lo actúa, porque sin el hombre, el anarquismo no puede tener existencia.

Segundo: porque es impropio afirmar, como afirmas al decir: ... el anarquismo es, como la ciencia, una búsqueda acuciosa y permanente de la verdad. Y de esa búsqueda de la verdad nace su moral y su filosofía, fundamentales ambas en aquellos conocimientos prodigados por el saber científico, volviendo a reafirmar más adelante que las concepciones anárquicas nacen precisamente de ese saber científico.

Bastante confuso es el párrafo, pero haré esfuerzos para entender lo que dices o quisiste decir. Vamos a ello.

¿De modo que el anarquismo, y pregunto para enterarme mejor, es una búsqueda de la verdad, no la vida libre vivida y actuada por el hombre? ¿Y de modo, también, que de la tal búsqueda nace su moral y su filosofía sin que el hombre intervenga para nada en ese parto, puesto que esa moral y esa filosofía no se fundamentan en los sentimientos del hombre sino en el saber científico? ¿Y de modo, por tercera vez, que las concepciones anárquicas no se cuecen en la mente del hombre, sino que nacen precisamente de ese saber científico? Por creerlo así, dijiste antes: Fuera de la ciencia no hay anarquismo posible, negándole con eso toda posibilidad de ser anarquistas a tus hermanos en humanidad que no sean científicos. Y todo eso que, como comprenderás si te detienes a reflexionar un poco, es abstracción pura -no he querido llamarle metafísica aunque bien lo merece-, lo dices porque no ves al hombre, tu hermano, no lo sientes en ti, pues si lo sintieras, si te sintieras hombre, no afirmarías que fuera de la ciencia no hay anarquismo, que es tanto como confesar que tú, que no eres un hombre de ciencia, que no eres un científico, no eres ni puedes ser anarquista. Y dices cosas tan peregrinas, negando en ti lo que por otro lado afirmas, porque para ti la ciencia y el anarquismo son una especie de diosecillos que rocían con sus efluvios sólo a ciertos seres que ellos eligen, a ciertos elegidos. Y eso, compréndelo, es tergiversar los conceptos de ciencia y de anarquismo, llevar la ofuscación a las mentes de los jóvenes que nos leen, perturbarlos, embarullarlos, imposibilitarlos para el saber y prepararlos para el creer, pues anarquismo -y lo repito aunque le dé otra forma a mi pensamiento-, no es en sí más que la expresión de los sentimientos y de los pensamientos del anarquista transformados en voz y en vida, en palabra y en hecho, pudiendo ser o no ser ese anarquista un hombre de ciencia. Es decir, primero, el anarquista; después, el anarquismo. Primero, el hombre; después, su creación, incluida en ella la ciencia.

Como tú sabes, desde que el hombre tuvo conciencia de sí, quiere adueñarse del planeta, pues lo considera como casa suya; pero ahora, no conformándose con decirlo, desea que esta casa sea realmente de él, no de la Sociedad, afirmando que la Tierra es la Tierra del hombre, por lo que le interesa la casa y, con ella, la libertad de vivir. Siendo esto así, su moral, que nace, crece y vive en él, por ser creación suya, es lógicamente moral del yo humano, relacionándose libremente con los otros yo que componen la humanidad y viven en su casa. Ese yo, que es el hombre, se reconoce a sí mismo como parte de la naturaleza; mejor dicho: como producto de todas las fuerzas y productos de la naturaleza, lo que le lleva a pensar que por haber alcanzado su autonomía, sólo tiene responsabilidad ante sí, pues al descartar a los dioses de su mente, ha adquirido conciencia de su persona. Hoy, aun sabiéndose naturaleza, quiere influir e influye en ella, acomodándola a sus necesidades, haciendo más agradable, por menos inhóspita, su propia vivienda. Y al decir vivienda del hombre, digo la tuya, la de aquél y la mía: la de todos, la de la completa familia humana. De este sentido de vivienda familiar, por ampliación, surge en la mente del hombre el sentimiento de fraternidad, de hermandad humana. Y de ese sentimiento, como por natural derivación, nace su anarquismo y su moral, trato noble y generoso a sus hermanos, lo que antes no sucedió porque se desarrolló en un ambiente sin ética, como los animales, en donde predominaba la garra.

