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CAPÍTULO XV

Las inconsecuencias de los anarquistas individualistas

No es útil disimular las faltas

Se nos objetará que, examinándolos de cerca, los individualistas no dejan de parecerse mucho a todo el mundo; que a veces se critican entre sí neciamente y que, las razones de su hostilidad hacia los demás son con frecuencia mezquinas y bajas ... No lo negaremos.

Nada se gana en disimular las faltas o los errores. Todas las religiones, todas las doctrinas han usado de esta estratagema invocando las necesidades de la causa. Ha sido inútilmente. Las mismas inconsecuencias de sus adictos perdió a la religión mucho antes de que el trabajo de la critica hubiese hecho justicia de sus dogmas, y hoy dia nadie se compromete ya en un partido, sino es porque espera encontrar un medio de hallar ciertas compensaciones. Un espíritu recto no se desanima por las contradicciones que en la práctica suelen desvirtuar las teorías, sino que, después de un examen superficial, penetra profundamente en las causas; se da cuenta de los hechos, los estudia con toda sinceridad, los analiza imparcialmente y saca, en fin, las conclusiones que han de aumentar sus conocimientos y que ha de exponer a sus camaradas, como otros tantos motivos de reflexión fecunda.

Sin duda, un anarquista no se preocupará de las exclamaciones interesadas de burgueses y moralistas religiosos o laicos. El fariseismo o la grosera hipocresía burguesa, encuentra un placer especial, una vanidad exagerada, en mostrar las inconsecuencias de los anarquistas.

Gentes honradas, cuya fortuna se edifica sobre la explotación de los más desgraciados; cerebros sin horizontes intelectuales, cuya única preocupación es la conquista de influencias materiales; padres interesados en colocar convenientemente a su progenie, como si fueran comerciantes inquietos por desembarazarse de sus géneros de saldo; sibaritas empedernidos bajo la máscara de una respetatibilidad forzada ... vuestras protestas equivalen a los ecos confusos que el viento arrastra sin llamar la atención de alguien.

Tampoco sienta bien a los moralistas exhibir un pudor ofendido; ya sabemos lo que ocultan los rostros asustados de los periodistas sensatos y de los escritores talentosos; no ignoramos sus mejores ocupaciones, que consisten en preservar de las ideas disolventes a las instituciones de la sociedad actual; tanto los privilegiados como los que aspiran a serlo, han comprendido cuánto ganaría su causa logrando distraer la atención de los desheredados sobre las verdaderas causas del sufrimiento y procurando fijarla sobre las inconsecuencias de los que son irreconciliables enemigos de todo absurdo y bárbaro privilegio social.

Así, pues, cuando examinamos la cuestión de las inconsecuencias de los anarquistas, no lo hacemos en modo alguno para justificarnos ante nuestros adversarios. No escribimos por escribir, ni hablamos por hablar. Nuestros deseos son profundos o elevados. Pensamos que una teoría vale muy poco, si no se afirma en la práctica y todo nuestro interés consiste en buscar las razones de las incongruencias que se notan a veces entre la concepción anarquista y su realización.


Capacidad de pensamiento y facultad de realización

La primera constatación que hacemos y que se aplica a todos los dominios es que el pensamiento aventaja a la acción, y no queremos hacer una deducción peligrosa, fijando una ley; nos limitamos a sentar un hecho: construimos con gran facilidad teorías que casi en absoluto no podemos realizar.

Colonias comunistas, práctica de compañerismo efectivo, experiencias de amor libre y de libertad sexual, toda clase de esfuerzos a realizar en común ... ¡qué de proyectos concebidos con ardor, que ha conducido a miserables fracasos! Y en nuestra vida individual ... ¡cuántos descontentos y decepciones! A veces nos encontramos muy por debajo de lo que quisiéramos ser. Deseamos por encima de todo ser y sin embargo muchas veces hemos de resignarnos a parecer.

Quisiéramos ser buenos y nos encontramos malos; obrar desinteresadamente y pronto descubrimos nuestro grosero interés. Nos pretendemos excentos de celos, de envidia, de rencor y he aquí que nuestros actos desmienten nuestras pretensiones. ¡Cuántas antipatías, movimientos de impaciencia o de humor, gestos de vanidad, incompatibles con el modelo que interiormente nos hacemos del anarquista consciente! Denunciamos la dominación y ciertas circunstancias nos muestran como verdaderos autoritarios; declaramos que el mundo es bastante vasto para que la propaganda en general tenga libre curso, y, no obstante, nos encontramos desconcertados ante cualquiera que obre en diferente sentido que nosotros. Nos afirmamos tolerantes y la menor oposición nos solivianta. ¡Qué de amargas desilusiones!

