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Capítulo II

LA DESESPERACIÓN VISTA EN RELACIÓN A LA CATEGORÍA DE LA CONCIENCIA

La conciencia crece y sus progresos miden la intensidad siempre creciente de la desesperación; cuanto más crece, más intensa es la desesperación. El hecho, visible en todo, lo es especialmente en ambos extremos de la desesperación. El del diablo es el más intenso de todos; el del diablo, espíritu puro y, como tal, conciencia y limpieza absolutas; sin nada oscuro en él que pueda servir de excusa, de atenuación; también su desesperación es la cima misma del desafío. He aquí el máximum. Al mínimum, es un estado, una especie de inocencia, como se está tentado en decir, sin sospechar incluso de que se está desesperado. De este modo, en la mayor inconsciencia, la desesperación se encuentra en lo más bajo, tan bajo que uno casi se pregunta si allí se puede designarla con ese nombre.


a) La desesperación que se ignora o la ignorancia desesperada de tener un yo, un yo eterno


Este estado, al cual con todo derecho se trata de desesperación y que no deja de serlo, expresa por eso mismo, pero en el buen sentido del término, el derecho de argucia de la Verdad. Veritos est index sui et falsi. Pero se subestima ese derecho de argucia, lo mismo que los hombres, generalmente, distan mucho de considerar como bien supremo la relación con lo verdadero, su relación personal con la verdad, como también están lejos de ver con Sócrates que la peor de las desgracias es hallarse en el error; muy a menudo en ellos los sentidos predominan mucho más ampliamente que la intelectualidad. Casi siempre cuando alguien parece feliz y se vanagloria de serlo, en tanto que a la luz de lo verdadero es un desventurado, se halla a cien leguas de desear de que se lo saque de su error. Por el contrario, se enoja y considera como a su peor enemigo a quien se esfuerce en tal cosa, y como un atentado y casi como un crimen a esa manera de comportarse y, como se dice, de matar su felicidad. ¿Por qué? Pues porque es víctima de la sensualidad y de un alma plenamente corporal; porque la vida no conoce más que las categorías de los sentidos: lo agradable y desagradable, y envía de paseo al espíritu, la verdad, etc. ... Porque es demasiado sensual para tener la valentía, la paciencia de ser espíritu. A pesar de su vanidad y fatuidad, los hombres no poseen de ordinario más que una idea bastante pobre, o incluso ninguna, de ser espíritus, de ser ese absoluto que el hombre puede ser; pero vanidosos e infatuados, ciertamente lo son ... entre sí. Imagínese una casa en cada uno de cuyos pisos -subsuelo, planta baja, primer piso- se alojaran distintas clases de habitantes y que entonces se comparara la vida en esa casa; en tal oportunidad veríase preferir todavía -tristeza ridícula- a la mayoría de las gentes el subsuelo en esa casa propia. Todos somos una síntesis con destino espiritual; esa a nuestra estructura; ¿pero quien no quiere habitar el subsuelo, las categorías de lo sensual? El hombre no sólo gusta vivir allí de la mejor manera posible; gusta de ello a tal punto, que se enoja cuando se le propone el primer piso, el piso de los amos, siempre vacío y que le aguarda, pues después de todo la casa entera es suya.

Sí, estar en el error es lo que menos se teme, a diferencia de Sócrates. Hecho que ilustran, en amplia escala, asombrosos ejemplos. Tal pensador eleva una construcción inmensa, un sistema, un sistema universal que abarca toda la existencia y toda la historia del mundo, etc., -pero, observando su vida privada, se descubre con sorpresa ese ridículo enorme de que él mismo no habita en ese vasto palacio de altas bóvedas, ¡sino en una granja de al lado, en una choza o, a lo sumo, en la portería! Y si se arriesga una palabra para hacerle notar esa contradicción, el pensador se enoja. ¡Pues que le importa vivir en el error, si logra terminar su sistema ... con ayuda del error!

¿Qué importa pues que el desesperado ignore su estado? ¿Acaso desespera menos? Si esa desesperación es extravío, ignorarlo le agrega aun el hecho de estar a la vez en la desesperación y en el error. Esta ignorancia es a la desesperación como ella es a la angustia (véase El Concepto de la Angustia, de Vigilius Haufniensis} (1); la angustia de la nada espiritual se reconoce, precisamente, en la seguridad vacía del espíritu. Pero la angustia está presente en el fondo, lo mismo que la desesperación, y cuando el encantamiento de los engaños de los sentidos termina, desde que la existencia vacila, surge la desesperación que acechaba oculta.

Al lado del desesperado consciente, el desesperado sin saberlo está alejado un paso negativo más de la verdad y de la salvación. La desesperación misma es una negación, y la ignorancia de la desesperación es otra. Pero el camino de la verdad pasa por todas ellas; aquí se da, pues, lo que dice la leyenda para romper los sortilegios: hay que representar toda la pieza al revés, si no, no se rompe el encanto. Sin embargo sólo en un sentido, en dialéctica pura, el desesperado sin saberlo está más lejos realmente de la verdad y de la salvación que el desesperado consciente, que se obstina en seguir siéndolo; pues en otra acepción, en dialéctica moral, aquel que sabiéndolo permanece en la desesperación, está más lejos de la salvación, puesto que su desesperación es más intensa. Pero la ignorancia está tan lejos de romperla o de transformarla en no-desesperación que, por el contrario, puede ser su forma más preñada de peligros. En la ignorancia, el desesperado está garantizado en cierto modo, pero en propio detrimento, contra la conciencia, es decir que está en las garras firmes de la desesperación.

En esta desesperación el hombre tiene poca conciencia del espíritu. Pero precisamente esta inconsciencia es la desesperación, sea ella, por lo demás, una extinción de todo el espíritu, una simple vida vegetativa o bien, una vida multiplicada, cuyo fundamento, sin embargo, continúa siendo desesperación. Aquí, como en la tisis, cuando el desesperado se siente mejor y se cree más sano, y cuando su salud os parece quizá floreciente, el mal es peor que nunca.

Esa desesperación que se ignora es la forma más frecuente del mundo; ¡sí!, el mundo, como se le llama, o para ser más exacto, el mundo en el sentido cristiano: el paganismo y en la cristiandad el hombre natural; el paganismo de la antigüedad y el actual, constituyen precisamente ese género de desesperación, la desesperación que se ignora. El pagano, es cierto, como el hombre natural, distingue, habla de estar o no estar desesperado, como si la desesperación no fuera más que un accidente aislado de algunos. Distinción tan falaz como la que hacen entre el amor y el amor a sí mismo, como si entre ellos todo amor no fuera en su esencia amor a sí mismo. Distinción, no obstante, de la cual nunca han podido ni podrán salir, pues lo específico de la desesperación es la ignorancia misma de su propia presencia.

Por consiguiente, para juzgar de su presencia, es fácil ver que la definición estética de falta de espíritu no provee el criterio; nada más normal, por otra parte; ya que la estética no puede definir en qué consiste realmente el espíritu, ¿como puede ser capaz de responder a una cuestión que no le concierne? Sería también una estupidez monstruosa negar todo lo que el paganismo de los pueblos o de los individuos ha realizado de asombroso para eterno entusiasmo de los poetas; negar las proezas que ha brindado y que jamás la estética admirará bastante.

Asimismo sería locura negar la vida plena del placer estético que el hombre natural y el pagano han podido o pueden realizar utilizando todos los recursos favorables a su disposición, con el gusto más refinado, haciendo incluso servir el arte y la ciencia a la elevación, el embellecimiento, el ennoblecimiento del placer. La definición estética de falta de espíritu no da, por lo tanto, un criterio para determinar la presencia o no de la desesperación, y hay que recurrir a la definición ético-religiosa, a la distinción entre el espíritu y su contrario, la ausencia de espíritu. Todo hombre que no se conozca como espíritu, o cuyo yo interno no ha adquirido conciencia de sí mismo en Dios, toda existencia humana que no se sumerja así límpidamente en Dios y que se base nebulosamente en cualquier abstracción universal (Estado, Nación, etc.), o que ciega para sí misma, no vea en sus facultades más que energías de fuente mal explicable, y acepte su yo como un enigma rebelde a toda introspección, toda existencia de este género, por asombroso que sea lo que realice, lo que explique, incluso el universo, por intensamente que goce de la vida en esteta, incluso semejante existencia es desesperación. Era este el pensamiento de los Padres de la Iglesia cuando trataban de vicios brillantes a las virtudes paganas, queriendo decir, mediante esa afirmación, que el fondo del pagano era la desesperación y que el pagano no se conocía ante Dios como espíritu. De aquí también provenía (por tomar como ejemplo este hecho íntimamente ligado sin embargo a todo este estudio) esa extraña ligereza del pagano para juzgar e incluso para elogiar el suicidio. Pecado del espíritu por excelencia, evasión de la vida, rebeldía contra Dios. A los paganos les faltaba comprender al yo tal como lo define el espíritu, y de aquí deriva su opinión sobre el suicidio; y no obstante, eran ellos quienes condenaban con tan casta severidad el robo, la impudicia, etc. ... Sin relación con Dios y sin yo, les faltaba una base para juzgar al suicidio, cosa indiferente desde el punto de vista que sostenían, pues nadie debía rendir cuentas sobre sus acciones libres. Para rechazar el suicidio, el paganismo hubiera tenido que efectuar un largo rodeo, demostrar que consistía en violar los deberes con respecto a otro. El crimen contra Dios, que es el suicidio, es un sentido que escapa enteramente al pagano. Por lo tanto no se puede decir, cosa que sería invertir absurdamente los términos, que en él el suicidio era desesperación; pero se tiene derecho a decir que su misma indiferencia sobre este punto lo era ...