Si para Aristóteles el hombre es un animal político, o sea un hombre que se debe a la polis, Y para el sabio de la Edad Media un animal en el que Dios puso un alma inmortal, para el hombre de hoy, para nosotros, que hemos aprendido a estudiarnos, el hombre es un ser autónomo consciente de sí mismo. Es decir, que si el hombre de ayer se consideraba prisionero de la Naturaleza y de Dios, los que no pocas veces confundía en su imaginación, hoy se ha dado cuenta de que puede vivir, aun en la Naturaleza, autónomamente, sin amos y sin dioses.

Ahora bien, aceptado que desde el lejanísimo ayer hasta el hoy presente el hombre ha sufrido constantes cambios, fuerza es aceptar que del hoy al mañana cambiará, o sea, que no ha adquirido todavía su total desarrollo, por lo que el actual, por mucho que se esfuerce, no puede llegar a concebir cómo será el hombre, su sucesor, en el futuro, ni cuál sera su potencialidad creadora, ni cómo comprenderá la vida y la vivirá, ni comó influirá en la naturaleza de la cual se sabe parte, y si ignora en absoluto cómo será el hombre de mañana, está moralmente incapacitado para dictarle leyes, que han de tener vigencia en el futuro y lo esclavizarán.

La finalidad de las especies, afirma un gran biólogo, es la de albergar y proteger la célula sexual. Todo el trabajo de todos los individuos de todas las especies se reduce a eso. De ahí que se propaguen, que cambien y se mejoren. No es igual el trabajo, el hacer, en las especies, pero el individuo de la nuestra ha adquirido conciencia de su actuar y obra como humano; piensa, y, porque piensa, no sólo evoluciona por el influjo de fenómenos naturales que sobre él obran, sino que cambia porque quiere mejorarse, y porque lo desea, lo consigue. Por eso, aun siendo naturaleza, la transforma, protegiendo su célula sexual, sí, pero protegiendo también y educando para la hombría al hijo que de ella nace.

Si se escribiera la historia del organismo humano, o, mejor, de los organismos, se comprendería que no son como fueron -Darwin nos habló de ello-. Esos cambios orgánicos surgieron por evolución, como surgió la vida en el planeta, de modo que la historia del hombre es un grado avanzado de la historia de la Tierra. Cuando la vida, que hace su aparición en partículas microscópicas, va pasando de lo simple a lo compuesto, y cuando aquellas vidas van uniéndose en una nueva fase de individualización, se van creando organismos, y en el hombre, por continuada e ininterrumpida progresión, va apareciendo la mente. Así, mente e individuo humano tienen un mismo origen. No obstante, la naturaleza continúa siendo a-mental, lo que debe ser tenido muy en cuenta para formarnos un juicio claro y preguntamos si lo a-mental pudo transmitir pensamientos y sentimientos a la criatura mental; si lo a-mental pudo enseñar moral y anarquismo al hombre, pues si quien carece de mente se halla imposibilitado para formarse un juicio, ni en la naturaleza ni por ella pudo ser creada una ética anárquica. Las fuerzas naturales actúan sobre los organismos, pero no sobre las creaciones de la mente, no sobre los actos conscientes de la criatura humana, pues si le marcase rumbos al hombre en cuanto a su pensar y su sentir, por ser esclavo por naturaleza, no hubiera podido pensar en su libertad y menos actuarla, o sea, no hubiera podido dar nacimiento a esa hermosa idea de anarquismo, que es libertad pensada, sentida y vivida por él.

La ética la creó el hombre, que es el único ser que en nuestra casa planetaria piensa y, por consiguiente, crea, siendo también el único que discierne, forma juicios, deduce, de modo y manera que la ética ni tiene su origen en las leyes naturales, ni menos tienen ni pueden tener éstas influencia decisiva en el desarrollo de las sociedades que el hombre ha creado que es lo que tú afirmas y sostiene Kropotkin (2), equivaliendo tal afirmación a asegurar que ese sistema social, al que llamáis comunismo libertario, no tiene raíz humana, aun adoptado por el hombre, sino raíz natural, como hijo de la naturaleza, por lo que es obligatorio aceptarlo por no poder rechazar lo ineludible. Y esto es creer no sólo en las ideas-fuerza de Fouillée y las no menos poderosas e inevitables fuerzas proudhonianas de justicia, que obran sobre el hombre, sino que llegáis, aun sin quererlo, a aceptar una especie de revelación por medio de la cual tomáis conocimiento con el comunismo libertario que la naturaleza os ofrece y del que os hacéis adeptos, cayendo en la creencia, que no en la ciencia. De esa creencia nace en vosotros, como en todos los demás creyentes del planeta, el tabuísmo, que, por inexcusable y fatal, os hace exaltados e intolerantes fanáticos.