Pues bien, todo esto es verdad. hemos edificado en nuestras mentes una maravillosa vivienda, pero el día que quisimos instalarnos en ella se convirtió en un zaquizami. ¡Y felíz todavía si es habitable! Nuestra capacidad intelectual traspasó los límites de nuestra facultad de realización y eso es todo. El misterio consiste en que nuestras circunstancias atávicas y educacionales, el lado instintivo de nuestra naturaleza, esta raramente en equilibrio con el funcionamiento de nuestro cerebro, a quien la reflexión profunda tiende a hacerle más y más individual e independiente. El ejercicio de la voluntad predispone al acuerdo y es del mayor o menor grado de potencia efectiva de este ejercicio razonado de que depende la directa armonía entre el pensamiento y la acción.


El esfuerzo perseverante

Ciertamente, los que se conforman con lo establecido, los que siguen plácidamente los caminos trillados sin sentir el deseo de la experiencia, pueden fácilmente ser consecuentes. Para el anarquista que quiere seguir una ruta independiente la escena cambia. La consecución del equilibrio entre el pensamiento y la acción, el ejercicio de la voluntad para poner a ambos de acuerdo o para indicarles aun más elevados fines, constituye el interés de la vida individual, se hace la vida misma, en la que las inconsecuencias son otros tantos jalones que señalan los tormentos de las experiencias fracasadas, en la que las victorias y las derrotas se mezclan y el entusiasmo y el abatimiento chocan, produciendo poco a poco el valor de una perseverancia incansable, la necesidad de una educación de la voluntad.

No hay nada que pueda descorazonar al anarquista; conoce la violencia del esfuerzo para armonizar la teoría y la práctica y sabe que para realizarlo no debe salirse de sí mismo, puesto que si ha podido concebirlo su entendimiento, lógico es que no este por encima de su capacidad efectiva. Luego perseverará, ejercerá y educará su voluntad para intentar combatir las taras ancestrales y la influencia del medio, que son las mayores dificultades con que tropieza en la vida social para expansionarse individualmente. Gracias a esta energía persistente, aunque no siempre sea coronada por el éxito, se reconocerá la sinceridad del compañerismo, que no puede aceptar la inconscuencia como un hecho ineludible, pues esto supondría una superchería o una pereza crónicas, defectos que son esencialmente antianarquistas.

En conclusión: el anarquista individualista actual, no es todavía el ser bueno por excelencia, sano, libre y despreocupado; no está aún dotado de una vida tan intensamente sincera que sepa desenvolverse sin atentar a la originalidad de los demás, pasando por todas las experiencias sin dejarse dominar por ninguna. Pero puede considerársele como un síntoma característico que une al rebelde inconsciente de los tiempos obscuros con el anarquista futuro. Esta consecuencia debe animarnos y hacernos tolerantes para las contradicciones que saltan a la vista y para aquellas que, aun no siendo evidentes, no dejan de ser las más graves acaso. Comprendiendo que, a pesar nuestro, estamos sometidos todavía a la esclavitud de los instintos y de los temores prehistóricos, lo que debemos de hacer es procurar esforzarnos para llegar al mayor dominio sobre nosotros mismos.


El mal compañero

He aquí el punto culminante donde se resumen las inconsecuencias anarquistas y en el cual se cometen grandes injusticias.

Por mi parte, yo simpatizo con el mal camarada, es decir, el reputado así. Hace más de 25 años que milito en diversas corrientes y mi experiencia me ha enseñado que generalmente aquel de quien se habla mal es muy superior al que se le tributan elogios. Cada vez que me he relacionado en un medio cristiano, socialista, revolucionario o anarquista, con uno de esos seres señalados como abyectos, innobles o tarados, he encontrado en él una individualidad ignorante del arte de adular las manias, los vicios o la mentalidad de su ambiente especial, un refractario a los convencionalismos partidistas, obrando y pensando por su propia cuenta, aun a riesgo de engañarse torpemente, lo que es en todo caso mejor que seguir los pasos de los dispensadores de consejos. En fin, detrás del réprobo siempre he descubiero una originalidad y una inteligencia plausibles. Y es comprensible, puesto que el patentado como buen camarada, es casi siempre una nulidad borreguil, siempre flexible a la vida monótona, obscura, inaccidentada, insensible al flujo y reflujo de las experiencias apasionadas e intelectualmente permanece resignado en la opinión media, tan desprovisto de iniciativas creadoras como de audacias críticas.

La muchedumbre anarquista no simpatiza con el individuo que llega a singularizarse, y en esto se parece a todas las masas. Se insiste mucho sobre la necesidad de crearse una personalidad consciente, a fin de formar un constante fermento de reacción contra la costumbre y el hecho establecidos, pero esta propaganda está más en los labios que en el corazón. Se declama mucho contra las leyes, las mentiras convencionales, los prejuicios sociales y las trabas morales, pero prácticamente no se llega a una posición irreductible de desobediencia. ¡Y desgraciado del que no respeta el dogma y no responde al modelo anarquista! Irremisiblemente será descalificado por los que se creen pontífices para interpretar las ideas.

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