Aún queda sin embargo una diferencia, una diferencia de cualidad, entre el paganismo de otrora.

El desesperado consciente, pues, no debe saber y nuestros actuales paganos, aquella que Vigilius Haufniensis, a propósito de la angustia, ha destacado; si el paganismo no conoce el espíritu, sin embargo está orientado hacia él, en tanto que nuestros modernos paganos sólo carecen de él por alejamiento o traición, lo que es la verdadera nada del espíritu.


b) De la desesperación consciente de su existencia, consciente pues de tener un yo de alguna eternidad; y de las dos formas de esta desesperación, una en la cual no se quiere ser uno mismo y la otra en la cual se quiere serlo.


Una distinción se impone aquí: ¿sabe el desesperado consciente que es la desesperación? Quizá tenga razón en decirse desesperado de acuerdo a la idea que de la desesperación se ha formado, o quizá, también, está desesperado de verdad, ¿pero prueba esto que su idea sea justa? Observando su vida desde el ángulo de la desesperación, acaso pueda decirse a este desesperado: en el fondo, lo estás mucho más de lo que supones, tu desesperación aun cae más bajo. Así sucede con los paganos, recordémoslo: cuando, comparativamente a otros, uno de ellos se consideraba desesperado, su equivocación precisamente no residía en decir que lo estaba, sino en creer estarlo solo, con exclusión de los demás; le faltaba representarse verdaderamente la desesperación.

El desesperado consciente no sólo debe saber exactamente que es la desesperación, sino que ha de tener pleno conocimiento de sí mismo, ya que la lucidez y la desesperación no se excluyen. ¿La plena luz sobre sí mismo, la conciencia de estar desesperado, se deja conciliar con la desesperación misma? ¿Acaso esta lucidez en el conocimiento de nuestro estado y de nuestro yo no debería arrancarnos a la desesperación, espantarnos tanto de nosotros mismos que nos fuera preciso dejar de estar desesperados? Cuestión que aquí no se resolverá, que ni incluso se abordará, pues su lugar se encuentra más adelante. Pero sin encarar aquí esa investigación dialéctica, limitémonos a anotar la gran variabilidad de la conciencia, no sólo sobre la naturaleza de la desesperación. sino también sobre su propio estado cuando se trata de saber si es desesperación. La vida real es bastante matizada para no desprender más que abstractas contradicciones, como la existente entre los dos extremos de la desesperación: su inconsciencia total y su entera conciencia. En general. el estado del desesperado, aun cuando esté lleno de variados matices, se oculta en su propia penumbra. En su fuero íntimo duda de su estado, incluso lo intuye como cuando se siente incubar una enfermedad, pero sin gran deseo de reconocerla francamente. Durante un instante percibe casi su desesperación; otro día su malestar le parece provenir de otra parte, como de algo externo, situado fuera de él y cuyo cambio eliminará su desesperación. O quién sabe si por distracciones u otros medios: trabajo, tareas a manera de pasatiempos, trata de mantenerse en esa penumbra acerca de su estado, pero incluso aquí, sin querer ver con claridad que se distrae en esa finalidad, que obra de ese modo para no salir de tal sombra. O también, cuando se esfuerza en hundir su alma en ese estado, quizá lo sabe y pone en ello una cierta perspicacia, propósitos calculados y una dosis de psicología, pero sin lucidez profunda, sin darse cuenta de lo que hace ni que entra la desesperación en su manera de obrar, etc. Pues siempre en la sombra y en la ignorancia, el conocimiento y la voluntad prosiguen su concierto dialéctico y siempre se corre el riesgo, por definir alguno: el error de exagerar uno o la otra.

Pero como ya se ha visto, la intensidad de la desesperación crece con la conciencia. Más aún, con la verdadera idea de la desesperación se continúa estando desesperado y cuanto más conciencia clara se tiene de estarlo, continuando desesperado, más intensa es la desesperación. Cuando uno se mata con la conciencia de que matarse es desesperación, por consiguiente con una idea verdadera del suicidio, se está más desesperado que matándose sin saber verdaderamente que matarse es desesperación; sucede lo contrario cuando uno se mata con una idea falsa del suicidio; la desesperación es menos intensa. Por otra parte, cuando mayor lucidez se tiene sobre uno mismo {conciencia del yo) al matarse, más intensa es la desesperación que se tiene, comparada a la de quien se mata en un estado anímico perturbado y oscuro.

En la exposición de las dos formas de la desesperación consciente, se verá ahora crecer no sólo el conocimiento de la desesperación, sino también la conciencia de su estado en el desesperado o, lo que es lo mismo y es el hecho decisivo, se verá crecer la conciencia del yo. Pero lo contrario de desesperar es creer; lo que va se ha expuesto como fórmula de un estado en el cual la desesperación es eliminada, se encuentra, pues, siendo también fórmula de la fe: refiriéndose a uno mismo, queriendo ser uno mismo, el yo sumérgese a través de su propia transparencia en el poder que le ha planteado (véase Libro I, cap. I).


1) De la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo o desesperación-debilidad.


Esta designación de desesperación-debilidad ya implica una anticipación sobre la segunda forma de la desesperación: aquella en la cual se quiere ser uno mismo. De este modo, su oposición no es más que relativa. No existe desesperación enteramente sin desafío; la misma expresión en la cual no se quiere también lo evidencia. Y, por otra parte, hasta en el supremo desafío de la desesperación existe debilidad. Vése, pues, toda la relatividad de su diferencia. Podría decirse que una de las formas es femenina y la otra masculina (2).


1° DESESPERACIÓN DE LO TEMPORAL O DE ALGO TEMPORAL


Aquí estamos ante lo inmediato puro o de lo inmediato con una reflexión simplemente cuantitativa. Aquí no hay conciencia infinita del yo, de lo que es la desesperación, ni de la naturaleza desesperada del estado en que uno se encuentra; aquí, desesperar es simplemente sufrir; se soporta pasivamente una opresión exterior y la desesperación no viene de ningún modo desde dentro, como una acción. En resumen, es por un abuso del lenguaje inocente, por un juego de palabras, como cuando los niños juegan a los soldados, que en el lenguaje de lo espontáneo se emplean palabras como: el yo, la desesperación.

El hombre de lo espontáneo (si verdaderamente la vida ofrece tipos de inmediato a tal punto desprovistos de toda reflexión) no es, para definirlo y definir su yo bajo el ángulo de lo espiritual, sino una cosa más, un detalle en la inmensidad de lo temporal, una parte integrante del resto del mundo material; y ese hombre no posee en él más que una falsa apariencia de eternidad. De este modo el yo, como integrando el rasgo, puede empeñarse en desear, anhelar, gozar ... y siempre resulta pasivo; incluso si desea, ese yo sigue siendo un dativo, como cuando el niño dice: yo; sin otra dialéctica que la de lo agradable y desagradable, ni otros conceptos que los de felicidad, desgracia, fatalidad.