Creo que fue Protágoras el que dijo -y si no fue aquel griego, fue otro pensador de su estirpe- que el hombre es la medida de todas las cosas, y dijo bien. El hombre fue el que midió las cosas, porque de esas cosas del hombre él fue el creador. Por eso no es tampoco cierto lo que dices al afirmar que la ciencia ha liberado al hombre de las más duras cadenas que lo ataban a sumisiones voluntarias, ni que le ha abierto los caminos de otras liberaciones, pues si la ciencia tuviera el poder de libertar al hombre, sería porque esa criatura que el hombre dio a luz -esa herramienta-, era superior a él por tener vida propia, particular y suya, independiente del que fue su creador, lo que ni es ni puede ser verdad. Si por uno de esos cataclismos que podrían tener lugar en el Cosmos, el hombre desapareciese de la Tierra, en nuestro planeta no podría haber ni ciencia ni anarquismo. Sin el hombre creador, en nuestra abandonada y destrozada casa no habría luz humana ni luminosa ciencia.

Yo dije en mi libro Los caminos del hombre que el anarquista confiesa no haber llegado todavía a descubrir las infinitas armonías humanas que actualmente se viven o pueden ser vividas, por lo que no les hace a sus hermanos, como hace el comunista libertario, el triste regalo de un sistema de vida, ni les habla de una doctrina salvadora en la que deben creer, sujetando su vida y subordinándola a normas trazadas de antemano. Enamorado de lo bello -belleza del pensar y del hacer-, les habla a los hombres de la belleza por él descubierta, creada, intuida o soñada, pensando que lo que debe regalarles es más bien una inquietud que una realidad, un anhelo de vida bella y no un sistema de convivencia, un ansia para la ascensión y no una fórmula para la quietud, pues quien ama la libertad, suya y del género humano, por delicadeza y por ética no puede convertirse en legislador. Como tiene confianza en los hombres -agrego hoy-, sabe o intuye que en cuanto a concepciones anárquicas -modos de vida libre- ellos llegarán más lejos de lo que él se imagina, viviendo, no de una sola manera, sino de mil diversas formas. Y ése es el respeto y ésa la libertad que el anarquista de mi familia pregona y vive, instando a sus compañeros a que sean armoniosos entre sí y con los demás, porque intuye que esa armonía, sentida y vivida de diversos modos, dará paso a la armonía vivida por los hombres, que, por no ser iguales, no pueden someter sus vidas a uniformidad sin quebranto de su salud moral.

Y en eso, tan sencillo y difícil, se funda mi anarquismo, que no es solución política ni tampoco social, pero que es un vivir armonioso, libre, cordial e individual entre las criaturas de la familia anárquica y humana. ¿La forma? Ya la encontrarán los que hayan de vivirla, pues los programas, de los que nacen los códigos, no son nunca anarcos.

Te he dicho por ahora. Y te he dicho todo eso y continúo diciéndote muchas cosas más en las páginas que siguen a esta carta, porque nos leen los jóvenes y no podemos decirles, sin inducirlos a error, que la ética anárquica sólo puede deducirse de las leyes naturales, pues, repito, quien da vida al anarquismo y a la ética anárquica es el hombre, nuestro hermano.

Comprenderás, por lo tanto, que más que a vosotros, comunistas libertarios, me dirijo con este libro a los que sienten prevención o repugnancia hacia el anarquismo, teniéndoles miedo a los anarquistas por creer, como les dicen los diccionarios, que anarquía es desorden y desconcierto porque los anarquistas son unos locos desorbitados.

Recibe mi saludo sincero y cordial.

Miguel Gimenez Igualada

México, julio del 68.



Notas

(1) Por respeto a su persona no estampo aquí el nombre del autor, aunque lo que digo no es en ningún momento arañazo a su reputación, sino restablecimiento de una verdad a la que se ha despojado de su belleza y de su armonía.

(2) Cuando se acepta a un maestro ciegamente, creyendo que cuanto dice es verdad, y que sólo lo por él dicho es verdad, el creyente deja de pensar, porque el fanatismo, que en él hace su aparición, excluye el pensamiento y la necesidad de pensar. Ha encontrado un Redentor y lo sigue.

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