Índice de Teoría de la propiedad de Manuel PaynoCAPÍTULO XXVCAPÍTULO XXVIIBiblioteca Virtual Antorcha

TRATADO DE LA PROPIEDAD

Manuel Payno

CAPÍTULO XXVI

De la prescripción - Colonización extranjera - Colonización indígena


Podemos, pues, concluir racionalmente que la actual propiedad mexicana, en el estado en que se encuentra, es lo que en derecho puede llamarse ya dominium, y que las irregularidades que pudieran notarse en su origen son muy semejantes a las irregularidades de la propiedad en cualquier otra parte del mundo civilizado, puesto que durante siglos no hubo más derecho que el de la Conquista; pero que en México, como en otras partes, tienen también ya en su apoyo la prescripción.

Después de trescientos cincuenta años, los actuales propietarios han adquirido sus derechos por la herencia, por la donación, por la compra, por pago de deudas, etcétera. La moneda de plata y oro, como tipo y medida de los valores, ha figurado en una serie de años en estas transacciones, y deshacerlas equivaldría a volver atrás, desatando un contrato y otro contrato hasta parar en la difícil, por no decir imposible, averiguación de lo que en cada caso pasó en los tiempos de.la primera visita del capitán Cortés a la corte de Moctezuma II.

Entre los romanos, ya lo hemos indicado antes, las propiedades territoriales gozaban de la prescripción si pasado un periodo de treinta años los dueños habían poseído la tierra sin contradicción, y esto se extendió en raros casos al término de cuarenta años. Las reglas ya establecidas antes fueron confirmadas por Justiniano, que creyó conveniente introducir para los casos extraordinarios una nueva prescripción longuissimi temporis prcescriptio. El que conserva sin interrupción, durante el tiempo referido de cuarenta años, la posesión jurídica de la cosa adquirida con justo título, no solamente obtenía por esto una excepción contra toda acción ulterior del precedente propietario, sino todavía más, él mismo era considerado como propietario de la cosa.

Para gozar de los beneficios de la prescripción, conforme a las mismas reglas del derecho romano y a las que se consignaron como derivadas de ellas, en los códigos españoles, se necesita:

1° Justo título, y ya hemos indicado el de los orígenes de nuestra propiedad mexicana, volviendo a repetir que por bastardos que puedan juzgarse a los ojos de la filosofía, ellos han sido legales, partiendo de la base en que estaba fundado el derecho público y privado en los tiempos de la invasión europea en México.

2° Buena fe, y es presumible que si en los principios no procedió la buena fe a la repartición del territorio con relación a la población indígena, es seguro que a los sucesores por herencia o compra no ha faltado la buena fe, y ella precisamente es la que ha dominado en los contratos, supuesta la falta de precisión y exactitud científica de los linderos.

3° La posesión. Ésta ha sido notoria, pacífica, continuada y respetada, como lo hemos ya probado por nuestras constituciones.

4° El tiempo. Éste es el mismo que señalaba la ley romana y que marca una ley de Partida (ley 21, título 29, parte 3a.) y ha transcurrido en diez periodos por lo menos; de modo que, con rarísimas excepciones, cada uno de nuestros propietarios puede acreditar que sin contradicción ha poseído por treinta y cuarenta años sus tierras.

Bajo este punto de vista, es inatacable también la propiedad, y el derecho antiguo con el derecho moderno vienen a concurrir para una defensa tan sólida, que no podría contrariarse sino con un género de medidas arbitrarias, que nunca tienen ni el carácter de justicia, ni el de permanencia y solidez de lo que está apoyado en la razón y en el derecho.

Del estudio bien superficial que hemos hecho de la propiedad territorial de nuestro país, ¿se puede deducir que en una extensión todavía muy notable de terreno no hay una sola pulgada disponible, y que a consecuencia de esto debemos, sin pararnos en los inconvenientes, hacer leyes semejantes a las de los Gracos?

Nuestra creencia es la contraria.