He aquí que entonces adviene, sobreviene (sobre-venir) a ese yo irreflexivo alguna causa que le hace desesperar, algo imposible por otra vía, no teniendo el yo ninguna reflexión en si mismo. Desde fuera debe llegarle la desesperación, la cual no es más que una pasividad. Lo que llena la vida de ese hombre inmediato o, si hay en él una sombra de reflexión, la parte de esa vida a la cual, ante todo, tiene en cuenta, se la quita de pronto un golpe de la suerte y, para hablar en su lenguaje, helo aquí desgraciado, es decir que semejante golpe rompe entonces en él lo inmediato, al cual ya no puede retornar: desespera. O también, aunque es bastante raro en la vida, si bien muy normal en el razonamiento, esa desesperación de lo inmediato resulta de lo que ese hombre irreflexivo llama un exceso de felicidad; lo inmediato, como tal, en efecto, es de una gran fragilidad y todo quid nimis, que pone a prueba la reflexión, le lleva a la desesperación, por lo tanto, desesperado, más bien, por un extraño espejismo y como instruido a fondo de su propio sujeto, dice que desespera, pero la desesperación es perder la eternidad, y de esta pérdida no dice nada, incluso ni piensa en ella. La pérdida de lo temporal no es en sí desesperación y, sin embargo, habla de ella y la llama desesperar. En un sentido, son verdaderos sus propósitos, pero no como él los entiende; colocados al revés, también hay que entenderlos a la inversa; indica lo que allí es desesperación, diciéndose a la vez desesperado y durante ese tiempo, en efecto, la desesperación se produce detrás suyo, a su pesar. Como alguien que da la espalda al Ayuntamiento y que lo señala delante suyo diciendo: allí, enfrente, está el Ayuntamiento; el pobre hombre dice bien: está delante suyo ... pero si se da vuelta. En efecto, no está desesperado, ¡no!, aunque no se engañe llamándose tal. Pero él se trata de desesperado, se considera como muerto, como la sombra de sí mismo. Y no obstante no lo es, incluso digamos que aún hay vida en ese cadáver. Si cambiara de pronto todo, todo ese mundo exterior, y se realizara su deseo, se le verá refocilarse y de inmediato recobrar el pelo de la bestia, y nuestro hombre recomenzará a correr. Pero la espontaneidad no conoce otra manera de luchar, y sólo sabe bien una cosa: desesperar y caer en desmayo ... y, sin embargo, si existe algo que ella ignora, es que es desesperación. Desespera y desmaya, luego permanece inmóvil como muerto, habilidad como la de hacer el muerto; pues ella aseméjase a esos animales inferiores, sin más armas ni defensas que la inmovilidad y la simulación de la muerte.

Mientras tanto el tiempo pasa. Entonces, con alguna ayuda exterior, el desesperado readquiere vida, vuelve a partir del punto en el cual había aflojado, sin devenir ya un yo que no era ayer, y continúa viviendo en la espontaneidad pura. Pero sin ayuda de fuera, muy a menudo la realidad toma entonces un giro distinto. Un poco de vida retorna a pesar de todo a ese cadáver, pero, como dice, nunca más será él mismo. Ahora cree gustar algo de la existencia, aprende a imitar a los otros y a sus maneras de vivir ... y helo aquí que vive como ellos. Y en la cristiandad es además un cristiano que los domingos va al templo, escucha al pastor y lo comprende, pues son dos compadres; y cuando muere, el otro, por diez rixdales, lo introduce en la eternidad. Pero en cuanto a ser un yo, nunca lo ha sido, ni antes ni después.

Ésta es la desesperación de lo inmediato: no querer ser uno mismo, o más bajo aún: no querer ser un yo o, forma la más ínfima de todas: desear ser otro, desearse un nuevo yo. La espontaneidad, en el fondo, no tiene ninguno y no conociéndose, ¿cómo podría reconocerse? De este modo su aventura a menudo toma un giro burlesco. El hombre de lo inmediato, desesperando, incluso no posee suficiente yo para desear o soñar haber sido al menos aquel que no ha llegado a ser. Entonces se ayuda de otra manera, deseando ser otro. Obsérvese, para convencerse, a las gentes de lo espontáneo: a la hora de la desesperación, el primer deseo que les llega es haber sido o devenir otro. En todo caso, ¿cómo no sonreír ante un desesperado de esta clase, cuya misma desesperación, a la mirada de los hombres, permanece a pesar de todo siendo bastante anodina? Generalmente ese hombre es de una comicidad sin límites. Figúrese un yo (y nada es, después de Dios, más eterno que el yo), y que ese yo se ponga a pensar en los medios de transtornarse en otro ... distinto a él mismo. Y ese desesperado, cuyo único deseo es esa metamorfosis, la más descabellada de todas, de pronto está enamorado -sí, enamorado- de la ilusión de que el cambio le sería tan fácil como cambiar de traje. Pues el hombre de lo inmediato no se conoce a sí mismo; literalmente no se conoce más que por el hábito, no reconoce un yo (y aquí se encuentra su comicidad infinita) más que a su vida exterior. No podría hallarse un desprecio más ridículo; pues, precisamente, es infinita la diferencia entre el yo y sus exteriores. Como toda esta vida ha sido cambiada para el hombre de lo inmediato, y ha caído en la desesperación, da un paso más, le acude la idea y le sonríe: ¡Toma! ¿Si me convirtiera en otro? ¿Si me ofreciera un nuevo yo? Sí, ¿si deviniera otro? ¿Pero sabría reconocerse luego? Cuéntase que un campesino, que llegara descalzo a la ciudad, ganó en ella tantas monedas que pudo comprarse medias y botines, quedándole aún bastante para emborracharse. La historia dice que entonces, ebrio y con deseos de regresar, cayó en medio del camino y se durmió. Diose que pasara un coche, y el cochero comenzó a gritarle que se moviera si no quería que le rompiese las piernas. Entonces nuestro borracho se despertó; y mirando sus piernas y no reconociéndolas, gritó: Pasa cuando quieras; no son mías. Así hace el hombre de lo inmediato que desespera: es imposible imaginarlo en la realidad de otro modo que siendo cómico, pues a fe mía que ya es una especie de malabarismo hablar en su jerga de un yo y de la desesperación.

Cuando se supone lo inmediato mezclado con alguna reflexión sobre sí, la desesperación se modifica un poco; entonces el hombre un poco más consciente de su yo, lo es también por esto un poco más sobre lo que es desesperación y la naturaleza de su propio estado; que hable de estar desesperado ya no es absurdo: pero siempre es en el fondo desesperación-debilidad, un estado pasivo; y su forma continúa siendo aquella en que el desesperado no quiere ser el mismo.

El progreso, aquí, sobre el puro inmediato, es ya que la desesperación no surge siempre de un choque, de un acontecimiento, sino que puede ser debida a esa reflexión, a esa misma reflexión sobre sí, y que ya no es entonces una simple sumisión pasiva a causas externas, sino, en cierta medida, un esfuerzo personal, un acto. Es verdad que hay aquí un cierto grado de reflexión interna y, por lo tanto, de retorno al yo; y este comienzo de reflexión abre esa acción de retraimiento en que el yo se da cuenta de su diferencia íntima con el resto del mundo exterior, comienzo que abre también la influencia de esa elección sobre el yo. Pero esto no lo lleva muy lejos. Cuando ese yo, con su bagaje de reflexión, trata de resumirse íntegramente, corre el riesgo de tropezar con alguna dificultad en su estructura profunda, en su necesidad. Pues ningún yo, a igual que cualquier cuerpo humano, no es perfecto. Esta dificultad, cualquiera sea ella, le hace retroceder de espanto. O entonces algún suceso marca una ruptura más profunda de su yo con lo inmediato de lo que pudo hacerlo su reflexión o también su imaginación descubre un posible que, si sobreviniera, rompería igualmente lo inmediato.

Entonces desespera. Su desesperación es la desesperación-debilidad, sufrimiento pasivo del yo, contrario a la desesperación en la cual el yo se afirma; pero gracias al pequeño bagaje de reflexión sobre sí, intenta -también aquí diferente de lo espontáneo puro- defender su yo. Comprende qué trastorno sería abandonarse a ella y no la hace una apoplejía como el hombre de lo inmediato, pues su reflexión la ayuda a comprender que se puede perder mucho, sin perder sin embargo su yo; hace concesiones e incluso está en condiciones de hacerlas, habiendo efectuado bastante bien la partida de su yo y de toda exterioridad, y presintiendo vagamente que debe haber en el yo una porción de eternidad. Pero inútilmente puede debatirse: la dificultad hallada exige una ruptura con todo lo inmediato y para ello no posee bastante reflexión ética, no tiene ninguna conciencia de un yo a adquirir por una abstracción infinita que lo saque de toda exterioridad, de un yo abstracto y desnudo, contrario del yo vestido de lo inmediato, primera forma del yo infinito y motor de ese proceso sin fin, en el cual el yo asume infinitamente su yo real con sus cargos y beneficios.

Por lo tanto desespera, y su desesperación consiste en que no quiere ser él mismo. No porque se empecine en el ridículo de querer ser otro; no rompe consigo mismo; sus relaciones recuerdan aquí los sentimientos que habría tenido alguien por su domicilio (lo cómico está en que el vínculo con el yo nunca es tan flojo como el de un hombre con su domicilio}, si le disgustara en su domicilio el humo o una cosa cualquiera; ese hombre lo deja pues, pero sin abandonarlo, sin alquilar otro, persistiendo en considerarlo como suyo, descontando que el inconveniente pasará. De igual manera nuestro hombre desespera. Mientras dura la dificultad, según la expresión literal, no se atreve a retornar a sí mismo, no quiere ser él mismo; pues es cosa que sin duda pasará, que quizá cambiará; ese sombrío posible dejará que se olvide. Esperanzado, mientras tanto no lo hace, por así decir, más que raras visitas a su yo, con el propósito de ver si no se ha producido un cambio. Y desde el momento en que se produce, vuelve a instalarse en él; como dice: se vuelve a encontrar, queriendo solamente decir que vuelve a asirse el punto en que aflojó; no tenía más que una sospecha del yo; nada más ha ganado.

Pero si nada cambia, se arregla de otro modo. Da completamente la espalda al camino interno que habría de tomar para ser verdaderamente un yo. Toda cuestión del yo, de lo verdadero; es entonces como una puerta vedada en lo más profundo de su alma. Sin nada detrás. Asume lo que en su jerga se llama su yo, es decir que ha podido tocarle de dones, talentos, etc. ... todo esto lo sume pero dirigido al exterior, hacia lo que se llama la vida, la vida real, la vida activa; sólo tiene relaciones prudentes con la escasa reflexión sobre él mismo que retiene, y teme que reaparezca lo que se ocultaba en último plano. Lentamente logra entonces olvidarlo; con el tiempo casi lo encuentra ridículo, sobre todo cuando se halla en buena sociedad, con otras gentes de acción y de valor, poseyendo el gusto y el entendimiento con la realidad. ¡Encantador! Helo aquí como en las novelas felices, casado ya desde hace varios años, hombre activo, de empresa, padre de familia y ciudadano, incluso quizá gran hombre; en su casa, hablando de él, sus criados le prestan un yo: El señor mismo; es un notable; su apostura sabe dar todo lo debido a las personas, sin olvidar lo correspondiente a su propia persona; a juzgar por ese debido, no cabe duda de que es una persona. Y en la cristiandad es un cristiano (de igual modo como sería pagano en el paganismo y holandés en Holanda) que forma parte de los cristianos bien educados. El problema de la inmortalidad a menudo le ha ocupado y más de una vez preguntó al pastor si realmente existe, si realmente reconoceráse en ella; punto que bien puede interesarle muy especialmente, puesto que no tiene yo.

¡Cómo describir de verdad esta clase de desesperación sin un grano de sátira! Su comicidad está en que ha hablado de ella en pasado; y lo terrible, en que después de haberla superado, como él cree, sea su estado precisamente desesperación. Lo cómico infinito, en esta sapiencia práctica, tan elogiada en el mundo, en todo ese sagrado kyrielle de buenos consejos y de proverbios prudentes, todos esos se verá, uno se arreglará, a pasar al libro del olvido etc., en un sentido ideal, es estupidez completa, que no sabe dónde está el verdadero peligro ni en qué consiste. Pero también allí lo terrible es esa estupidez ética.

La desesperación de lo temporal o de algo temporal es el tipo más extendido de desesperación y sobre todo en su segunda forma, como inmediato mezclado con un poco de reflexión sobre sí mismo. Cuanto más se impregna la desesperación de reflexión, menos visible es aquí abajo, o menos se encuentra. Tan cierto es esto, que la mayoría de los hombres no penetran muy a fondo en su desesperación, lo que no prueba que no la tengan. ¡Muy raros son aquellos cuya vida, y aún débilmente, tenga un destino espiritual! ¡Cuántos procuran lograrlo y entre estos últimos, cuántos no abandonan el empeño! No habiéndolo aprendido, ni por temor ni por imperativo, todo lo demás les es indiferente, infinitamente indiferente. Por esto no se empeñan mucho en preocuparse por sus almas y querer ser espíritu -una contradicción a sus ojos, que el espejo del medio les devuelve aún más ruidosa-, ya sea ello para el mundo una pérdida de tiempo pérdida inexcusable que tendrían que penar las leyes o al menos un acto que hay que marcar con el desprecio o el sarcasmo, como una traición a la humanidad, como un absurdo desafío llenando el tiempo con una vaciedad loca. Entonces llega una hora en sus vidas, y -¡ay!- es la mejor, en que a pesar de todo penetran en una orientación interior. Pero apenas encuentran los primeros obstáculos, vuelven atrás, pareciéndoles el camino una vía que conduce a un desierto desolado ... un rings umher liegt schone grüne wiede (3). Se vuelven pues, y rápidamente olvidan ese tiempo, que fue su mejor tiempo -¡ay!- y lo olvidan, como se hace con una niñería. Además son cristianos, tranquilizados por los pastores en la cuestión de la salvación. Como se sabe, esa desesperación es la más corriente, incluso tan común que, por sí misma, explica la idea que anda por las calles de que la desesperación es exclusivamente un gaje de los jóvenes y no debería hallarse en el hombre maduro, llegado a la cima de la vida. Es esta una opinión desesperada, que se descarría o, más bien, que se engaña, sin ver -sí, sin ver, cosa peor, pues aquello que no se ve es sin embargo lo mejor que casi puede decirse de los hombres, visto que más a menudo es peor lo que sucede- que la mayoría de ellos, mirándolos a fondo, no superan en toda su vida su estado infantil y juvenil: la vida inmediata, teñida de una ligera dosis de reflexión sobre sí mismo. No, la desesperación no es verdaderamente algo que sólo se encuentra en los jóvenes y que no nos abandona al crecer, como la ilusión que agrandándose se pierde. Pues es esto lo que hace, incluso con la tontería de creerlo. Por el contrario ¡cuántos, hombres, mujeres y viejos aparecen llenos de ilusiones pueriles como cualquier jovenzuelo! En efecto, se omite las dos formas de la ilusión, la de la esperanza y la del recuerdo. Los jóvenes tienen la primera, los viejos la segunda; pero también los últimos son presa de ella por el hecho de que se hace sobre la misma una idea muy particular: de que no tiene más que la forma de la esperanza. Naturalmente no es ésta la que los atormenta, sino es otra, en revancha bastante divertida, desde un punto de vista expuesramente superior y desilusionado, su desprecio por la ilusión de los jóvenes. La juventud vive en la ilusión, esperando de la vida y de ella misma lo extraordinario; por el contrario, en los viejos la ilusión redúcese a menudo a su manera de recordar la juventud. Una anciana, que por su edad debería estar libre de ello, con frecuencia húndese tanto como una joven en las ilusiones más imaginarias, cuando en el recuerdo se figura sus años de joven, cuán feliz era entonces, cuán linda era, etc. ... Ese fuimus tan frecuente en sus labios de vieja equivale a la ilusión de los jóvenes dirigida hacia el futuro; en una y otros: mentira o poesía.

Pero un error, de muy distinta manera desesperado, consiste en creer que la desesperación es únicamente gaje de los jóvenes. Y de modo general -además que es desconocer la naturaleza del espíritu y desconocer asimismo que el hombre no es más que una simple criatura animal ... aunque también un espíritu-, qué estupidez pensar que la fe y la sabiduría pueden venirnos también despreocupadamente, sin más, con los años, a igual que los dientes, la barba y el resto. No adonde lleguen fatalmente los hombres y sea lo que fuere lo que les advenga, una sola cosa escapa a la fatalidad: la fe y la sabiduría. Pues nunca, si se trata del espíritu, la simple fatalidad aporta algo al hombre, pues el espíritu, precisamente, no tiene otro enemigo más hostil que ella; pero perder, por el contrario, nada es más fácil con los años. Con ellos huye, quizá sin más, lo poco de pasiones, sentimientos e imaginación, lo poco de interioridad que se tenía, y sin más (pues tales cosas suceden sin más), colócase uno bajo las banderas de la trivialidad, que cree comprender la vida. Este estado de mejoramiento, debido claro está a los años, el hombre lo considera ahora como un bien en su desesperación y asegúrase sin pena (y en un sentido, pero satírico, nada más seguro) que nunca más tendrá la idea de desesperar. ¡No! Él se lo garantiza, estando en esa desesperación que es el vacío espiritual. En efecto, ¿5ócrates habría amado a los jóvenes si no hubiese conocido al hombre?

Y si no siempre sucede que un hombre con el tiempo cae en la más trivial desesperación, ¿acaso significa esto que desesperar sólo está reservado a los jóvenes? El hombre que verdaderamente progresa con la edad, que madura la conciencia profunda de su yo, quizá púeda alcanzar una forma superior de desesperación. Y si no hace a lo largo de la vida más que progresos mediocres, no hundiéndose a la vez en la pura y simple trivialidad; si, por así decir, sobrevive un joven en el hombre, en el padre y en el anciano; si conserva siempre un poco de las promesas de la juventud, siempre correrá el riezgo de desesperar, como un joven, de lo temporal o de algo temporal.