Los españoles ni repartieron, ni pudieron repartir toda la tierra que sucesivamente fueron descubriendo. Quedaron infinidad de terrenos, los unos buenos, los otros medianos, los otros malos, que no fueron mercedados, y en los cuales tampoco había habitantes indígenas, o si los había, fueron con el tiempo aniquilados o se remontaron a las serranías, donde de hecho y sin títulos escritos, poseen muchos terrenos cuyos límites y extensión se ignoran. De esto vino una denominación, que hemos adoptado también nosotros, y es la de terrenos baldíos: no es precisamente el terreno baldío o inculto incultus ager, que pertenece a un pueblo o consejo, y que ni se labra ni está adhesado, sino una extensión más o menos grande de terreno, cuyos linderos se ignoran, y que por no haber sido mercedado ni vendido en tiempo de la colonia ni después, pertenece al Estado porque la República ha tenido que sustituirse en muchos, o quizá todos los actos de su soberanía y de su dominio eminente al rey de España. Así todas estas tierras forman propiamente el ager publicus de México, y el cual tiene ya hoy un origen más claro, y hasta cierto punto más legal que el ager publicus de Roma, supuesto que procede de la extensión misma del país desocupado.

Pero ¿dónde está?, ¿dónde se encuentra ese ager publicus?, ¿qué extensión, qué calidades físicas tiene? Esto es lo que no se sabe, y ésta ha sido una de las primeras y principales dificultades de la colonización, ya indígena, ya mexicana, y ésta la causa de las invasiones de los grupos o pueblos de indígenas en los terrenos de las haciendas, que por todas las reglas del derecho están en la categoría de una res singulorum, de la cual no se puede disponer sin cometerse una violencia.

Ya que no el simple sentido común, todas las tradiciones antiguas y oficiales nos probarían que al verificarse la independencia quedó existente una extensión considerable de lo que llamamos terrenos baldíos, y prueba de esto fue la colonización de Texas, que era una provincia extensa, y en la cual el gobierno mexicano pudo conceder terrenos sin atacar a los que poseían mercedes desde el tiempo colonial. El fértil e inmenso terreno que ocupa el istmo de Tehuantepec, especialmente en todo el rumbo que tomó Cortés en su célebre viaje a las Hibueras, las márgenes de los ríos Fuerte, Yaqui y Mayo en la antigua provincia de la Sonora, hoy Estados de Sinaloa y Sonora, la inmensa extensión de la península de la Baja California con sólo veinte o veinticinco mil habitantes, todo esto reunido, que no es más que la narración de ciertos hechos, nos conduce a concluir que existen muchos terrenos baldíos; pero aun cuando no pudiera contarse más que con los que pertenecen de una manera clara a la corona de España, formarían un territorio bien extenso para que se pudiese usar de él con mucho provecho de la República. El gobierno español estableció en las fronteras una cadena de presidios y los religiosos y jesuitas una serie de misiones. Unos y otros estaban situados en lugares adecuados y fértiles. Extinguidas las misiones y las órdenes religiosas, y acabados los presidios, todos estos terrenos son, sin cuestión ni disputa, propiedad del Estado. No hay más que consultar los papeles viejos que existen en el archivo general.

De estas ligeras indicaciones se deduce la necesidad de formar el ager publicus, y éste jamás podrá conocerse ni utilizarse sin una serie de operaciones, que son hoy, mediante los adelantos de las ciencias y la precisión de los instrumentos, de mucha más fácil ejecución, que en los tiempos en que los reyes de España dictaron su legislación. Lo que no está mercedado, lo que no está definido, aunque sea aproximadamente, en sus linderos, no es de ningún propietario especial, de consiguiente compone parte del ager publicus; y al tiempo de hacerse las diversas operaciones científicas, ningún inconveniente tendrían los propietarios limítrofes de mostrar sus títulos a la autoridad judicial de la Federación, o a quien se designe, según nuestro derecho administrativo.

Dos contratos, relativos a Tehuantepec y a Sonora, se hicieron para el deslinde de terrenos. El empresario ha gastado gruesas sumas de dinero, empleó hábiles ingenieros, y las operaciones quedaron, aunque muy adelantadas, sin concluirse, a causa de las circunstancias políticas. Llevadas a efecto, sin separarse de la Constitución y leyes que garantizan la propiedad privada, daría por resultado la necesaria averiguación del ager publicus, y extendiendo, ya por ese medio, o ya por ingenieros del gobierno, la indagación a toda la República, se vendría en conocimiento de la extensión, situación topográfica de los terrenos y condiciones climatológicas que los hiciesen propios para tal o cual género de cultivo. Esto sería comenzar por el principio, como suele decirse.

El señor García Pérez nos ha precedido en el estudio del asunto grave e interesante de la colonización, y sus artículos (Véanse los números 44, 81, 118 y 123 de El siglo XIX del año de 1867), que se pueden estimar como el prólogo de sus reflexiones, contienen ideas importantes que recomendamos a la consideración de los legisladores. La materia se presta para escribir un volumen entero, y bien merecía que se consagrase un trabajo de esta naturaleza al porvenir y al bien de nuestra patria.

Aunque en México debe considerarse como uno de los ramos de la economía política muy necesarios de estudiarse, el de la población, tenemos necesidad, sin profundizar la materia, de decir algunas palabras para completar nuestro estudio.

Diversos son los proyectos que se han hecho y repetidas las leyes que se han dictado para la civilización extranjera; pero todo ha sido completamente ineficaz hasta este momento. En tiempo del imperio se puso a la cabeza de la colonización un hombre distinguido, el capitán Maury; y se trajeron algunas familias sudamericanas mal halladas en su suelo a causa de la guerra separatista. El resultado fue que se gastaron quizá más de 100 000 pesos; que las familias abandonaron los terrenos de Córdova, donde se habían fijado, y que el resultado de este ensayo fue contraproducente en todos sentidos.

Desde que escribía nuestro maestro doctor don José María Luis Mora, se decía, y él lo confirmaba a cada renglón, que una de las causas que impedían la colonización era la intolerancia religiosa, y a esto se debían añadir las necesidades de pasaportes, las prohibiciones, lo alto de los aranceles, la terrible pauta de comisos. Se decretó hace años la tolerancia religiosa que ya de hecho existía; se abolieron los pasaportes; se alzaron las prohibiciones; se modificaron en todos sentidos las ordenanzas marítimas. Pasaron años, años. No vino ni un colono.

Entonces se ha imaginado otro medio, y es el de costear el viaje de mar, el transporte de tierra y la subsistencia, al menos por un año, a los colonos europeos. Creemos que nadie ha pensado detenidamente en esto. Una simple demostración aritmética echa por tierra este sistema.

Supongamos, para partir de alguna base, que el flete de mar de Europa a Veracruz por cada colono sean 50 pesos, que el transporte por tierra no cuesta más de 20 pesos, y los víveres más indispensables para un año importen únicamente 30 pesos. Tendremos un total para cada colono de 100 pesos, regulando todo tan barato, que toca en la imposibilidad, como se echa de ver designando poco más de dos pesos mensuales para mantener a un europeo. Así nos conviene plantear nuestras cifras de pronto: cien colonos nos costarán 10000 pesos; mil colonos 100000 pesos; diez mil colonos un millón.

Como evidentemente haciendo todo con la más estricta economía, habría necesidad de gastar dos millones para tener en una masa de población de ocho millones de habitantes únicamente diez mil de aumento, y tal cifra, si se coloca en un solo punto, formará una entidad enteramente separada sin mezclarse con la población del país, y si se disemina en diversas partes, es insignificante.

Siguiendo esta base, para la introducción de cien mil colonos se necesitarían 20 millones de pesos, y para quinientos mil colonos sería indispensable una suma de 100 millones de pesos, y después de gastados apenas la población de la República habría aumentado en medio millón de almas. Calculemos también el tiempo. Suponiendo, lo que no creemos, que después de cubiertas las atenciones de la administración, la enorme subvención del camino de fierro de Veracruz, y la deuda nacional y extranjera, pudiera separarse un millón de pesos para la colonización, tendríamos necesidad de un siglo para que por sólo este medio la cifra total de nuestra población no excediese de diez millones de habitantes. Cualquiera que sea la base de que parta un cálculo análogo, se ve que es necesario abandonar ese pensamiento por dispendioso, por ineficaz, y principalmente porque sería imposible que con la regularidad y oportunidad necesarias pudiese separar la Tesorería Federal ni siquiera medio millón de duros anuales, además de los gastos que ocasionaría la medida de los terrenos, las oficinas, las agencias en Europa, etcétera.