La diferencia, si es que existe alguna, entre la desesperación de un hombre de edad como él y la de un joven, no es más que secundaria, puramente accidental. El joven desespera del porvenir como de un presente in futuro; hay algo en el porvenir con lo cual no quiere cargarse y con que él no quiere ser el mismo. El hombre de edad desespera del pasado, pues su desesperación no llega hasta el olvido total. Este hecho pasado es quizás incluso algo cuyo arrepentimiento, ante todo habría que haber desesperado, fructuosamente desesperado hasta el fin, y la vida espiritual podría entonces surgir de las profundidades. Pero nuestro desesperado no se atreve a dejar que las esas vayan hasta semejante decisión. Y permanece allí, pasa el tiempo, a menos que no logre, más desesperado todavía, a fuerza de olvido, cicatrizar el mal, convirtiéndose de este modo en su propio encubridor, en lugar de un penitente. Pero sea hombre de edad o joven, la desesperación es la misma: no se llega a una metamorfosis de lo que hay de eternidad en el yo, haciendo posible esta lucha exterior a la conciencia, que intensifica la desesperación hasta una forma aún más elevada, o que conduce a la fe.

¿No existe pues una diferencia esencial entre esos dos términos empleados hasta aquí como idénticos: la desesperación de lo temporal (indicando la totalidad) y la desesperación de algo temporal (¿indicando un hecho aislado?) Pues sí. Desde el momento en que el yo, con una pasión infinita en la imaginación desespera de algo temporal, la pasión infinita realza ese detalle, ese algo, hasta recubrir lo temporal in toto, es decir que la idea de totalidad está en el desesperado y depende de él. Lo temporal (como tal) es precisamente lo que se desmorona en el hecho particular. En la realidad es imposible perder todo lo temporal o quedar privado de él, pues la totalidad es un concepto. Por lo tanto, el yo desarrolla ante todo la pérdida real hasta el infinito, y luego desespera de lo temporal in toto. Pero desde el momento en que se quiere investir de todo su valor a esta diferencia (entre desesperar de todo lo temporal y desesperar de algo temporal), se hace hacer al mismo tiempo un progreso capital a la conciencia del yo. Esta fórmula de la desesperación de lo temporal deviene entonces una primera expresión dialéctica de la siguiente fórmula de la desesperación.


2° DESESPERACIÓN EN CUANTO A LO ETERNO O DE SÍ MISMO


Desesperar de lo temporal o de algo temporal, si verdaderamente es desesperación, resulta en el fondo lo mismo que desesperar en cuanto a lo eterno y de sí mismo, fórmula de toda desesperación (4). Pero el desesperado, que se ha descrito, no sospecha en suma lo que sucede a su espalda; creyendo desesperar de algo temporal, habla incesantemente de aquello por lo que desespera, pero en realidad su desesperación refiérese a la eternidad; pues dando tanto valor a lo temporal o, más explícitamente, a algo temporal, o dilatándolo ante todo a la totalidad de lo temporal, y dando luego a esta totalidad tanto valor es como entonces desespera en cuanto a la eternidad.

Esta última desesperación es un progreso considerable. Si la otra era desesperación-debilidad; aquí el hombre desespera de su debilidad, pero su desesperación aún tiene desesperación-debilidad, como diferente de la desesperación-desafío. Por lo tanto, diferencia sólo relativa; la forma precedente no superaba la conciencia de la debilidad, mientras que aquí la conciencia va más lejos y se condensa en una nueva conciencia, la de su debilidad. El desesperado ve por sí mismo su debilidad de tomar tan a pecho lo temporal, su debilidad de desesperar. Pero en lugar de dirigirse entonces francamente de la desesperación a la fe, humillándose ante Dios bajo esa debilidad, se hunde en la desesperación y desespera de ella. Por eso cambia su punto de vista: siempre más consciente de su desesperación, sabe ahora que desespera en cuanto a lo eterno, que desespera de sí mismo, de su debilidad de hacerle tanto caso a lo temporal, lo que para su desesperación equivale a la pérdida de la eternidad y de su yo.

Aquí hay progreso. Primero en la conciencia del yo; pues es imposible desesperar en cuanto a lo eterno sin una idea del yo, sin la idea que hay o ha habido eternidad en él. Y para desesperar de sí mismo, también es necesario que se tenga conciencia de poseer un yo; y, sin embargo, es de ello que el hombre desespera no de lo temporal o de algo temporal, sino de él mismo. Además aquí hay más conciencia de lo que es la desesperación, que no es en efecto otra cosa que la pérdida de la eternidad y de sí mismo. Naturalmente el hombre también tiene más conciencia de la naturaleza desesperada de su estado. Al presente, la desesperación no es sólo un mal pasivo, sino una acción. En efecto, cuando el hombre pierde lo temporal y desespera, la desesperación parece llegar de afuera, aunque viviendo siempre del yo; pero cuando el yo desespera de esa última desesperación, tal desesperación viene del yo, como una reacción indirecta y directa y difiere por esto de la desesperación-desafío, que brota del yo. Anotemos aquí, finalmente otro progreso. Su mismo crecimiento de intensidad aproxima esta desesperación en un sentido a la salud. Pues su profundidad misma la guarda del olvido; al no cicatrizar, salvaguarda en todo instante una posibilidad de salvación.

Sin embargo, esa forma no se refiere menos a la de la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo. Como un padre que deshereda a su hijo, el yo se niega a reconocerse después de tanta debilidad. Desesperado, no puede olvidarla, en un sentido se aborrece, no queriendo humillarse bajo su peso, como el creyente, para volverse a encontrar de este modo; no, en su desesperación, ya no quiere oír hablar de sí mismo, no quiere saber nada de sí mismo. Pero tampoco podría tratarse de una ayuda del olvido; tampoco, gracias al olvido, podría deslizarse al clan a-espiritual y vivir entonces en hombre y cristiano común; no, para esto, el yo es demasiado yo. Como a menudo sucede con el padre que deshereda a su hijo y que nada ha adelantado con ese gesto exterior, no habiéndose desembarazado, con el de su hijo, al menos no habiendo liberado de él a su pensamiento pero aun más a menudo como un amante que maldice al hombre que ella odia (y que es su amigo), pero a quien el maldecir no ayuda nada y más bien la encadenaría; así le sucede a nuestro desesperado frente a su yo.

Esa desesperación, en un grado más profunda que la precedente, es de las que con menos frecuencia se encuentran en el mundo. Esa puerta vedada detrás de la cual no había más que la nada, es aquí una verdadera puerta, pero además con cerrojos, y detrás de ella el yo, como pendiente de sí mismo, se ocupa y engaña el tiempo negándose a ser él mismo, aunque siéndolo bastante para amarse. Esto es lo que se llama el hermetismo, del cual nos ocuparemos ahora, ese contrario de lo espontáneo puro, al cual desprecia por su debilidad intelectual.

¿Pero existe en la realidad un yo semejante? No ha huido al desierto, el convento o el manicomio? ¿Es un ser viviente vestido como los demás, o que se oculta como ellos bajo el manto de todos los días? ¡Voto a ...! ¿Y por qué no? Sólo que en los secretos de su yo nadie está iniciado, incluso ni un alma, pues no siente la necesidad de que tal cosa suceda, o sabe rechazarla. Pero escuchadle más bien a él mismo: Únicamente los espontáneos puros -aquellos que por el espíritu se encuentran casi en el mismo punto que los pequeñuelos, quienes con amable despreocupación no saben retener nada en el cuerpo-, únicamente los espontáneos puros no saben ocultar nada. Es esa espontaneidad, que tan a menudo se pretende verdad, naturalidad, sinceridad, franqueza sin ambajes, la que es casi tan verdadera como sería mentira en el adulto no contenerse cuando el cuerpo experimenta una necesidad natural. Todo yo, por poca reflexión que tenga, posee sin embargo la idea de dominarse. Y nuestro desesperado tiene el suficiente hermetismo para mantener a raya a los importunos, es decir a todo el mundo, de los secretos de su yo, sin perder por ello el aire de un viviente. Es un hombre culto, casado, padre de familia, un funcionario de carrera, un padre respetable, de trato agradable, muy tierno con su mujer, la solicitud misma con respecto a sus hijos. ¿Y cristiano también? Pues sí, a su manera, aunque prefiere no decir una palabra al respecto, si bien dejó con benevolencia y cierta alegría melancólica que su mujer, para edificarse, se ocupe de religión. El templo no lo ve muy a menudo y la mayoría de los pastores le parecen personas que no saben a fondo de qué hablan. Salvo uno, confiesa, qué sabe de que habla; pero otra razón no le permite ir a oírle, el temor de que no lo arrastre demasiado lejos. Por el contrario, muy a menudo le domina una necesidad de soledad, tan vital para él a veces como respirar, o a veces, de dormir. Que tenga esa necesidad vital con más fuerza que el común de las gentes, es en el otro signo de una naturaleza más profunda. La necesidad de soledad prueba siempre en nosotros la espiritualidad y sirve para medirla. Ese pueblo descabellado de hombres que no lo son, ese ganado de inseparables siente tan poco semejante necesidad que, como cotorras, mueren cuando están solos; como el niñito que no se duerme si no se le canturrea, necesitan el gorjeo tranquilizador de la sociabilidad para comer, beber, dormir, rogar y sentirse enamorados, etc. ... Pero ni la antigüedad ni la Edad Media descuidaban esa necesidad de soledad, se respetaba lo que expresa. Nuestra época, con su sempiterna sociabilidad, tiembla tanto delante de la soledad, que no sabe (¡qué epigrama!) servirse de ella más que contra los criminales. Es cierto que, en nuestros días, es un crimen entregarse al espíritu y, por lo tanto, nada es más regular si nuestras gentes, amantes de la soledad, se clasifican entre los criminales.

Ocupado de la relación de su yo consigo mismo, el desesperado hermético empéñase en vivir entonces horis successivis, horas que tienen algo que ver con la eternidad, aunque no vividas para ella; en el fondo no avanza. Pero pasadas esas horas, y calmada su necesidad de soledad, es como si saliese ... incluso cuando entra para encontrar mujer e hijos. Lo que hace de él un marido tan tierno, un padre tan solícito es, además de su fondo bonachón y su sentido del deber, esa confesión que en lo más profundo de sí mismo él se ha hecho sobre su debilidad.

Suponiendo que se logra sus confidencias y se le dice: ¡Pero tu hermetismo es orgullo! ¡En el fondo estás orgulloso de ti mismo!, sin duda alguna no os lo confesará. Solo consigo mismo, reconocerá que acaso no se esté equivocado; pero la pasión de su yo por penetrar su debilidad pronto le daría la ilusión de que no puede ser eso orgullo, puesto que precisamente desespera de su debilidad ... como si no fuera orgullo atribuir ese peso enorme a la debilidad, como si la voluntad de enorgullecerse de su yo no le evitara soportar esa conciencia de su debilidad. Y si se le dijera: He aquí una extraña complicación, un extraño embrollo; pues todo el mal, en el fondo, proviene de la manera con que se ligá el pensamiento, pues si no nada sería más normal para ti, precisamente, que el camino por donde pasar que, por la desesperación del yo, te conduciría a tu yo. Lo que dices de la debilidad es exacto, pero no debes desesperar por ella; hay que romper el yo para llegar a ser uno mismo; deja pues de desesperar. Estas opiniones le harían confesar en un minuto de tranquilidad, pero de nuevo la pasión desviaría pronto su mirada y otro falso viraje le arrojaría en la desesperación.

Un desesperado semejante, como ya se ha dicho, no corré por las calles. Pero si no permanece allí, moviéndose únicamente en el mismo sitio, si no se produce en él, por otra parte, una revolución que le lleve al buen camino de la fe, entonces, o su desesperación se condensará en una forma superior, pero siempre hermética, o bien estallara arruinando el disfraz exterior con el cual se envolvía su vida como con un incógnito. En ese caso se le verá lanzarse en la existencia, quizás en la diversión de grandes empresas, llegando a ser uno de esos espíritus inquietos cuya carrera -¡ay!- deja más de una huella; en uno de esos espíritus siempre en procura de olvido y que, ante el caos interior, quieren poderosos remedios, aunque de una especie distinta a los de Ricardo III, huyendo de las maldiciones de su madre. O también buscará el olvido en los sentidos, acaso en el libertinaje, para retornar en su desesperación a lo espontáneo, pero siempre con la conciencia del yo que no quiere ser. En el primer caso, cuando la desesperación se condensa, se dirige al desafío, y entonces se ve bien qué suma de mentira ocultaban sus quejas de debilidad y que verdad dialéctica es pretender que el desafío se expresa siempre en primer término por la desesperación de ser débil.

Pero dirijamos una última mirada al fondo de ese taciturno que no hace más que agitarse en su taciturnidad. Si la mantiene intacta, omnibus numeris absoluta, el suicidio es su primer riesgo. El común de los hombres no tiene naturalmente la menor sospecha de lo que puede hacer sufrir semejante hermetismo; quedaríanse estupefactos si lo supiesen. Tan cierto es que corre el riesgo, ante todo, del suicidio. Que hable a alguien, por el contrario, que se abra a uno solo y entonces se dará en él tal alivio, una pacificación tal, que él suicidio dejará de ser la salida del hermetismo. Ya un confidente, uno solo, basta para rebajar en un tono el hermetismo absoluto. Entonces el suicidio presenta posibilidades de ser evitado. Pero la confidencia misma puede dar lugar a la desesperación, pues el hermético entonces encuentra que hubiese sido infinitamente mejor soportar el dolor de callarse, antes que darse un confidente. Hay ejemplos de herméticos llevados precisamente a la desesperación por haber tenido un confidente. Entonces el suicidio puede darse a pesar de todo. Un poeta podría también disponer la catástrofe de manera de hacer matar al confidente por el héroe {suponiendo poetice a este último rey o emperador). Podría imaginarse un déspota demoníaco con esa necesidad de abrirse a alguien de sus tormentos y que empleara por turno a un grupo de confidentes, siendo una muerte segura llegar a serlo: la confidencia termina, se los mataría. Tema para un poeta describir, en esta forma, esa contradicción dolorosa de un demoníaco, a la vez incapaz de pasarse sin confidente y de soportar a uno.


2) De la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo o desesperación-desafío


Como se ha demostrado que se podía calificar de femenina a la desesperación-debilidad, también se puede tratar a ésta de masculina. Por tal motivo, en relación a la precedente, aún es también desesperación, vista bajo el ángulo del espíritu. Pero la virilidad, precisamente, es también del resorte del espíritu, al contrario de la femineidad, síntesis interior.

La desesperación descrita en el párrafo (I, 2°) era desesperación por ser débil, en la cual el desesperado no quiere ser él mismo. Pero sólo en un grado dialéctico más, si ese desesperado sabe finalmente por qué no quiere serlo, entonces todo se trastrueca y tenemos el desafío, precisamente porque, desesperado quiere ser él mismo.

En primer término viene la desesperación de lo temporal o de algo temporal; luego la desesperación de sí mismo en cuanto a la eternidad. Después llega el desafío que, en el fondo, es desesperación gracias a la eternidad, y en la cuál el desesperado abusa desesperadamente de la eternidad inherente al yo para ser él mismo. Pero precisamente porque se ayuda con la eternidad, es que esa desesperación se aproxima tanto a la verdad suya a causa de que está tan próximo a ella, el desesperado va infinitamente lejos. Esa desesperación, que conduce a la fe, no existiría sin ayuda de la eternidad; gracias a ella, el yo encuentra el coraje de perderse para volver a encontrarse; aquí, por el contrario, se niega a comenzar por perderse, pero quiere ser él mismo.

En esta forma de desesperación, se tiene de más en más conciencia de su yo y, por lo tanto, de más en más sobre lo que es la desesperación y de la naturaleza desesperada del estado en que uno se encuentra; aquí la desesperación tiene conciencia de ser un acto y no llega de afuera como un sufrimiento pasivo; bajo la presión del ambiente, sino que surge directamente del yo. Y así, en relación a la desesperación por ser débil, ese desafío es verdaderamente una calificación nueva.

La desesperación en la cual se quiere ser uno mismo exige la conciencia de un yo infinito, que en el fondo no es más que la forma más abstracta del yo, la más abstracta de sus posibles. Es ese el yo que el desesperado quiere ser, desprendiéndolo de toda relación con un poder que lo ha planteado, arrancándolo a la idea de la existencia de un poder semejante. Con ayuda de esa forma infinita, el yo quiere desesperadamente disponer de sí mismo o, creador de sí mismo, hacer de su yo el yo que él quiere devenir, elegir lo que admitirá o no en su yo concreto. Pues éste no es una concreción cualquiera, es la suya, y ella comporta, en efecto, necesidad, límites, es un determinado preciso, particular, con sus cualidades, sus recursos, etc., surgido de hechos concretos, etc. Pero con ayuda de la forma infinita que es el yo negativo, primero el hombre se empecina en transformar ese todo para lograr así un yo a su gusto, producido gracias a esa forma infinita del yo negativo ... después de lo cual quiere ser él mismo. Es decir, que desea empezar un poco antes que los demás hombres, no por el principio, ni con él, sino al comienzo; y negándose a endosar su yo, a ver su tarea en ese yo que le ha tocado en suerte, quiere mediante la forma infinita que se encarniza en ser, construir él mismo su yo.