¿Qué medio queda? ¿Abrir las puertas a la emigración? Ya están abiertas. ¿Permitir a cada uno que adore a Dios como le acomode? Ya está permitido. ¿Dar seguridad al país? Los colonos no son unos niños, y pueden, como en los Estados Unidos, defenderse; pero ya también se ha hecho eso y diariamente se fusilan en la República de cuatro a diez salteadores. ¿Libertad civil, libertad de enseñanza, libertad de imprenta, instituciones democráticas? Ya las tenemos. Además, todos los libros de geografía lo dicen, y en la mayor parte es verdad, tenemos un magnífico clima, un hermoso cielo, oro, plata, cobre, café, cacao, azúcar, vainilla, algodón, quién sabe cuántas cosas más, y no se necesita más que la mano del hombre para que la riqueza abunde por doquier. A eso se añade un carácter suave, dulce, hospitalario, bondadoso. ¿Dónde está la emigración? ¿Por qué no viene esa multitud de gente miserable que se muere de hambre y de frío en Irlanda, en Escocia, en la Francia misma? ¿Por qué en tiempo del imperio, que creían en Europa que sería eterno no vinieron más que aventureros y soldados?

Los hacendados, a quienes se culpa de egoísmo, no pueden traer para las labores del campo colonos extranjeros, y la razón es muy obvia. Los salarios de los indígenas se pueden regular desde Un real a cuatro o cinco reales cuando más. Un emigrado extranjero, acostumbrado a comer carne, a beber algún licor, y a vestir y a tener calzado, no podría subsistir con dos personas de familia, con menos de un peso o doce reales diarios.

Los cereales cultivados con el costo de un salario tan excesivo además de los gastos en contribuciones, interés del capital, pérdida de cosechas, etcétera, no tendrían demanda en el mercado, y el trabajo del indio, aunque menor, y si se quiere más imperfecto, establecería una competencia con el del colono europeo, y no sería difícil adivinar de parte de quién estaría la ventaja en cuanto a la economía. En la hacienda de Arroyozarco hizo el finado Zurutuza un ensayo de colonización española, y resultó que cada colono tenía dos o tres indios para que lo sirvieran. La experiencia en pocos meses lo desengañó de que era preferible para el cultivo de la tierra, con todo y sus defectos, la servidumbre indígena.

Así, cuando leemos los diversos proyectos de colonización, y reflexionamos sobre los prospectos de muchos empresarios, tenemos que sonreír tristemente. No creemos en la colonización extranjera, si no es abandonando una parte del territorio a una soberanía extraña, o exponiéndonos a guerras en que forzosamente tendremos la peor parte. Es asunto éste tan delicado, que si nuestras ocupaciones lo permitén, nos proponemos escribir otro ensayo sobre la población. Diremos en breves palabras ahora los principales fundamentos de nuestra opinión.

Sin entrar en la prolija averiguación y controversia de la raza latina y la raza sajona, tenemos que señalar al lector un hecho físico. Los animales que no tienen habitudes solitarias, forman grupos muy marcados. Basta observar los pescados en el océano y las aves en el aire. Los hombres también forman grupos muy distintos y muy fáciles de conocerse por su color, por sus inclinaciones y por sus habitudes, y un grupo considerable y determinado de la humanidad es el que emigrando mediante ciertas facilidades originadas de un prodigioso y nunca visto desarrollo mercantil, ha ocasionado el aumento rápido de la población de los Estados Unidos del Norte. Jamás toda la filantropía junto de los abolicionistas hará que la raza africana se funda en la raza blanca. En un grado en verdad mucho menor sucede lo mismo con la raza española. Por un fenómeno que apenas se puede explicar por los antecedentes sentados, la raza española ha atravesado muchos siglos sin fundirse jamás con las otraS, no obstante haber dominado en muchas partes de la Europa, de la Asia y de la África. En América misma hay un grupo numeroso de indígenas que pueden presentarse como prueba de lo que acabamos de decir. ¿Proviene esto de la mismaraza española, o son los otros grupos europeos los que determinan este hecho físico? Lo indagaremos en otra vez y nos bastará de pronto apoyarlo en estos datos. La Luisiana, la Florida, Jamaica. Jamás la población mexicana llegará a fundirse por medio de la colonización. Podrá ser absorbida y nada más. Éste por lo menos es un punto grave y delicado para el estudio y la controversia. ¿Formaremos colonias alemanas, francesas, irlandesas, inglesas, norteamericanas? Cada una de ellas conservará su nacionalidad constantemente; jamás serán colonias mexicanas. Mientras más fuertes sean, más débiles seremos nosotros, disputando eternamente de política. La única fusión será la de uno que otro casamiento de un colono pobre para abarcar los bienes de una mexicana rica. La historia que hemos referido de los primeros días de la Conquista, es la que se repetirá cada vez que sea posible. La única raza que puede aclimatarse entre nosotros, es nuestra misma raza: la española.

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