Si fuese necesaria una etiqueta general para esta desesperación, podríase llamarla estoica, sin pensar únicamente en la secta. Y para mayor claridad aún, podríase distinguir un yo activo y un yo pasivo, y se vería cómo el primero se relaciona a sí mismo y cómo el segundo, en su sufrimiento pasivo, se refiere también a sí mismo: la fórmula, por lo tanto, continúa siendo siempre la de la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo.

Si el yo desesperado es un yo activo, su relación consigo mismo no es en el fondo más que experimental, por grande y asombroso que sea lo que emprenda y por tenaz que sea. No reconociendo a ningún poder por encima de él, carece interiormente de seriedad, o no puede fabricar por obra de magia más que una apariencia, cuando él mismo pone en sus experiencias todos sus más ambiciosas preocupaciones. Esto no es más que una seriedad fraudulenta: como el fuego robado por Prometeo a los dioses ... aquí se roba a Dios el pensamiento que nos observa, y en ello está la seriedad; pero el desesperado no hace más que mirarse, pretendiendo conferir de este modo a sus empresas un interés y un sentido infinitos, en tanto que no es más que un hacedor de experiencias. Pues sin llevar su desesperación hasta erigirse experimentalmente en Dios, ningún yo derivado puede, mirándose, prestarse más de lo que posee; en última instancia, allí no hay nunca más que el yo, incluso multiplicándolo, el yo ni más ni menos. En este sentido, en su desesperado esfuerzo por ser él mismo, el yo se hunde en su contrario, hasta terminar por no ser más un yo. En toda la dialéctica que encuadra su acción no hay ningún punto fijo; lo que es el yo, en ningún momento permanece constante, de una eterna constancia. El poder que ejerce su forma negativa desliga tanto como liga; cuando quiere, puede volver a partir del principio y cualquiera que sea la consecuencia que ponga en perseguir un pensamiento, su acción siempre continúa siendo una hipótesis. Lejos de lograr ser cada vez más él mismo, por el contrario se revela de más en más un yo hipotético. En él el yo es amo, como se dice, absolutamente el amo, y la desesperación es eso, pero al mismo tiempo también lo que él considera su satisfacción, su gozo. Pero un segundo examen os convence sin esfuerzo que ese príncipe absoluto es un monarca sin reino, quien, en el fondo, no gobierna nada; su situación, su soberanía está sometida a esta dialéctica: que en todo instante es legítimo el motín. Al fin de cuentas, en efecto, todo depende de la arbitrariedad del yo.

El hombre desesperado, pues, no hace más que construir castillos en el aire y tomárselas siempre con molinos de viento. ¡Hermoso brillo el de todas esas virtudes de hacedor de experiencias! Encantan un momento como un poeta de Oriente; tanto dominio de sí, esa firmeza de roca, toda esa ataraxia, etc., confinan con la fábula. Y es fábula de verdad, sin nada detrás. En su desesperación, el yo quiere agotar el placer de crear él mismo, de desarrollarse por sí mismo, de existir por sí mismo, reclamando el honor del poema, de una trama tan magistral, en resumen, por haberse sabido comprender tan bien. Pero lo que entiende por esto, en el fondo, permanece siendo un enigma; en el instante mismo en que cree terminar el edificio, todo puede desvanecerse, arbitrariamente, en la nada.

Si el yo que desespera es pasivo, la desesperación continúa siendo sin embargo aquella en la cual se quiere ser uno mismo. Acaso un yo experimentador como el que se ha descrito, queriendo orientarse de antemano en su yo concreto, choca con alguna dificultad, con algo que los cristianos llamarían una cruz, un mal fundamental, cualquiera que sea, por otra parte. El yo, que niega los datos concretos inmediatos del yo, quizá comenzará por tratar de arrojar ese mal por la borda, de simular que no existe, y no querrá saber nada de el. Pero fracasa, su habilidad en las experiencias no llega hasta ello, ni incluso su destreza de abstractor; como Prometeo, el yo negativo infinito se siente clavado a esa servidumbre interna. Por lo tanto, tenemos aquí un yo pasivo. ¿Cómo se revela entonces la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo?

Recordemos: en esa forma de la desesperación, descrita anteriormente, que es la desesperación de lo temporal o de algo temporal, se ha demostrado que en el fondo es y se revela también desesperación en cuanto a la eternidad; es decir, que no se desea ser consolado ni curado por la eternidad, que se da tanto precio a lo temporal, que la eternidad no puede ser ningún consuelo. ¿Pero no es otra forma de la desesperación negarse a esperar como posible que una miseria temporal, una cruz de aquí abajo pueda sernos quitada? Es lo que niega ese desesperado que, en su esperanza, quiere ser él mismo. Pero si está convencido que esa espina en la carne (exista verdaderamente o su pasión lo persuada de su existencia) penetra demasiado profundamente para que él pueda eliminarla por abstracción (5), entonces desearía hacerla eternamente suya. Se transforma para él en un motivo de escándalo o, más bien, le da la oportunidad de hacer de toda la existencia un motivo de escándalo; entonces, por desafío, quiere ser él mismo, no a pesar de ella, ser él mismo sin ella (lo que sería eliminarla por abstracción, cosa que no puede, u orientarse hacia la resignación). ¡No! Quiere, a despecho de ella, incluirla y sacar como insolencia de su tormento. Pues suponer una posibilidad de socorro, sobre todo por medio de ese absurdo de que a Dios todo le es posible, eso no. ¡No!, ¡no!, no lo quiere. Por nada en el mundo buscaría en otro, deseando más -incluso con todos los tormentos del infierno- ser él mismo que clamar socorro.

¿Y, verdaderamente, es tan cierto decir que es lógico que el hombre que sufre, no pida nada mejor de que se lo ayude, siempre que alguien lo pueda? ... Muy distinta es la realidad, aunque la repugnancia por pedir socorro no siempre tenga un acento tan desesperado. He aquí como es. Generalmente el hombre que sufre no pide nada mejor que una ayuda, pero de tal o cual forma. Si la ayuda es de la forma que él desea, la aceptará de buen grado. Pero en un sentido de muy otra gravedad, cuando se trata de un socorro superior, de un socorro de lo alto ... de esa humillación de tener que aceptar sin condiciones de no importa cómo, de ser como una nada en la mano del Socorredor a quien todo es posible, o incluso sino se trata más que de la obligación de plegarse ante y, en tanto que se solicita socorro, de renunciar a ser uno mismo. ¡Ah!, ¡cuántos sufrimientos entonces, incluso largos, tormentosos, que sin embargo el yo no halla tan intolerables y que, en consecuencia, prefiere, con la reserva de seguir siendo él mismo!

Pero cuando más conciencia hay en ese yo pasivo que sufre y desesperadamente quiere ser él mismo, más también la desesperación se condensa y se hace demoníaca, cuyo origen es éste a menudo: un desesperado, que quiere ser él mismo, soporta de mal grado cualquier estado penoso penoso o inseparable de su yo concreto. Con toda su pasión se arroja entonces sobre ese mismo tormento, que termina por convertirse en una rabia demoníaca. Y si ahora fuera posible que Dios y todos los ángeles del cielo le ofrecieran liberarlo, rechazaría la oferta. ¡Demasiado tarde! Antaño habría dado alegremente todo para ser liberado, pero se le ha hecho esperar y ahora es demasiado tarde y prefiere rabiar contra todo, ser la injusta víctima de los hombres y de la vida, seguir siendo aquel que vela precisamente para guardar con celo su tormento, para que no se lo quiten. Pues sino, ¿cómo probar su derecho y convencerse de él uno mismo? Esta idea fija le crece de tal modo en la cabeza, que al fin una razón muy distinta le hace temer la eternidad, temer de que ella no le quite aquello que él considera demoníacamente su superioridad infinita sobre el resto de los hombres y su justificación para ser quien es. Quiere ser él mismo; primero ha formado una abstracción infinita de su yo, pero helo aquí convertido al fin en algo tan concreto que le sería imposible ser eterno en ese sentido abstracto. mientras que su desesperación se obstina en ser él mismo. ¡Oh demencia demoníaca! Su rabia, ante todo, es pensar que la eternidad podría privarlo de su miseria.

Esta especie de desesperación no corre por las calles; héroes de su índole no se encuentran, en el fondo, más que entre los poetas, entre los más grandes, que confieren siempre a sus creaciones esa idealidad demoníaca, en el sentido en que la entendían los griegos. Empero esa desesperación se ve también en la vida. ¿Pero qué exterior le corresponde entonces? A decir verdad no lo tiene, visto que un exterior correspondiente, que convenga al hermetismo, es una contradicción en los términos; su correspondencia sería una revelación. Pero el signo exterior aquí es perfectamente igual, aquí donde el hermetismo, es decir una interioridad cuyo secreto se ha embrollado, es ante todo la cosa a salvaguardar. Las formas más inferiores de la desesperación, sin interioridad real ni nada, en todo caso, deberíanse describir limitándose a presentar o indicar con una palabra los signos exteriores de los individuos. Pero cuanto más se espiritualiza la desesperación, más se aísla la interioridad como un mundo incluido en el hermetismo, más indiferentes se hacen los exteriores, bajo los cuales se oculta la desesperación. Pero sucede que a medida que se espiritualiza, más procura hacerse de un tacto demoníaco, ocultarse en el hermetismo y, por consiguiente, revestirse de apariencias de cualquier índole, tan insignificantes y neutras como sea posible. Como el duende del cuento que se eclipsa por una rendija invisible, cuanto más espiritualizado, más trata de alojarse bajo una apariencia donde, naturalmente, nadie pensaría en buscarlo. Esta misma disimulación tiene alguna espiritualidad y es un medio, entre otros, de asegurarse en suma un encierro detrás de la realidad, un mundo exclusivamente para sí, un mundo donde el yo desesperado, sin tregua como Tántalo, procura ser él.

Hemos comenzado por la forma más inferior de la desesperación, aquella en la cual no se quiere ser uno mismo. Pero aquella en que se quiere serIo, la más condensada de todas, es la desesperación demoníaca. Y en ésta, incluso ni es por manía estoica de sí mismo o auto idolatría que el yo quiere ser él mismo; no es como aquí por una mentira ciertamente, sino en un cierto sentido para lograr su perfección; no, quiere por odio a la existencia y según su miseria; y ese yo, incluso no es por rebeldía o desafío que se empecinan en ello, sino para comprometer a Dios; no quiere por rebeldía arrancarla al poder que la creó, sino imponérsela, atarlo a ella por fuerza, doblarlo contra ella satánicamente ... y es comprensible, ¡una objeción verdaderamente malvada siempre se dobla contra aquello que la suscita! Por su rebelión misma contra la existencia, el desesperado se enorgullece de tener en la mano una prueba contra ella y contra su bondad. Cree que él mismo es esa prueba y como quiere serIa, quiere pues ser él mismo, sí, ¡con su tormento!, para protestar toda la vida por medio de ese tormento mismo. En tanto que la desesperación-debilidad se oculta al consuelo que tuviera para ella la eternidad, nuestro desesperado demoníaco nada quiere saber tampoco de ella, pero por otra razón: ese consuelo le perdería, arruinaría la objeción general de que está contra la existencia. Para dar la cosa mediante la imagen, suponed una concha que escapara a su autor, una concha dotada de conciencia -que quizás en el fondo ni sería una, sino, tomando las cosas desde muy alto, un elemento integrante de un conjunto- y que entonces, en rebeldía contra su autor, por odio, trate de que no la corrija y le lance en un desafío absurdo: ¡No! No me borrarás, permaneceré como un testigo contra ti, como un testigo de que no eres más que un ruin autor!


Notas

(1) Seudónimo con que el propio Kierkegaard publicó esta obra.

(2) Un giro psicológico permitirá observar a menudo en la realidad que lo que encuentra la lógica, y que debe pues verificarse necesariamente, de hecho se verifica también, y se constatará que nuestra clasificación abarca toda la realidad de la desesperación; en efecto, para el niño no se habla de desesperación, sino únicamente de cóleras, pues que sin duda en él sólo hay eternidad en potencia y aquí no se puede exigir lo que hay derecho a exigir en el adulto, quien debe tenerlo. Lejos de mí, sin embargo, el pensamiento de que no se puede encontrar en la mujer formas de desesperación masculinas e, inversamente, en el hombre formas de desesperación femeninas; pero esta es la excepción. Claro está que la forma ideal no se halla en ninguno y sólo en ideas es enteramente verdadera esta distinción de la desesperación masculina y de la desesperación femenina. En la mujer no existe esa profundización subjetiva del yo, ni una intelectualidad absolutamente dominante, aunque ella posee mucho más a menudo que el hombre una sensibilidad delicada. En cambio su ser es adhesión, abandono, pues si no, no es mujer. Cosa extraña: nadie tiene su mojigatería (palabra bien formada para ella por el lenguaje) ni ese mohín casi de crueldad, y sin embargo su ser es adhesión y (esto es lo admirable) todas esas reservas expresan en el fondo más que tal condición. En efecto, a causa de todo ese abandono femenino de su ser, la Naturaleza la ha armado tiernamente con un instinto cuya finura sobrepasa a la más lúcida reflexión masculina y la reduce a nada. Esta afección de la mujer y, como decían los griegos, ese don de los dioses, esa magnificencia, es un tesoro demasiado grande para que se lo arroje al azar; ¿pero qué inteligencia humana lúcida tendrá jamás bastante clarividencia para adjudicarlo a quien se lo merezca? Por esto la Naturaleza se ha encargado de ello: por instinto, su ceguera ve más claramente que la más clarividente inteligencia; por instinto ve adónde dirigir su admiración, dónde llevar su abandono. Siendo todo su ser adherirse, la Naturaleza asume su defensa. De aquí también proviene que su femineidad no nace más que de una metamorfosis: cuando la infinita gazmoñería se transforma en abandono de mujer. Pero esta adhesión profunda de su ser reaparece en la desesperación, es su modo mismo. En el abandono ella ha perdido su yo y sólo así encuentra la felicidad, vuelve a encontrar su yo; una mujer feliz, sin adherirse, es decir sin el abandono de su yo, fuere a quien fuese por lo demás, carece de toda femineidad. También el hombre se da y es un defecto en él no hacerlo; pero su yo no es abandono (fórmula de lo femenino, sustancia de su yo), y tampoco necesita serio, como hace la mujer, para volver a encontrar su yo, puesto que ya lo tiene; él se abandona, pero su yo permanece allí como una conciencia sobre el abandono, mientras que la mujer, con una verdadera femineidad, se precipita y precipita su yo en el objeto de su abandono. Perdiendo ese objeto, ella pierde su yo y entonces cae en esa forma de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo. El hombre no se abandona de esa manera; pero también la otra forma de la desesperación lleva el signo masculino: en ella el desesperado quiere ser él mismo.

Esto para caracterizar la relación entre la desesperación del hombre y de la mujer. Sin embargo, recordemos que aquí no se trata de abandono en Dios ni de la relación del creyente con Dios, en la cual desaparece esa diferencia del hombre y de la mujer, es indiferentemente cierto que el abandono es el yo y que se llega al yo por el abandono. Esto vale tanto para el uno como para la otra, incluso si muy a menudo en la vida la mujer no tiene relación con Dios sino a través del hombre.

(3) Verso del Fausto de Goethe: ... y en torno se extiende un bello y verde césped.

(4) Por esto el lenguaje se expresa bien cuando dice: desesperar de lo temporal (la ocasión) en cuanto a lo eterno, pero de sí mismo, puesto que aquí todavía es expresar la ocasión de la desesperación, que para el pensamiento es siempre desesperación en cuanto a lo eterno, en tanto la cosa de que se desespera es quizás archi-indiferente. Se desespera de aquello que os fija en la desesperación: de la desgracia, de lo temporal, de la pérdida de la fortuna, etc., pero en cuanto a aquello que, bien comprendido, nos desliga de la desesperación: en cuanto a lo eterno, en cuanto a la salvación, en cuanto a nuestras fuerzas, etc. ... Con el yo, porque es doblemente dialéctico, se dice también desesperar de siy en cuanto a sí. De aquí es oscuridad, sobre todo inherente a las formas inferiores de la desesperación, pero además presente en casi todas; ver con tanta claridad apasionada de qué se desespera, a la vez que no se ve en cuanto a qué. Para curarse se necesita un cambio de la atención, es necesario que se dirija la mirada de qué al en cuanto; y sería un punto delicado desde el puro ángulo filosófico saber si verdaderamente se puede desesperar sabiendo plenamente en cuánto a qué se desespera.

(5) Por recordarlo aquí, precisamente desde este punto de vista, se verá en no pocas actitudes, que el mundo decora con el nombre de resignación, una especie de desesperación: aquella en que el desesperado quiere ser su yo abstracto, en que quiere bastarse en la eternidad y por esto estar incluso en condiciones de desafiar y hasta de ignorar el sufrimiento temporal. La dialéctica de la resignación, en el fondo, consiste en querer ser un yo eterno y luego, con respecto a un sufrimiento en el yo, negarse a ser uno mismo, halagándose, para consolarse que será aliviado de ese mal en la eternidad y que de este modo se tiene derecho de no cargarlo aquí abajo; pues el yo, cualquiera sea su sufrimiento, no quiere confesarse de que el sufrimiento le es inherente, es decir, no quiere humillarse ante él como hace el creyente. La resignación. considerada como desesperación. es por lo tanto esencialmente distinta de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo, pues ella, en la suya, quiere ser ella misma, salvo no obstante en un punto donde, desesperada, se niega.


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